
Bad Gyal, Quevedo, Rauw Alejandro o Karol G. El criticado autotune está a la orden del día, sobrepasando las opiniones contrarias para erigirse como una herramienta capaz de enaltecer los productos musicales. A nadie le extraña, en pleno 2024, que muchos de los artistas que copan las listas de éxitos hagan playback en sus conciertos y añadan efectos oníricos en sus temas que son incapaces de reproducir con sus cuerdas vocales.
Cher cambió el porvenir de la industria con Believe, una canción lanzada en 1998 con la que demostró que el autotune no estaba directamente relacionado con una capacidad vocal menor. Desde entonces, su recurso es aplicado a todo tipo de géneros, aunque aúna una mayor presencia en los grandes hits que marcan la década (casi todos con tintes de reggaetón y trap). Qué hubiese sido, pues, de los Milli Vanilli de haberse juntado en la coyuntura actual. ¿Se habría escandalizado el público al saber que sus canciones no las interpretaban ellos o se hubiese considerado un ejercicio distópico y contracultural de la industria?
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La fraudulenta historia del dúo franco-germano regresa a la gran pantalla con Girl You Know It’s True, la película dirigida por Simon Verhoeven que rescata las vivencias de Rob Pilatus (Tijan Njie) y Fab Morvan (Elan Ben Ali), dos bailarines reconvertidos en estrellas del pop (que no cantaron ni una de nota de las canciones con las que se hicieron famosos en Estados Unidos y Europa). La cinta, que llega a las salas de cine españolas este miércoles (fecha adelantada a raíz de la Semana Santa), recoge todas las polémicas de una banda que encandiló a un mercado homogéneo que necesitaba nuevos ídolos a los que aferrarse.
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Milli Vanilli fueron un producto de fábrica, una respuesta medida y casi psicótica a una demanda exacerbada de música pegadiza. Rob y Fab tuvieron la mala fortuna de destacar como productos metrosexuales (y racializados) en una sociedad ochentera abocada a un producto poco diversificado. Con un boyante currículum de danza, e intentando labrarse una carrera en el mundo de la interpretación, fueron descubiertos por la asistenta de Frank Farian (interpretado en la película por Matthias Schweighöfer), un productor musical que había subido el K2 de la industria por su trabajo con Boney M., la banda alemana que le cantó a Rasputin.
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La cinta de Verhoeven presenta una sencillez a veces inhóspita en algunos de los biopic actuales: es lineal y concisa en cuanto a la información que proporciona a la audiencia. No se excede en la pomposidad de la historia y cumple con lo prometido: contarle al espectador el auge y caída de un dúo (no tan dinámico) que conoció de primera mano las dudosas prácticas de una industria hambrienta de fama y dinero.
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Siete millones de disculpas
Milli Vanilli no cantaban sus propias canciones, un pequeño dato insignificante que acabó por arruinarles la carrera que Farian había gestado para ellos. Todo comenzó con Girl You Know It’s True, el sencillo con el que lograron vender más de siete millones de copias a nivel mundial, pero que supuso un reto mayúsculo cuando tuvo que trasladarse al escenario. Mientras que Rob y Fav se codeaban con las discográficas más prestigiosas de Los Ángeles y comenzaban a recoger los frutos de su rápido ascenso a la fama (por medio del sexo, el alcohol, las drogas y el despilfarro monetario), su productor estaba en Alemania grabando con músicos las canciones de su próximo disco.
El pastel se descubrió poco después de ganar el Grammy a ‘Mejor nuevo artista’ en el año 1990, un bochorno que todavía se recuerda, aunque todo es más complejo que un simple fraude. El dúo, agobiado por el playback que efectuaban en las giras estadounidenses, le había comentado a Farian su deseo de comenzar a grabar sus propias canciones, una propuesta que fue refutada por pavor a perder la notoriedad conseguida.
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Rob y Fav devolvieron el Grammy en una rueda de prensa que marcó el comienzo del fin. Receloso por haber perdido el control del dúo, su productor fue el encargado de desvelar el drama sonoro detrás de Milli Vanilli. Sus vidas no volvieron a ser las mismas. Rob se suicidó en 1998 tras no haber podido lidiar con la situación posterior a la fama (un situación agravada por el incesante consumo de drogas). Quizá los centennials habrían recibido con mayor ímpetu la llegada de un grupo camp y excéntrico que ni siquiera era bueno en el karaoke, pero la realidad de su coyuntura les hundió.
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