
El estrés, habitual protagonista de nuestras rutinas, no solo afecta al estado de ánimo, al sistema inmunológico o a la salud cardiovascular, sino que también deja huella en la piel. Sequedad, sensibilidad, arrugas más marcadas o pérdida de luminosidad son algunos de los signos de lo que expertos denominan “estrés cutáneo”, un estado en el que la dermis entra en modo de supervivencia, ralentiza sus funciones y comienza a mostrar un deterioro visible.
Arkaitz Felices, cosmetólogo y director de Reviderm en España, y entrevistado por Vogue, señala que “el sistema nervioso, la piel y su sistema de pigmentación, están estrechamente interconectados”. Y es que, “durante la tercera semana del desarrollo embrionario humano se forma el ectodermo, una de las tres capas germinales primarias”, que según el cosmetólogo, se desarrolla a partir del sistema nervioso, la piel y su sistema de pigmentación. Esta conexión implica que “un tacto suave y delicado puede calmar nuestros nervios, un episodio de presión mental negativa puede originar un brote de dermatitis, y el estrés continuado puede provocar manchas en la piel”.
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De esta manera, el estrés sostenido en el tiempo dispara la producción de cortisol, e “inhibe a los fibroblastos, las células responsables de la firmeza de la piel, disminuyendo drásticamente la producción de colágeno y elastina, favoreciendo flacidez y arrugas”, apunta Felices. No obstante, los peores efectos son la reducción en la capacidad regenerativa, la debilitación de la función protectora epidérmica, la deshidratación, sensibilidad e inflamación.
“Pierde luminosidad y vitalidad, adoptando un aspecto apagado y desvitalizado”
Otro de los fenómenos que puede influir en la salud de la dermis, según Esther Moreno, facialista y cosmetóloga, son los radicales libres: “Estos, dañan no solo la matriz extracelular, donde se encuentra el colágeno y la elastina, sino también las membranas celulares y el ADN, afectando la capacidad natural de la piel para repararse”. Igualmente, la experta ha indicado que la glicación, “un proceso en el que los azúcares se adhieren a proteínas como el colágeno”, la vuelve rígida y quebradiza. Por lo que “se traduce en pérdida de firmeza, arrugas más profundas y una textura menos uniforme”.
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Igualmente, Felices explica que cuando la piel se ve expuesta a estrés prolongado, contaminación ambiental, mala protección solar, falta de descanso o una dieta deficiente, puede entrar en una especie de letargo funcional. “Pierde luminosidad y vitalidad, adoptando un aspecto apagado y desvitalizado. Se acentúan arrugas y líneas de expresión, aparece tirantez, descamación y una mayor fragilidad que incrementa el riesgo de irritaciones, enrojecimientos y alteraciones en la textura”, explica en la entrevista.
Autocuidado como herramienta emocional
A pesar de que se puede perder la luminosidad y flexibilidad de la piel, los expertos también han ayudado con algunas indicaciones para recuperar el brillo. “Los rituales de autocuidado generan efectos positivos en la autoestima y reducen los niveles de estrés, fomentando sensaciones de bienestar y calma mediante la conexión mente-piel”, señala Felices, defensor del mindful skincare, o cuidado consciente. De esta manera, recomienda la combinación de ciertas prácticas de atención plena con “acciones concretas e cuidado cosmético”. Esto tiene un motivo muy sencillo: “A través del contacto consciente con la piel y la percepción sensorial de las texturas y aromas, se facilita la reducción del estrés, promoviendo un estado emocional más equilibrado”.
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Por su parte, Moreno destaca también que “masajear el rostro estimula puntos clave del sistema linfático y nervioso, lo que mejora la circulación y genera una sensación de calma, liberación de tensiones y bienestar general”. Este sencillo truco tendría “un impacto directo sobre el cuerpo entero, porque la piel y el sistema nervioso están conectados”, asegura. No obstante, los especialistas han recomendado algunos productos esenciales para el estrés cutáneo. En concreto, Felices asegura que el uso del índigo salvaje (Tephrosia purpurea), “un extracto botánico científicamente reconocido por su capacidad para estimular la liberación de betaendorfinas en la piel”, es ideal. Y es que, estas “moléculas del bienestar” no solo ayudan a reducir el estrés, sino que también mejoran el aspecto general gracias a su acción antiinflamatoria y calmante.
Además, Moreno señala que “la niacinamida, el pantenol, el ácido hialurónico o extractos adaptógenos son grandes aliados a la hora de calmar la piel estresada y ayudar a regular los efectos visibles del estrés”. Del mismo modo, habría que tener en cuenta a los estímulos sensoriales, pues tienen un papel esencial. “Las texturas suaves o sedosas reducen el estrés táctilmente, mientras que los aromas, como el neroli (relajante) o romero (activador), actúan directamente sobre el sistema límbico del cerebro regulando las emociones”, afirma Felices.
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“La piel no es solo un órgano, es también un canal de expresión emocional”, concluye Esther Moreno. Su deterioro en contextos de ansiedad o presión no es casual: responde a estímulos internos y externos. Cuidarla, dicen los expertos, es también una forma de reconectar con uno mismo, restaurar el equilibrio y salir del modo de supervivencia en el que a veces nos obliga a vivir el estrés diario.
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