
Desde que nacemos iniciamos un proceso de envejecimiento inevitable e irrefrenable. Sin embargo, existe un momento de nuestra vida en el que ese deterioro se acelera y los investigadores de la Universidad Stony Brook (Nueva York, Estados Unidos) han encontrado cuál es esa edad crítica.
El estudio ha recopilado escáneres y pruebas cerebrales realizadas a 19.300 personas y, según sus resultados, la edad en la que el envejecimiento de nuestras neuronas se dispara son los 44 años. Es a partir de entonces cuando el deterioro cognitivo comienza a notarse, antes de alcanzar su ritmo más rápido a los 67 años.
De acuerdo con la investigación, que ya ha sido publicado en la revista PNAS, la velocidad del envejecimiento cerebral se estabiliza a los 90 años. Este descubrimiento podría se muy útil para desarrollar nuevas formas de promover una mejor salud cerebral en las últimas etapas de la vida.
“Comprender exactamente cuándo y cómo se acelera el envejecimiento cerebral nos da puntos de tiempo estratégicos para la intervención”, explica la doctora Lilianne Mujica-Parodi, neurocientífica de la Universidad Stony Brook. “Hemos identificado una ventana crítica en la mediana edad en la que el cerebro comienza a experimentar una disminución en el acceso a la energía, pero antes de que se produzca un daño irreversible, esencialmente la ‘curva’ antes de la ‘ruptura’”.
La resistencia a la insulina, clave en el deterioro
Uno de los factores principales de este deterioro cognitivo sería la resistencia neuronal a la insulina, apuntan los investigadores. A medida que el cerebro envejece, esta hormona tiene un menor efecto en los neuronas, lo que significa que se absorbe menos glucosa como energía y se comienza a interrumpir esa señalización cerebral.
Un análisis genético fue el que subrayó esta idea de que el metabolismo afecta en el envejecimiento cerebral. La actividad relacionada con la proteína GLUT4, la encargada de absorber la glucosa, y la proteína APOE, la que transporta la grasa, coincidieron también con esos signos de desgaste cerebral. Así, reemplazar o reparar estas proteínas podría ayudar a retrasar el envejecimiento.
“Durante la mediana edad, las neuronas están estresadas metabólicamente debido a la falta de combustible; tienen dificultades, pero aún son viables. Por lo tanto, proporcionar un combustible alternativo durante esta ventana crítica puede ayudar a restablecer la función. Sin embargo, en edades más avanzadas, la inanición prolongada de las neuronas puede haber desencadenado una cascada de otros efectos fisiológicos que hacen que la intervención sea menos efectiva”, concluye Mujica-Parodi.

Cómo cuidar el cerebro y retrasar el envejecimiento
Cuidar la salud del cerebro es fundamental para mantener un buen funcionamiento cognitivo, prevenir enfermedades neurodegenerativas y mejorar la calidad de vida a lo largo del tiempo. Una de las claves para proteger el cerebro es llevar una alimentación equilibrada. Consumir alimentos ricos en antioxidantes, ácidos grasos omega-3, vitaminas del complejo B y minerales como el magnesio favorece la salud cerebral. Las frutas, las verduras, los frutos secos, el pescado azul y los legumbres son algunos ejemplos de alimentos beneficiosos para el cerebro.
Otro aspecto esencial es mantener el cerebro activo a través de la estimulación mental. Actividades como leer, resolver acertijos, aprender un nuevo idioma o tocar un instrumento musical fortalecen las conexiones neuronales y mejoran la plasticidad cerebral. La estimulación cognitiva regular puede retrasar el deterioro mental relacionado con la edad y prevenir enfermedades como el Alzheimer. Además, la interacción social también es importante, ya que fomenta la comunicación, reduce el estrés y estimula diversas áreas del cerebro.
El ejercicio físico es otro pilar fundamental para cuidar la salud cerebral. La actividad física regular mejora la circulación sanguínea, lo que favorece el aporte de oxígeno y nutrientes al cerebro. Además, el ejercicio estimula la producción de neurotransmisores relacionados con el bienestar, como la serotonina y la dopamina, lo que ayuda a mejorar el estado de ánimo y a reducir el riesgo de depresión y ansiedad.
Además, es fundamental priorizar el descanso y gestionar el estrés. Dormir entre 7 y 8 horas diarias es esencial para que el cerebro se recupere, consolide recuerdos y elimine toxinas acumuladas durante el día. La falta de sueño puede afectar la memoria, la concentración y el estado de ánimo.
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