
La lotería tiene un factor psicológico muy importante. Todos tenemos miedo a ser los únicos de un grupo en no comprar un boleto y que justo toque. Es lo que ahora los jóvenes denominan FOMO (Fear of missing out que se traduce como el miedo a perderse algo y arrepentirse). Imagínate que todos tus compañeros de trabajo ganan 60.000 euros cada uno y tú no porque no quisiste gastar 20... Y luego la situación se repite con la familia, con los del pueblo, con los colegas de la universidad, del instituto... y así es como conforme se acerca la Navidad se van vaciando tus bolsillos (y llenándose los del Estado).
Pero la esperanza es lo último que se pierde, y en este caso el por si acaso tiene mucho peso. En cada sorteo de la Lotería de Navidad, cientos de miles de españoles depositan sus esperanzas en la suerte, convencidos de que esa vez podría tocarles. Y una cuestión curiosa es que la expectativa se agiganta cuando el primer premio, popularmente conocido como El Gordo, cae en su propia provincia: la noticia recorre los bares, acapara los titulares de la prensa local y dispara una pregunta ineludible: ¿aumentan realmente las probabilidades de ganar al año siguiente si el destino ya fue favorable en la región?
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La respuesta, según los economistas David Boto-García, Álvaro Muñiz-Fernández y Levi Pérez, es tajante: la suerte no conoce de fronteras ni repite patrones. La probabilidad estadística de ganar el gran premio sigue siendo igual de ínfima para todos los jugadores, sea cual sea su código postal. No obstante, la realidad se tuerce de forma notoria y previsible cuando entran en juego los sesgos de la mente humana.
Donde cae ‘El Gordo’ sube la compra de ‘El Niño’
Entre 2000 y 2018, estos investigadores analizaron de forma sistemática los datos de ventas de los sorteos navideños en toda España. Su hallazgo -publicado en un artículo titulado El efecto de la victoria del compatriota y los sesgos conductuales en los mercados de lotería- es rotundo: tras un primer premio de El Gordo conquistado en una provincia, en el sorteo inmediato de El Niño (apenas quince días más tarde) las ventas en esa misma provincia crecieron en torno a un 5%. Un año después, en la edición siguiente de El Gordo, la subida rondaba el 3,3%. El fenómeno, a todas luces irracional si se atiende solo al cálculo de probabilidades, resulta tozudamente consistente en los datos.
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¿Por qué ocurre esto, si el azar es ciego y el pasado en nada condiciona el futuro en los juegos de suerte? El artículo publicado en el Oxford Bulletin of Economics and Statistics sostiene que la explicación reside en los atajos y distorsiones del pensamiento humano: la llamada disponibilidad y la saliencia que provoca la cobertura mediática.
Cuando un premio extraordinario recae en el entorno cercano, la idea de “poder ganar” deja de ser lejana, abstracta o improbable y se convierte en una imagen vívida, tangible, próxima. Esa ilusión cobra cuerpo en los testimonios de ganadores locales, rostros y nombres que saltan a las portadas de los medios y se comentan de mesa en mesa. De pronto, el azar parece menos frío.
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La “heurística de disponibilidad”
Este sesgo –que en la jerga de la psicología se denomina “heurística de disponibilidad”– lleva a que los ejemplos recientes y notables tengan un peso desmesurado en nuestra percepción de la probabilidad real de los sucesos. O, en palabras del estudio, la cobertura informativa en la región afortunada otorga mayor presencia mental y aparente factibilidad al hecho de resultar premiado, inflando la sensación de que es más “posible” ganar, aunque la realidad matemática siga inalterada.
El motor de este salto en las ventas no es solo la esperanza renovada, sino también un temor a la propia omisión. Surge lo que los autores identifican como “aversión anticipada al arrepentimiento”: la inquietud de imaginar el mal trago de no haber comprado el décimo justo el año en que algún vecino, compañero o familiar sí acierta. Nadie quiere haber sido quien, por escéptico o por tacaño, se perdió un giro de fortuna que sí sonrió cerca. El entorno social refuerza esta dinámica: el sorteo, profundamente arraigado como evento colectivo, activa también el deseo de compartir, la conversación constante y el miedo a quedarse al margen.
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A pesar de los millones en juego y la complejidad de las emociones envueltas, la moraleja es sencilla: el impulso de lanzarse masivamente a comprar tras un premio local responde menos a razones objetivas qu e a los puntos cieg os de la psicología cotidiana. Como apunta el doctor en Economía Juan Luis Jiménez, quien se ha hecho eco de este artículo en su cuenta de X, este comportamiento es, en definitiva, la justificación a la frase de que “la Lotería puede ser un impuesto a la ignorancia”.
La tentación de confiar en patrones ilusorios y sobrestimar la suerte propia termina traducida en ingresos adicionales para las arcas públicas, pues el grueso de los beneficios de la lotería estatal fluye finalmente hacia el Estado.
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Por lo tanto, detrás de la euforia colectiva que saluda a los premiados de cada diciembre, conviene recordar que la probabilidad sigue tan indiferente y minúscula como siempre. La decisión de comprar, en última instancia, revela menos sobre el futuro que sobre cómo procesamos, colectivamente, la información y el deseo. La lotería es, para muchos, la ilusión recurrente de que la estadística vaya a doblarse ante el anhelo.
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