Hace poco se celebró el décimo aniversario del estreno de Ocho apellidos vascos. La película dirigida por Emilio Martínez-Lázaro y escrita por Borja Cobeaga y Diego San José se convertiría en un punto de inflexión dentro del audiovisual español al convertirse no solo en un éxito de taquilla, sino también en un fenómeno sociológico.
Aquel título hizo que se recuperar la confianza del público hacia el cine español y que se revitalizara el género de la comedia. Ese espejismo duraría hasta que toda una serie de productos clónicos, cada vez de peor estofa, se encargaran de arruinarlo todo a través de ciclos de auténtica destrucción que se han perpetuado en el tiempo.
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Después de la era Dani Rovira, coronada por la inenarrable Los Japón, llegaría la era Santiago Segura y sus telefilms familiares casposos. Al mismo tiempo, se generó la tendencia de imitar las comedias francesas más retrógradas en la que los problemas sociales se trataban casi desde la ideología de Marine Le Pen.
Y aquí es cuando llegamos a La familia Benetón, un émulo de esas películas de humor rancio compuesta por chistes degradantes que bebe de títulos tan perniciosos como Dios mío, ¿pero qué te hemos hecho?, convirtiéndose en este caso Leo Harlem en un alter ego de Christian Clavier, especialista en este subgénero.
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Si en la primera un padre de familia tenía que enfrentarse a que sus hijas se enamoraran de un musulmán, un judío y un chino, en esta ocasión, un hombre tiene que hacerse cargo de los hijos de su hermana, cada uno procedente de una etnia diferente, desde una niña africana, otra asiática a un latino y otro árabe.
Una comedia retrógrada e irrespetuosa
Lo que sigue a continuación, es una sarta de chistes cochambrosos de la peor estirpe que parecen sacados de la época franquista, destinado a faltar al respecto a otras culturas y reírse de ellas sin la menor gracia a base de insultos indiscriminados. Como ejemplo: “El morito me tuvo toda la noche al pie de la valla”. ¿Gracia? Ninguna.
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El resultado es una oda al ‘cuñadismo’, un elogio al gag racista con el consiguiente peligro que supone esto, promoviendo la xenofobia, la homofobia y el sexismo de forma subrepticia. Es lo que ocurre cuando la insensatez se apodera todo y se convierte en un peligro cuando, en realidad, su único fin es hacer taquilla a base de estos postulados retrógrados.
Es realmente doloroso asistir a este producto tan irrespetuoso y tan gratuito que, para más inri, intenta hacer pasar toda su carga carca por el filtro de la ‘feel-good-movie’ multicultural. Un absoluto insulto.
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