
En un rincón remoto de Nueva Guinea, a finales de la década de 1960, un experimento revolucionario cambió para siempre la comprensión de las emociones humanas. El psicólogo Paul Ekman, armado con una cámara y una hipótesis audaz, se adentró en la comunidad de los South Fore, un grupo aislado del contacto con el mundo exterior. Su objetivo era documentar sus expresiones faciales para demostrar que las emociones no se aprenden de forma cultural, sino que son universales y biológicas. Y lo consiguió.
Las conclusiones del estudio que llevó a cabo se publicaron en la revista Personality and Social Psychology y marcaron un antes y un después en el campo de la psicología. Ekman buscaba comprobar que las expresiones faciales, como una sonrisa o un ceño fruncido, no son el resultado de la observación o el aprendizaje cultural, como se había establecido hasta entonces, sino que son manifestaciones innatas compartidas por toda la humanidad. Con su viaje, Ekman logró capturar imágenes que mostraban que las emociones básicas, como la alegría, el miedo o la ira, se expresaban de manera similar en el poblado aislado de South Fore así como en el resto del mundo.
El psicólogo estableció entonces que las emociones humanas están profundamente arraigadas en nuestra biología, son el resultado de patrones genéticos que activan grupos musculares específicos en el rostro. De hecho, concluyó también que durante las conversaciones realizamos microexpresiones, que son movimientos sutiles e involuntarios que ocurren en fracciones de segundo y que revelan el estado emocional de una persona, incluso cuando intenta ocultarlo. Después de miles de imágenes y más estudios a lo largo de su carrera, asentó una de las bases de la psicología actual: existen seis emociones universales que se expresan de forma similar en todo el mundo.
Las seis emociones universales
Alegría, tristeza, ira, miedo, sorpresa y asco son las seis y cada una de estas emociones está asociada con un conjunto particular de movimientos faciales. La alegría se manifiesta con la elevación de las mejillas, la retracción de las comisuras de los labios y arrugas alrededor de los ojos. En contraste, la ira se caracteriza por cejas bajas y contraídas, labios tensos y una mirada intensa. La sorpresa se refleja en la elevación de las cejas, el estiramiento de la piel debajo de ellas y la apertura de la mandíbula; mientras que el asco se muestra con la elevación del labio superior, arrugas en la nariz y una expresión generalmente asimétrica. La tristeza se distingue por el descenso de las comisuras de los labios y una forma triangular en la piel de las cejas. Y, por último, el miedo se expresa cuando las cejas se elevan y se contraen, los párpados se abren y los labios se tensan, a menudo con la boca ligeramente abierta.
De todas ellas, solo una es agradable por definición: la alegría. La sorpresa puede ser dulce o amarga, mientras que las cuatro restantes, la ira, el asco, la tristeza y el miedo, son indudablemente desagradables. Lo señala Alba Cardalda, psicóloga autora de Cómo mandar a la mierda de forma educada y Cómo dejar de ser tu peor enemigo. Cardalda ha acudido al pódcast Tengo un plan en el que ha explicado por qué solo hay una emoción inherentemente positiva.

“Nuestro cerebro se va a lo negativo porque está más diseñado para sobrevivir que para hacernos felices. Entonces se enfoca mucho más en los potenciales peligros”, dice la experta, que destaca que solo la alegría “está diseñada para tener sensaciones agradables”. “El resto están para alertarnos de peligros y eso la forma que lo consigue el cerebro es preocupándonos, imaginando escenarios que podrían pasar, aunque finalmente, más del 90% nunca ocurre”, explica Cardalda, que trata de dar una respuesta a por qué nos ponemos siempre en lo peor.
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