
La manera en la que los jóvenes españoles entienden el sexo y las relaciones afectivas está cambiando. En apenas una década, las pantallas y los dispositivos móviles han convertido el acceso a la pornografía en algo inmediato y generalizado para miles de adolescentes. Este fenómeno, sumado a la expansión de plataformas como OnlyFans y la digitalización de la prostitución, hace que los jóvenes de alrededor de 20 años cambien profundamente sus deseos.
Según un estudio del Instituto de la Juventud (Injuve), uno de cada diez jóvenes entre 15 y 29 años ha pagado por sexo al menos una vez. “Si ese es el único ejemplo que tienes como referencia, te crees que es lo normal”, explica Luis Antón, psicólogo en IPSIA Psicología. Para él, el problema no está en el consumo de porno, sino en la ausencia de alternativas educativas. “Se habla poco en casa, hay poca educación sexual, poca conversación adulta, mucho silencio y mucha vergüenza”, añade el experto en una entrevista con Infobae.
El porno es un “guion sexual simplificado”. “Ofrece unos cuerpos imposibles, disponibilidad inmediata, orgasmos garantizados, y no hace falta hablar ni comunicarse. Todo se da por hecho”, señala Antón. Por ello, si los vídeos “únicamente están pensados para excitar, se entenderá mal el consentimiento, los tiempos, los límites y las respuestas corporales”.

“Más miedo, vergüenza e inseguridad”
El resultado de la falta de educación sexual entre los jóvenes “no es que haya más violadores, sino que hay más miedo, más vergüenza, inseguridad y expectativas irreales”. Lo que se traduce en “presión por rendir sexualmente”. Entre los problemas detectados, están la obsesión por el cuerpo, la ansiedad ante los acercamientos íntimos y dificultades sexuales tempranas.
Además, Antón indica que la pornografía puede distorsionar la excitación sexual, como cuando se consume “porno violento” y esa falta de intensidad de la pareja se interpreta como “falta de deseo o poca experiencia”. Es más, quienes “consumen porno muy intenso acaban necesitando estímulos cada vez más extremos para excitarse”, advierte. Sin embargo, hace énfasis en que “ver porno violento no te hace agresor sexual, igual que ver cine violento no te convierte en agresivo, pero sí puede afectar a la sexualidad al aprender a excitarse con violencia y verlo como sexo adulto normalizado”.

El “lavado de cara” de la prostitución digital
En la época de pandemia, la digitalización impulsó nuevas aplicaciones como Twitch u OnlyFans. Pensada en principio para que los influencers ofrecieran “contenido exclusivo” a sus seguidores, la página azul se ha convertido en el principal agregador de canales de porno y puertas de entrada para la prostitución en jóvenes.
“Antes era obligado ir a un club o un piso; ahora tienes más facilidad y modos de consumo, incluso sin contacto físico. El cliente paga por atención sexual, y la puerta de entrada es ridículamente baja: solo necesitas un móvil”, subraya Antón. Este “lavado de cara” hace que la prostitución digital sea más digerible socialmente y más invisible de cara a estudios o estadísticas.
Sobre todo, el riesgo es especialmente alto para las mujeres. “Internet ofrece una entrada baratísima y recompensas inmediatas: atención, ‘likes’, dinero rápido… Para una chica de 20 años, la balanza se inclina fácilmente”, dice Antón. Se empieza con fotos suaves, luego más explícitas y a partir de ahí pueden llegar más peticiones y deseos de clientes.

El porno como “catálogo de prácticas sexuales”
Aunque no existen evidencias de que la pornografía conduzca a más consumo de prostitución, sí existen vínculos indirectos. “El porno funciona como catálogo de guiones sexuales. Algunos hombres creen que en la prostitución pueden pedir lo que no se atreven o no tienen la oportunidad en una relación normal”, afirma Antón.
Sin embargo, la exposición a guiones irreales hace que “muchas personas hagan cosas que no les apetece y otras no piden lo que sí quieren porque creen que no les toca”, advierte Antón. El resultado son relaciones con “menos intimidad, más distancia y resentimiento silencioso”, lo que pude provocar “dolor, ansiedad anticipatoria, bloqueo o llanto después del sexo”.

Según el estudio de Injuve, la brecha de género es abismal en el consumo de prostitución: el 11% de los jóvenes reconoce haber pagado por sexo, frente a solo un 1 % de las mujeres. Además, el fenómeno aumenta con la edad: del 4,5% entre los 15 y 19 años al 7,7% en la franja de 25 a 29.
“A ellos se les enseña que el sexo casual está bien; a ellas, que no sean fáciles. El porno visual rápido encaja mejor con lo que los hombres dicen que les gusta: masturbación rápida, excitación directa. Muchas mujeres, cuando cuentan qué les excita, hablan de historia, contexto y relación emocional”, explica Antón.
Para el psicólogo, la solución pasa por tener una “educación sexual obligatoria, seria y continua”. Sin ello, “el porno seguirá siendo el profesor titular de sexualidad”. “El problema no es demonizar el porno, sino ofrecer alternativas y educación que permitan a los jóvenes entender el deseo, el consentimiento y las relaciones afectivas de forma libre y consciente”, concluye Antón.
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