Mientras las declaraciones políticas que anuncian cifras alentadoras de crecimiento en la economía acaparan titulares, muchos ciudadanos sienten que su calidad de vida no mejora. Los salarios apenas se estiran, los precios de la vivienda se disparan, el tiempo libre escasea y a final de mes solo queda disponible una pequeña parte de los ingresos que poder destinar al ocio o al ahorro. Ante esto, los trabajadores se preguntan por qué los números del Producto Interior Bruto (PIB) siguen al alza, con un incremento del 2,8% en el segundo trimestre del año, y, sin embargo, la vida cotidiana de la gente parece estancada o incluso empeorar. La respuesta está en la manera en que medimos el crecimiento y el bienestar: el PIB, aunque útil, no cuenta toda la historia.
El PIB mide la producción total de bienes y servicios de un país durante un año. Es un indicador clave porque permite observar, de forma homogénea, el tamaño y la evolución de las economías. Este índice se ha utilizado desde los años 30, cuando el economista Simon Kuznets lo introdujo como referencia del crecimiento económico para medir el impacto de la Gran Depresión, pero también ha sido ampliamente criticado por sus carencias y numerosos economistas han intentado sustituirlo con cálculos que emplean metodologías alternativas.
El PIB crece, pero la población también
Una de las claves para entender la aparente contradicción entre el crecimiento de la economía y la falta de una mejora equivalente en el poder adquisitivo está en distinguir entre el PIB total y el PIB per cápita. El primero refleja cuánto produce un país en conjunto, mientras que el segundo ajusta esa producción al tamaño de la población. José E. Boscá, catedrático de Análisis Económico en la Universidad Valencia, explica que “el crecimiento del PIB per cápita es la diferencia entre lo que crece el PIB y lo que crece la población”.
En el caso de España, añade el economista en declaraciones a Infobae España, “durante muchos años no crecía la población, mirabas el crecimiento del PIB y podías decir que la economía iba bien o mal. Ahora, si solo miras el PIB, no tienes un indicador muy adecuado, porque resulta que la población en los últimos años, producto de la inmigración, está creciendo”.
De hecho, España alcanzó en 2024 un récord histórico de población (que ya se ha superado en lo que va de este año), con más de 49 millones de habitantes. Según datos del Instituto Nacional de Estadística (INE), en el conjunto del año la población aumentó en casi 500.000 personas, siendo la llegada de ciudadanos extranjeros el principal motor de este crecimiento.
Cómo medir el bienestar: lo que el PIB no puede ver
Más allá del reto demográfico, la fórmula de cálculo del PIB tiene una serie de limitaciones a hora de reflejar la vida real de las personas. “Lo único que mide es la producción de bienes y servicios realizada en una economía durante un año”, destaca Boscá. Es decir, no captura aspectos esenciales del bienestar cotidiano, como el problema de la vivienda, la desigualdad de rentas, la calidad de la educación, la seguridad ciudadana o la esperanza de vida. Así, es posible que el PIB per cápita de un país crezca a un ritmo mucho más acelerado que el de otro, pero que los ciudadanos del segundo gocen de unas condiciones vitales superiores por influencia de otros factores.
Por eso, aunque el PIB per cápita se acerque a una idea general de bienestar, hay elementos que pueden hacer que la gente perciba que vive peor, hasta cuando las cifras económicas se disparan. El analista asociado a Fedea señala que “incluso aunque crezca el PIB per cápita, puede haber gente que no perciba esa ganancia media en el bienestar”. El economista lo plantea en términos simples: “Hay 20 bollos en la economía, salimos a diez. Pero, si yo tengo dos, es que el otro tiene dieciocho”. Así, el PIB ignora cómo se distribuye la riqueza y la media puede estar muy alejada del salario que reciben la mayoría de los trabajadores.

Además, la forma en que una sociedad percibe el bienestar va evolucionando, ya que “las preferencias sociales cambian con el tiempo”. Esto significa que la definición de pobreza, los estándares sobre calidad de vida y las expectativas varían en paralelo con los cambios culturales y económicos de cada sociedad. En ese sentido, el PIB ofrece una fotografía estática que no incorpora estas transformaciones.
¿Por qué se sigue utilizando el PIB?
A lo largo de los años, han surgido indicadores alternativos para captar estas dimensiones del bienestar que el PIB deja fuera. Desde el índice de desarrollo humano de las Naciones Unidas, que incluye factores como educación y salud, hasta otros como el de Stiglitz o el de Jones y Klino, que tienen en cuenta consumo per cápita, ocio, esperanza de vida y desigualdad, estos enfoques buscan ofrecer un retrato más fiel de la calidad de vida, al incorporar factores sociales, personales y de equidad.
Sin embargo, medir estas variables exige metodologías más complejas y una recolección de datos menos estandarizada. En contraste, la disponibilidad de los datos de contabilidad nacional facilita la comparación internacional y el análisis homogéneo, lo que explica por qué el PIB sigue siendo el referente más utilizado.
La metodología también cambia
El propio instituto estadístico oficial del Gobierno de España ha realizado esfuerzos en los útlimos años para ajustar la metodología con la que mide el PIB al entorno económico actual, modificando algunos de los parámetros utilizados en sus cálculos. Estas alteraciones, sin embargo, han tenido como consecuencia una polémica política, con acusaciones al Ejecutivo de intentar controlar la institución pública y forzar lecturas favorables de sus índices lanzadas desde la oposición tras un cambio en la cúpula del INE en 2022. Boscá, que afirma no haber encontrado razones en su labor de investigación para sospechar de un intento de manipulación por parte del Gobierno, recalca que tanto las fórmulas de cálculo como los cambios normativos en estas estadísticas están altamente supervisados a nivel europeo.
Respecto a la inclusión de fondos europeos como posible factor de distorsión, Boscá aclara que “toda inyección externa de fondos tiene un efecto en la economía poco irreal, en el sentido de que eso no es permanente para toda la vida, de que el día que esto desaparezca te desaparece esa fuente de mejora de tu rendimiento”, pero sostiene que no hay motivos para afirmar contundentemente que esto comprometa la neutralidad del indicador.
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