
El asesinato de un joven de 17 años tras los disparos de un policía ha vuelto a desatar la indignación popular en Francia, en especial en las ‘banlieues’, los suburbios donde se encuentra la mayor parte de la población inmigrante a la que pertenecía el fallecido. Se trata de una historia que se repite, la del racismo sistémico dentro del cuerpo policial y la respuesta inmediata de la sociedad frente la violencia actuando con más violencia, desatando disturbios y vandalismo.
Desarraigo, intolerancia, racismo, miedo y violencia
En ese sentido, el cine francés ha tenido la capacidad de captar casi a tiempo real lo que ocurría en sus calles, convirtiéndolo en un síntoma de las carencias del sistema, ya fuera en su momento durante el mandato de Nicolas Sarkozy o, en estos momentos, con el de Emmanuel Macron, siempre con el ojo atento frente al peligro latente del aprovechamiento de la ultraderecha para generar inseguridad y fomentar la discriminación.
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En 1995 se estrenaría una de esas películas visionarias capaces de reflexionar de manera visceral sobre todo lo que se estaba gestando en los barrios pobres. Se llamaba, de forma contundente, El odio, estaba dirigida por Matthieu Kassovitz y dio a conocer a Vincent Cassel. Precisamente, estaba inspirada en un caso real solo ocurrido dos años antes. Un chico de origen africano moría después de recibir un disparo en la cabeza cuando ya había sido esposado. Kassovitz investigó en los suburbios y de ahí nació una película que retrataba la marginalidad, los prejuicios y el racismo estructural a través de tres protagonistas pertenecientes a diferentes etnias que luchan contra todo aquello que se les niega por su origen.

Diez años después, dos adolescentes fallecieron en el distrito periférico de Clichy-sous-Bois mientras escapaban de la fuerzas del orden. Se habían refugiado en un transformador que les produjo un shock eléctrico al que no sobrevivieron y, el tercero de ellos, sufrió gravísimas heridas. Fue la mecha que desató la indignación y las protestas se sucedieron por todo el país provocando una ola de rabia que desembocó en la declaración del Estado de Emergencia y el toque de queda.
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El colectivo Kourtrajmé
En ese momento, el director Ladj Ly vivía en las calles donde se produjeron los disturbios y los filmó desde dentro. Reunió más de 100 horas de material documental que le sirvió para componer 365 días en Clichy Montfermeil, a la que seguiría, Go Fast Connexion, en la que destapaban las mentiras que utilizaban los medios de comunicación a la hora de hablar de los barrios marginales para expandir el miedo. Todo eso terminaría convirtiéndose en el germen de su laureada obra Los miserables. No resulta casual que Ladj Ly perteneciera a un colectivo llamado Kourtrajmé dispuesto a dar voz a una masa furibunda por sentirse excluida, en el que también se encontraba Kim Chapiron, que dirigió la también tremenda Sheitan y Romain Gavras, que hace poco estrenó en Netflix otra película clave para el movimiento: Athena. ¿De qué trataba? De la trágica muerte de un menor a manos de la policía y la consiguiente revuelta violenta posterior. El resultado, una portentosa obra en la forma y subversiva en el fondo en la que laten las miserias de un sistema podrido y el acoso de la derecha radical para propagar el discurso del odio.

No solo ha habido películas de crítica social directa, sino que también algunos directores han aprovechado esa coyuntura para ubicar sus ficciones, algunas dentro del género de terror. Es el caso de Frontière(s) (2007), de Xavier Gens, inserta de la new French extremity, y en la que se aprovechaban los disturbios de 2005 para hablar del ascenso de la ultraderecha a través de un grupo de neonazis degenerados (y caníbales) que regentaban un hostal donde irán a parar un grupo de jóvenes que escapaban después de haber perpetrado un robo en medio del caos de las protestas. La horda, de los cineastas Yannick Dahan y Benjamin Rocher, también se podría considerar una metáfora de todo esto, solo que con policías corruptos y zombies.
Los ejemplos son innumerables. Ahí está para demostrarlo la ópera prima de Jean François-Richet, État des lieux, en la que recrea el ambiente de los suburbios en los que nació para intentar plasmar todo un crisol de contradicciones que se convierten en el germen de una bomba de relojería, o Distrito 13, de Pierre Morel, una distopía en la que se ha construido un muro para separar a los guetos.
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