
Largos paseos, compras, citas con el médico, a pesar de sus limitaciones, Reneé Soyez, siempre se ha caracterizado por tener una vida activa y autosuficiente.
Vive desde 2005 en Elbeuf, una pequeña ciudad francesa del departamento de Sena Marítimo. En la calle Charles-Mouchel, la anciana de casi 92 años disfruta de una cotidianeidad placentera.
Sus problemas de salud se deben a una fuerte insuficiencia cardíaca. El paso del tiempo y el deterioro que trae consigo, le han obligado a adaptarse a esta condición. Aun así, acostumbrada a moverse y hacer deporte, la anciana ha podido mantener un estilo de vida activo.
Sirviéndose de las facilidades de la vida moderna, ha reconciliado sus circunstancias con una forma de vivir tranquila y autosuficiente. El ascensor que conecta su piso con el vestíbulo le permite preservar su energía y desplazarse con facilidad.
La anciana se enorgullece de ello. Todos los días se levanta y hace sus recados. También es aficionada a caminar. Uno o dos kilómetros son su media diaria.
No obstante, cuando todo parecía ir bien, su vida dio un vuelco inesperado. De repente, desplazarse de un lugar a otro se volvió un infierno. Las facilidades que hasta ahora tenía se esfumaron y con ellas su fluir de la vida lleno de actividad. Verse limitada de esta manera supuso un punto de inflexión en su rutina.
¿A qué desafíos se enfrenta?
Fue a partir del día del apagón, el pasado 30 de abril. La Península Ibérica y parte de Francia se sumieron en una profunda oscuridad debido a un corte eléctrico. La electricidad dejó de estar disponible en hogares, negocios e infraestructuras debido a un problema en el sistema de generación y distribución. Esto propició que uno de los dispositivos eléctricos indispensables que la anciana utilizaba en su cotidianeidad - el ascensor - dejase de funcionar.

Lo que en un principio parecía algo pasajero, se convirtió en una espera tediosa y agotadora. La luz de los hogares y establecimientos volvía y las personas recuperaban sus costumbres y estilos de vida. Reneé Soyez, sin embargo, quedó atrapada en un limbo temporal.
Ya ha pasado más de mes y medio desde que el ascensor de su piso quedó averiado. Esto ha provocado un debilitamiento en su autonomía. Verse limitada de esta manera le reconcome por dentro. Aún nadie ha podido explicar o hacerse cargo de la circunstancia.
La anciana explica cómo esta situación le hace sentir aislada del mundo y desconectada de la realidad exterior. Sus problemas cardíacos le dificultan el desplazamiento por las escaleras ocasionando que se tenga que detener cada poco rato a descansar. Ahora es su hijo más cercano, que vive en Dreux, el que viene a hacerle las compras.
El problema de la soledad en la gente anciana
Sin embargo, el mayor de sus problemas está relacionado con su incomunicación. La anciana se siente encerrada y tiste porque ya no ve a nadie. Este contratiempo ha ocasionado un aislamiento en su hogar y en sí misma.
Esto es uno de los principales dilemas a los que se enfrentan las personas ancianas. Ya no solo es la disminución de su autonomía, sino el descenso de su oportunidad de socializar con otras personas.
La socialización es una de las actividades más urgentes para el bienestar emocional, físico y mental de las personas. El envejecimiento o las limitaciones corporales reducen los espacios de interacción socio-cultural lo que aumenta el riesgo de depresión y declive cognitivo.
Reneé Soyez relata como tiene varias salidas previstas para atender sus citas médicas, pero ya no lo puede hacer sola. Ahora tiene que llamar a los paramédicos. Estos son los que le ayudan a bajar 65 escalones.
“Bajar sigue estando bien, pero subir es más complicado. Tengo que parar en cada rellano para recuperar el aliento. Y agarrarse a la barandilla, cuando tienes artritis, es otra cosa”, explica emocionada.
Abusos de empresas contra gente anciana
Algunas empresas se lavan las manos en cuento pueden. Esto parece que es lo que está pasando en la comunidad de Reneé. Haciéndose cargo de la situación, la anciana, ha intentado por todos los medios encontrar una respuesta por parte de la empresa que instaló el ascensor.
Ella explica: “La empresa que administra la propiedad al menos podría comunicarse con nosotros. Ahora ni siquiera sabemos cuándo la van a reparar”.
Sus llamadas fueron en vano. Nadie le cogió el teléfono.
El sentimiento de soledad y aislamiento es cada vez más palpable en la vida de la anciana. Todos sus esfuerzos por llevar una rutina activa y en sociedad se han visto frustrados por un problema del que nadie se hace cargo y ante el que ella sufre. Ahora, la jubilada, viéndose timada por la empresa, considera otras soluciones. “Tal vez me tenga que ir a vivir con mi hijo”.
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