
Jonathan Glazer siempre se ha caracterizado por experimentar en sus películas y dotarlas de una enorme personalidad. Comenzó en el mundo de la publicidad y más tarde entró a formar parte de la generación dorada del videoclip, creando piezas superdotadas para grupos como Blur, Massive Attack o Radiohead, también para Nick Cave.
Tras varios cortometrajes debutó en el largo con Sexy Beast en el 2000, pero alcanzaría el calificativo de director de culto gracias a la enigmática Birth, protagonizada por Nicole Kidman, y más tarde por Under the Skin, con la que pasó a otro nivel por su capacidad para introducirnos en una atmósfera marciana a través del elemento hipnótico y sensorial.
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Sin duda, sería un referente directo a la hora de hablar de La zona de interés, no solo porque en ella vuelve a utilizar el sonido como elemento fundamental, sino porque sus protagonistas, al igual que ocurría con la alienígena Scarlett Johansson en Under the Skin, parecen haber perdido la capacidad de empatía con el ser humano. Y no hay nada más aterrador que la falta de sentimientos.
Una película de terror ‘fuera de campo’

Y es que, aunque no lo parezca, Jonathan Glazer siempre ha hecho películas de terror encubiertas que nos acercan al lado más oscuro de la humanidad a través de la incomodidad expresiva, configurando una galería de monstruos que acechan en nuestra cotidianeidad.
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El director, que es de origen judío, adapta en esta ocasión una de las obras fundamentales de Martin Amis para narrar el día a día de una familia cuyo patriarca es uno de los miembros de las SS que mandan en el campo de concentración de Auschwitz.
Prácticamente toda la película tendrá lugar en los contornos de una casa idílica que ha creado la familia y que está situada al lado del campo de exterminio, sin que lleguemos a ver nunca lo que ocurre en su interior, pero sí lo sentiremos a través de ese tratamiento sonoro gracias al que, de fondo, escucharemos los gritos, golpes, disparos, concediendo al fuera de campo cinematográfico una nueva dimensión. Además, no habrá ningún primer plano de los protagonistas, todo estará captado desde lejos, como si la cámara fuera incapaz de mostrarnos su rostro.
La banalidad frente al horror

Así, seguiremos la banalidad en la que se encuentra inmersa la familia compuesta por el comandante Rudolf Höss (Christian Friedel), su esposa Hedwig (Sandra Hüller) y sus hijos. La narración poco a poco irá centrándose en Hedwig y en su particular lucha de poder para no perder ese hogar que para ella supone una conquista.
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El cine ha retratado en innumerables ocasiones el Holocausto pero, en realidad, resulta una tarea imposible reflejar el sadismo y el horror que supuso. Quizás por esa razón, las obras que mejor logran trasmitir esa infamia son las que se apartan de una manera voluntaria de su visión directa.
En ese sentido, la propuesta de Glazer se erige como una de las más radicales jamás vistas ya que nada se verá, ni nada se hablará del asunto, pero sin, embargo, con este mutismo consigue el efecto contrario, que el dolor y la violencia se sientan de una manera gráfica.

De ahí su carácter absolutamente ‘revulsivo’, también repulsivo, al acercarnos a ese paraíso que está puerta a puerta con el infierno en el que brilla el sol, crecen las flores y todo es bonito, limpio, inmaculado y, en apariencia, apacible. Aunque al fondo siempre se extiendan columnas de humo que salen de los hornos crematorios, lo que todavía genera mayores dosis de aprensión.
La colaboradora habitual de Glazer en las bandas sonoras, Mica Levi, compone un paisaje sonoro de fondo repleto de ruidos que podrían llevar a cualquier persona normal a la locura y al ataque de pánico. Por eso, la visión de La zona de interés provoca tanta incomodidad porque, a través de ese hermetismo y rigidez con el que trabaja el director la puesta en escena, con de una serie de cámaras puestas en lugares estratégicos para señalar el automatismo de las acciones, se esconde la atrocidad en estado puro.
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