En la Europa del siglo XXI, donde las monarquías parlamentarias conviven con sistemas políticos democratizados, resulta casi de película que un jefe de Estado pueda bloquear una ley aprobada por representantes parlamentarios. Pero, actualmente, el Principado de Mónaco no funciona como España, Bélgica o el Reino Unido. Allí, el soberano conserva prerrogativas amplias, y Alberto II acaba de ponerlas en práctica al frenar la legalización del aborto, desatando un gran debate sobre el alcance de su poder y el peso de la identidad católica en el pequeño Estado del mediterráneo.
A diferencia de otras casas reales, como la nuestra, que ejercen un rol simbólico, la dinastía Grimaldi trabaja en un marco constitucional más especial. Desde 1911, Mónaco es formalmente una monarquía constitucional, donde el príncipe conserva una autoridad que en otros países europeos sería una cuestión histórica.
El Gobierno —encabezado por un ministro de Estado que debe contar con el aval de Francia y del propio soberano— responde directamente ante él, y el poder legislativo se comparte con un Consejo Nacional de solo 24 miembros elegidos cada cinco años.
Y en este contexto, Alberto II ha podido bloquear el proyecto aprobado el 15 de mayo de 2025, cuando el Consejo Nacional dio luz verde —con 19 votos frente a dos— a una propuesta para despenalizar la interrupción voluntaria del embarazo. La reforma planteaba permitir el aborto hasta la semana 12, extender el plazo en casos de violación hasta la semana 16 y rebajar a 15 años la edad para poder decidir sin consentimiento paterno. El texto pasó al Ejecutivo como dicta la Constitución, pero quedó paralizado tras una reunión entre el príncipe y su ministro de Estado, Christophe Mirmand.
Días después, el hijo de Grace Kelly expresaba públicamente las razones de su decisión, aludiendo a la identidad católica del principado. En declaraciones a Monaco-Matin recordó que en 2019 se admitió la interrupción del embarazo solo en supuestos graves —violación, riesgo para la salud de la gestante o malformación fetal irreversible— y defendió que ese marco ya ofrece “seguridad y apoyo humano”.
Este episodio reabre un gran debate moral entre las razones a las que apela Alberto II y la trayectoria personal de la familia Grimaldi, marcada por divorcios, hijos fuera del matrimonio, disputas públicas y episodios sentimentales controvertidos. Esa tensión entre la narrativa oficial —un principado profundamente católico— y la realidad social del entorno palaciego alimenta la percepción de un doble rasero que algunos consejeros nacionales han calificado de “hipocresía institucional”.
Uno de los miembros de la realeza más polémicos
La biografía del príncipe está llena de episodios que han alimentado titulares desde su juventud. Criado en un rígido palacio, con escasa cercanía afectiva hacia sus padres y bajo la estricta disciplina de Rainiero y Grace Kelly, creció en un entorno de soledad, protocolos y vigilancia constante.
Esa falta de vida social y la timidez que arrastró durante años alimentaron rumores sobre su orientación sexual, especialmente cuando, pese a sus múltiples amistades femeninas, evitaba relaciones estables. Y, aunque a lo largo de los años se le atribuyeron romances con modelos y celebridades, muchos interpretaron esos vínculos como maniobras para silenciar especulaciones.
A su historial sentimental se añadieron episodios incómodos para él que reforzaron los rumores, como unas fotos en un festival gay escandinavo o las declaraciones de la exmodelo Victoria Zdrok, que aseguró haber participado en un encuentro íntimo junto a él y un amigo. Sin embargo, los escándalos más notorios llegaron con las demandas de paternidad.

En 1992, Tamara Rotolo afirmó que Alberto era el padre de su hija Jazmin Grace, algo que finalmente fue confirmado por una prueba de ADN. Años después, la azafata togolesa Nicole Coste reveló que el príncipe era también padre de Alexandre, nacido en 2003, reconocimiento que Alberto asumió públicamente.
La pareja se conoció mientras ella era azafata de vuelo en el año 1997. Su romance duró cinco años, pero no fue reconocido públicamente hasta que su hijo en común cumplió los dos años. “Alberto se comprometió desde el principio a estar presente y a integrar gradualmente a su hijo en la familia“, afirmó Coste.
Su vida personal volvió a estar bajo la lupa durante su relación con su actual mujer, la princesa Charlene. Días antes de la boda de 2011 trascendió que la novia había intentado abandonar Mónaco tras sospechar que Alberto podría tener otro hijo fuera del matrimonio. La imagen de una princesa abatida, los rumores de un matrimonio por conveniencia y la posterior vida casi separada de la pareja consolidaron la percepción de una unión marcada por la tensión.
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