
“Lo más duro es pensar que un día lo tenía prácticamente todo y, de repente, me vi en la calle sin nada”. Quien pronuncia estas palabras es Santiago Ledesma, un hombre de 55 años que nunca imaginó que tras perder el trabajo y otros desafortunados acontecimientos terminaría durmiendo a la intemperie. Desde hace medio año las calles de Fuengirola (Málaga) se han convertido en su hogar y, de momento, “se las va apañando como puede” para salir adelante, aunque reconoce que “es muy duro”, sobre todo con las altas temperaturas de un verano que apenas ha dado tregua en España.
Como la sequía ha obligado a cortar el agua de muchas playas de la provincia de Málaga, a Santiago no le queda más remedio que utilizar el baño de algún bar para refrescarse y asearse, si bien cuando tiene oportunidad se ducha en un polideportivo por dos euros. Para refugiarse del intenso calor durante el día suele acudir a una biblioteca y allí aprovecha también para leer y acceder a Internet. Otras de las personas sin hogar que conoce, explica a Infobae España, utilizan el agua de los aspersores de los jardines para asearse y combatir las altas temperaturas, aunque hay quien “tiene mejor suerte” y dispone de un pequeño trastero o de algún amigo que le pueda echar una mano. “Ya no solo es no tener techo, es no tener baño o una nevera donde guardar la comida”, lamenta.
En Fuengirola, cuya población ronda los 75.000 habitantes, pero duplica el número de vecinos en verano, no existen albergues para las personas que viven en la calle, explica, pero sí acude a la Asociación Adintre, donde les proporcionan comida y un lugar donde asearse, además de actividades y asistencia administrativa y legal, una “ayuda indispensable”, asegura. Al igual que Santiago, en España hay más de 37.000 personas que viven en situación de sinhogarismo, según estima la ONG Hogar Sí, que reclama políticas de acceso a la vivienda, ya que “buscar cobijo para el calor o acceder a los servicios de un albergue para no tener que dormir a la intemperie no soluciona este problema estructural”. La organización también recuerda que este colectivo no solo se enfrentan a la falta de acceso a derechos como la vivienda, sino también a la salud y al empleo, “así como a graves episodios de discriminación y violencia”.
El sinhogarismo, además, no ha dejado de crecer en los últimos años, pues según datos del Instituto Nacional de Estadística (INE), la media diaria de personas sin hogar acogidas por los servicios sociales se elevó de las 17.772 atendidas en 2020 hasta las 21.684 en 2022, un 22% más. De esa cifra, 7.105 eran mujeres.
Trastorno de estrés postraumático
Este sevillano, separado y con un hijo de 8 años, fue militar durante 14 años y durante otros 20 se desempeñó como operador de cámara y realizador de televisión. El tiempo en el Ejército, sin embargo, sobre todo tras su experiencia como voluntario en la misión UNPROFOR de Naciones Unidas en la guerra de Yugoslavia, pasó factura a su salud mental al desarrollar un trastorno de estrés postraumático y diferentes fobias como miedo a conducir. De hecho, debido al trastorno, ya trabajando como operador de cámara, los viajes que debía realizar se convirtieron el algo inasumible, por lo que terminó perdiendo el empleo. “Llegó un momento en que entre el trastorno de estrés postraumático y las fobias, no pude más y ahí saltó todo”, resume.

Inquilinos que no quieren pagar
A la falta de trabajo se suma otro problema. Y es que a pesar de que Santiago cuenta con una casa familiar en una localidad sevillana, no puede acceder a ella porque los inquilinos a quienes se la alquilaron se niegan tanto a pagar la renta como a marcharse. “Es la casa de mis padres, que ya fallecieron. La alquilamos en pandemia y, aunque al principio pagaban religiosamente, después de un tiempo dejaron de hacerlo y no quieren irse”, relata al otro lado del teléfono, al tiempo que lamenta que la justicia tarde tanto en resolver estos casos. “Esto va para largo”.
Tras quedarse sin empleo, durante un tiempo pudo alojarse en hostales y en casa de algún amigo, pero con el paso de los meses los ahorros disminuyeron y ya en marzo no le quedó más remedio que sobrevivir en la calle. Ahora, de vez en cuando, le sale “algún trabajillo” que le permite tener un dinero, aunque al no recibir ninguna ayuda, su situación sigue siendo “muy complicada”. Pese a todo, se muestra esperanzado y confía en poder acceder a un trabajo y un techo más pronto que tarde.
A lo largo de estos meses, Santiago se ha encontrado con perfiles muy diversos, pues a pesar de que “la gente piense que todas las personas sin hogar tienen problemas de adicciones con el alcohol o las drogas o que proceden de familias desestructuradas”, lo cierto es que ha conocido “casos de todo tipo e incluso gente que tenía negocios y le iba bien”. “Nunca te esperas algo así, pero le puede ocurrir a cualquiera”, concluye.
De hecho, un informe elaborado por Cruz Roja y publicado a finales de 2023 indicó que el 66,1% de las personas sin hogar que había atendido tenía trabajo cuando se quedó en situación de calle, pero la informalidad, la precariedad, la temporalidad y los bajos salarios no les permitieron evitar caer en esa situación, al tratarse, muchos de ellos, de “trabajadores pobres”. De ese porcentaje, una buena parte, un 25,5%, ejercía en la economía sumergida o haciendo chapuzas, pero otro 33,4% lo hacía con un contrato a tiempo completo y un 7,2%, a tiempo parcial, según reveló el informe La discriminación y la vulnerabilidad social de las personas en exclusión residencial atendidas por Cruz Roja.
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