
En el corazón de Aveyron, en Francia, una región rica en historia y tradición, famosa por sus castillos, sus rutas de senderismo y el queso Roquefort, Véronique y Yves Schenfeigel han dedicado casi una década a la restauración de una casa centenaria en la comuna de Escandolières. Este proyecto, que comenzó en 2016, ha sido un viaje de “descubrimiento y dedicación para la pareja”, quienes, a pesar de no ser profesionales en albañilería o historia, han trabajado con la precisión de un relojero y la pasión de un artesano, según relatan en el medio local francés La Dépêche.
Su labor no ha pasado desapercibida. La semana pasada, en un hotel de la región, Yves y Véronique fueron homenajeados junto a otros “guardianes del patrimonio no protegido”. Ambos eran funcionarios, pero decidieron marcharse de París para embarcarse en esta aventura en Aveyron. “Queríamos renovar un edificio antiguo, sin una idea precisa. Pero estábamos seguros de una cosa, sería en Aveyron. Simplemente, nos habíamos enamorado de esta región”, han destacado en el medio francés. En su exploración de la zona, acabaron descubriendo esta vivienda, y un año después comenzaron las obras de restauración.
La casa, que data de entre los siglos XVI y XIX, ha sido un desafío constante para la pareja. Cada muro y cada piedra cuentan una historia que Véronique y Yves han desentrañado con paciencia. “Hemos remontado hasta el siglo XVI”, explicó Véronique al medio, destacando su dedicación a explorar los archivos departamentales y seguir la pista de los antiguos habitantes. La restauración ha sido meticulosa, respetando la autenticidad del edificio. El techo de losas ha sido renovado, y la chimenea, que estaba demasiado dañada, fue derribada y reconstruida. La pareja ha trabajado exclusivamente con artesanos locales, a menos de 25 kilómetros, lo que ha fortalecido los lazos con la comunidad y asegurado el uso de técnicas y materiales tradicionales.
Recuperar la memoria del lugar
El reconocimiento a su labor llegó con un premio de 2.900 euros, que reinvirtieron en la reconstrucción de un pequeño ojo de buey, una curiosidad arquitectónica de la casa. “Lo que se tiene en cuenta por el reconocimiento es todo lo visible desde el exterior”, mencionaron, subrayando que el trabajo interior, aunque invisible para los visitantes, es fundamental para la memoria del lugar.
A pesar de los desafíos, la pareja se siente feliz y satisfecha con su decisión. Yves bromeó sobre su situación actual: “Nuestros cercanos nos dijeron: ¡Estáis locos! Me gusta decir, antes estábamos locos y éramos ricos. Hoy, somos felices… y pobres”. Sin embargo, la satisfacción de haber preservado un pedazo de historia y haber dado nueva vida a una casa que el tiempo podría haber devastado es invaluable para ellos.
Mirando hacia el futuro, Véronique y Yves consideran la posibilidad de transformar su casa en un alojamiento turístico, aunque no es una prioridad inmediata. Su enfoque sigue siendo vivir de manera y continuar respetando el alma de esta residencia cargada de historia. “Si este proyecto se materializa, insisten en una cosa: será a su ritmo, sin muchas presiones externas”, concluye La Dépêche.
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