
El Barça y el Girona jugaron este domingo a El Coyote y el Correcaminos. A diferencia de lo que nos ha dicho la teoría a lo largo de la historia que une a estos dos equipos, los azulgranas fueron el villano que nunca conseguía prosperar. Los albirrojos, por tanto, se convirtieron en el héroe que subsistió, una y otra vez, a las triquiñuelas del depredador. A base de velocidad y verticalidad, el equipo revelación de LaLiga se quedó solo en el liderato de la competición. Entretanto, los de Xavi jugaron con cachivaches Acme mientras los de Míchel, mic mic, se les escapaban en todo momento. Para bien que los locales quisieron hacerse valer en el encuentro, tras una segunda parte para el olvido, ya lo tenían perdido (2-4).
El fútbol total es esto del @GironaFC. Una obra de arte a medida de su autor, Míchel ✨
— DAZN España (@DAZN_ES) December 10, 2023
Capaces de marearte con una secuencia de pases. Capaces de romperte siendo directos.
El golazo de @Miguel3Guti 🔥 #LALIGAenDAZN ⚽ pic.twitter.com/3IEAeC7Hvn
Montjuïc asistió a la enésima prueba, esta temporada, de que el actual primer clasificado liguero no lo es por cuestión de azar, casualidad o rareza estadística. Ni de lejos. Los gerundenses se han aupado a lo más alto de la tabla por méritos propios, con una valentía que les hace mirar de tú a tú a cualquiera, sea grande o pequeño, a día de hoy. Jugar en casa de todo un FC Barcelona, aunque ahora sea la de prestado, puede achantar a muchos. No, desde luego, a este Girona, que saltó al campo dispuesto a comerse el mundo y, en última instancia, lo consiguió.
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Con una velocidad digna de aquella de la que hizo gala Fermín Cacho, en idéntico recinto, durante la final olímpica del ‘milqui’ del 92, el Girona esquematizó lo que iba a ser el choque en apenas 12 minutos. Así de poco le costó perforar por primera vez la portería de Iñaki Peña, en una jugada con la que los integrantes del Séptimo de Caballería habrían soltado una lagrimita: en tres vertiginosos toques (el centro de Yan Couto que propició el desmarque, el pase al corazón del área de Tsygankov llegando a la carrera por la banda derecha y el remate exitoso de Dovbyk), gol. En el Barça todavía deben estar preguntándose, por lo desprevenidos que pillaron a los suyos, cómo surgió la contra.

En un primer momento, el Barça aceptó el envite. Menos de diez minutos le bastaron para consumar el empate, con Lewandowski aprovechando a la perfección la salida de un córner. Fueron los compases en los que más pelearon los locales, con un Raphinha hiperactivo pero sin acierto. A pesar de que el favorito parecía rehacerse, el Girona no se desdibujó ni un ápice. Todo lo contrario. De achantarse, nada de nada.
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Que se lo digan a un Miguel Gutiérrez que buscó la segunda diana visitante con todo el ahínco del que pudo hacer acopio. Lo probó hasta dos veces y se quedó muy cerca de triunfar. A la tercera, para hacer honor al dicho, fue la vencida. Y de qué manera. El zurdazo que se coló por la escuadra fue inapelable. Lo que sí se podría apelar es la defensa con la que el Barça recibió al ex del Real Madrid, de mucha menos intensidad que la que se dispuso al otro lado del campo.
Pesadilla culé en la segunda parte
Lo peor que le pudo pasar al Barça, tras el paso por vestuarios, es que transcurrió demasiado tiempo sin que nada nuevo sucediese. No había manera de que los disparos de los culés generasen un mínimo peligro. Y al Girona le bastaba con seguir desarrollando “la mejor propuesta que he visto hasta ahora” (Xavi dixit) para sacar de quicio al cuarto clasificado del campeonato. Con ventaja en el marcador y sin nada que perder, había que resistir. Que no especular.
Para muestra, el 1-3 que llegó en el 80, que sonaba a sentencia de muerte azulgrana y con el que el líder se gustó especialmente. En concreto, un Valery que se pasó la bola por debajo de las piernas antes de quedarse solo y definir con convicción. No fue hasta el descuento cuando al Barça le dio por reaccionar de forma efectiva. Tuvo que ser Gündogan, especialista en reprochar actitudes mejorables, el que le diera emoción al asunto.

Con un movimiento de killer y, a buen seguro, mucha mala leche, le concedió a los suyos, al menos, la posibilidad de soñar con el empate. Algo demasiado ilusorio, porque Stuani le echó el candado al partido en cuanto se le presentó el balón propicio. En una jornada para el recuerdo en las filas del Girona, el Barça no pudo evitar quedarse como El Coyote cuando El Correcaminos le sacaba la lengua: la bomba, sin remedio, les había explotado a los de la Ciudad Condal.
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