
Algunas personas optan por tatuarse algo más que frases o símbolos personales. Cada vez es más común ver tatuajes con un enfoque práctico: desde alergias hasta enfermedades como la diabetes o la celiaquía. Entre estos, uno de los más frecuentes es el grupo sanguíneo, con la intención de que, en caso de emergencia, esa información esté disponible de inmediato. Sin embargo, lo que parece una buena idea no resulta útil desde el punto de vista médico.
La médica de urgencias Paula García, divulgadora en redes a través de su canal @enlapuertadeurgencias, ha abordado este tema directamente en uno de sus vídeos. Allí explica por qué, si una persona sufre un accidente grave, tener tatuado el grupo sanguíneo no cambia nada para los profesionales que la atienden.
Qué pasa en una transfusión de urgencia
Según cuenta García, muchas personas que se tatúan su grupo sanguíneo lo hacen convencidas de que así estarán ayudando a los equipos médicos. Creen que, en una situación en la que hayan perdido mucha sangre, ese dato facilitará la transfusión y evitará errores.
Lo que realmente ocurre es diferente. En contextos de urgencia, el procedimiento es claro: la primera sangre que se administra es del grupo cero negativo, que es el considerado universal. Esto se debe a que puede utilizarse en cualquier paciente de forma segura, sin importar su grupo sanguíneo real. En esas primeras fases no se arriesga a utilizar una sangre que no haya sido verificada con análisis previos, aunque el paciente lleve una indicación tatuada.
La médica es clara al respecto: “Ojalá tuviéramos todos los grupos sanguíneos disponibles para transfundir, tanto en las ambulancias como en urgencias”, afirma. Sin embargo, eso no es posible en todos los centros ni en todas las circunstancias. Por eso, el uso del grupo universal es la única opción segura e inmediata.
Una vez que la persona ha sido estabilizada y trasladada, se realiza un análisis para conocer su grupo sanguíneo exacto. En ese momento, si es necesario continuar con transfusiones, se ajusta el tipo de sangre de forma específica. Pero en ningún caso se parte de lo que diga un tatuaje.
El tatuaje no es una fuente fiable
Más allá del protocolo, hay otra razón por la que los sanitarios no consideran estos tatuajes como una herramienta válida: no hay forma de confirmar si esa información es cierta o no. Un tatuaje puede haber sido hecho hace años, puede contener errores o no haber sido actualizado si el paciente recibió alguna transfusión que cambió su tipificación.
“Nadie se fía de un tatuaje en el que no sabemos si la información es real”, dice Paula García. Esa falta de certeza hace que, por protocolo y por seguridad, no se utilice ese dato como base para tomar decisiones médicas, por muy bien intencionado que esté.
Además, incluso dentro de un mismo grupo sanguíneo hay diferencias que pueden afectar la compatibilidad. Estas variaciones no son visibles en un tatuaje y solo pueden identificarse mediante pruebas de laboratorio. Por eso, aunque alguien lleve tatuado que es, por ejemplo, A+, eso no garantiza que cualquier sangre A+ le vaya a funcionar correctamente en una transfusión.
Lo que sí se hace siempre es analizar la sangre del paciente lo antes posible, una vez pasada la fase más crítica. En ese entorno más controlado, ya dentro del hospital, se puede determinar con precisión el grupo sanguíneo y seguir el tratamiento más adecuado. Mientras tanto, el tatuaje es ignorado.
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