
Dormir bien no depende únicamente de cuántas horas pasemos en la cama. El entorno en el que descansamos tiene un peso fundamental y, dentro de él, el colchón es el gran protagonista. Sin embargo, suele ser también el mayor olvidado en las rutinas de limpieza del hogar. A diferencia de las sábanas o edredones, que se lavan con regularidad, el colchón rara vez recibe atención a pesar de acumular polvo, sudor, restos de piel y, lo que más preocupa a los alergólogos, ácaros del polvo.
Estos diminutos organismos, invisibles a simple vista, prosperan en ambientes cálidos y húmedos, y encuentran en los colchones un hábitat ideal. Aunque no son peligrosos en sí mismos, sus desechos pueden desencadenar alergias respiratorias (congestión nasal, estornudos frecuentes, tos seca, irritación en la garganta...), empeorar los síntomas del asma o provocar irritaciones en personas sensibles (enrojecimiento, picazón o pequeñas erupciones cutáneas). A esto se suma que, con el tiempo, los olores también se impregnan en el tejido y la espuma, generando una sensación de cama poco fresca.
Ante este escenario, cada vez más expertos en limpieza y salud doméstica recomiendan incorporar una rutina sencilla pero efectiva: aspiradora y bicarbonato de sodio.
El primer paso: aspirar a fondo
El procedimiento comienza con algo tan simple como pasar la aspiradora por toda la superficie del colchón. Lo ideal es emplear un accesorio especial para tapicerías, que permite acceder mejor a esquinas, bordes y costuras, los lugares donde más polvo tiende a acumularse. Esta acción, repetida con regularidad, no solo elimina partículas superficiales, sino que también contribuye a reducir la concentración de alérgenos.

Los especialistas insisten en que esta limpieza debe hacerse de forma minuciosa, levantando el colchón si es posible y dedicando especial atención a las zonas donde el contacto con el cuerpo es mayor. El objetivo no es únicamente higiénico: aspirar con frecuencia alarga la vida útil del colchón, ya que previene el deterioro de los materiales internos.
Bicarbonato, el aliado natural
Una vez limpio, llega el turno del bicarbonato de sodio. Este producto tiene propiedades absorbentes que lo convierten en un desodorizante natural. Al espolvorearlo de forma uniforme sobre la superficie del colchón y dejarlo reposar unas horas, el bicarbonato captura la humedad y neutraliza olores persistentes, desde el sudor hasta el humo o el olor a encierro.
Para quienes buscan un extra de frescura, es posible añadir unas gotas de aceites esenciales, como lavanda, árbol de té o eucalipto. Aunque no eliminan por completo los ácaros, sí aportan un aroma agradable y, en algunos casos, propiedades antimicrobianas en la superficie. Tras el tiempo de reposo, basta con volver a aspirar para retirar el polvo de bicarbonato y dejar el colchón listo para su uso.
Tanto el bicarbonato como los aceites esenciales mejoran el ambiente de descanso, reduciendo olores y humedad, lo cual dificulta la proliferación de estos organismos. Para un control real de la población de ácaros, los alergólogos recomiendan medidas adicionales, como el uso de fundas antiácaros certificadas, el lavado semanal de la ropa de cama a temperaturas de al menos 60 grados y mantener la humedad relativa del dormitorio por debajo del 50 %.
Prevención y mantenimiento
Más allá de la limpieza puntual, los expertos sugieren ventilar la habitación a diario y, siempre que sea posible, exponer el colchón a la luz natural. El sol actúa como desinfectante natural y contribuye a reducir la humedad. Otra práctica recomendable es rotar el colchón cada pocos meses para evitar hundimientos y asegurar un desgaste uniforme.
La limpieza profunda, con aspirado y bicarbonato, puede realizarse cada seis meses, mientras que la ropa de cama debe lavarse con mayor frecuencia. En climas húmedos, un deshumidificador puede ser un gran aliado para mantener a raya a los ácaros. Poniendo en práctica todos estos trucos y utilizando como complemento el bicarbonato, que resulta muy útil, la eliminación de los ácaros será mucho más efectiva.
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