
Parecía una herida sin importancia... hasta que dejó de serlo. Los hechos ocurrieron a principios de diciembre de 2024, cuando Max Armstrong, un hombre de 40 años, estaba acampando con sus amigos en Kiowa, Colorado, Estados Unidos.
Mientras cocinaba pasta en una sartén, le ocurrió algo que le ha pasado a todo el mundo: el hombre se quemó el pulgar. Y reaccionó como también haría casi todo el mundo: no le dio mayor importancia a la herida: “No le presté atención porque siempre he tenido quemaduras, rasguños y cortes”, ha declarado Armstrong al medio estadounidense New York Post.
Por eso, después de limpiar la herida y cubrirla con un vendaje, se olvidó de ella. Sin embargo, dos días después, una de sus piernas comenzó a hincharse. Con el paso de los días, sus “uñas de los pies empezaron a ponerse moradas y la hinchazón aumentó”, explicó a ese medio. “Para entonces, la quemadura en mi pulgar se había vuelto negra y parecía estar devorándolo”.
En ese momento, ya no reaccionó con indiferencia. Ante la gravedad de la situación, acudió de inmediato al hospital, donde los médicos le informaron de que la herida había derivado en una septicemia —una afección grave que se produce cuando el sistema inmunitario del cuerpo responde de manera extrema a una infección, lesionando sus propios tejidos y órganos—, y que debía ser inducido a un coma artificial para su recuperación.
El diagnóstico reveló que la quemadura en el dedo había provocado una infección por estreptococo del grupo A, una bacteria carnívora que suele estar presente en la garganta y sobre la piel. Según explica el Departamento de Salud de Estados Unidos, “la mayoría de las infecciones por estas bacterias producen enfermedades relativamente leves, como el estreptococo de garganta y el impétigo. Sin embargo, en ciertas ocasiones pueden provocar enfermedades mucho más graves y que pueden poner en peligro la vida”. Es lo que le ocurrió a Max Armstrong.
“Pensé que mis piernas seguían ahí”
Los médicos advirtieron a su familia de que existía la posibilidad de que no sobreviviera. Pero, tras pasar seis días en coma inducido, Armstrong despertó. El problema es que lo hizo en medio de una pesadilla muy real: sus pies estaban completamente negros. La infección había avanzado y alcanzado sus piernas. La única opción para salvar su vida era la amputación, que los médicos realizaron de urgencia.
“Al principio, cuando desperté, pensé que mis piernas seguían ahí, pero luego me di cuenta de que no”, ha contado al New York Post. “Pasé la mano por mis piernas y me di cuenta de que no estaban. Pregunté a la enfermera y ella me dijo que mi familia estaba esperando por mí y me lo repetía constantemente para mantenerme conectado con la realidad”.
Después de un mes de recuperación en el hospital, Armstrong pudo regresar a casa en una silla de ruedas, acompañado por su pareja y entre los aplausos del personal médico, porque salvó la vida de milagro. Ahora, dependerá de una silla de ruedas durante el resto de su vida, pero ha comenzado a aprender ejercicios de tríceps y hombros para mejorar su movilidad.
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