
“No entiendo el baloncesto sin arriesgar, pero la experiencia de muchos partidos y entrenamientos me ha hecho saber qué riesgo asumir o dónde se pueden tomar más”. Sergio Rodríguez lanzaba esta afirmación nada más arrancar la temporada 2015-2016. Meses antes, había levantado su primera Euroliga con un Real Madrid cuya sección de baloncesto llevaba entonces una década sin poder saborear el triunfo en la máxima competición europea. Y meses después, abandonaría el equipo blanco rumbo de nuevo a la NBA y, posteriormente, al CSKA de Moscú y al Armani Milan para regresar a la capital española en verano de 2022 con una Copa de Europa más bajo el brazo (2019, en las filas rusas). Así, pone en valor una frase pronunciada cuando tenía 29 años, pero que no ha perdido vigencia ahora que está a un mes de cumplir los 37.
El Chacho sabía que el quinto partido a todo o nada contra el Partizan de Belgrado en los playoffs continentales era uno de esos en los que se pueden tomar más riesgos. Su voz interior cargada de veteranía se lo susurraba al oído y tenía que escucharla. Vaya si lo hizo. Las piernas pesarán más ahora y su barba será más corta que antaño, pero esa conexión especial con la pelota naranja que le acompaña desde que tiene uso de razón nunca se irá. Con el Madrid 18 abajo y sin rumbo, el temor de no acudir a la Final Four era real. Sin embargo, el base canario arriesgó para ser el líder que fue en sus mejores días. Ganó, y con él los suyos.
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La clase magistral de Sergio Rodríguez será recordada largo tiempo. Por el qué, la primera vez en la que se remonta un 0-2 en las eliminatorias de la Euroliga, y por el cómo, la vuelta de uno de los hijos pródigos del baloncesto blanco en la época reciente. Los triples, asistencias y entradas a canasta que protagonizó el Chacho en la segunda mitad levantaron no sólo al respetable del WiZink Center, sino también a los otros dos integrantes de la Santísima Trinidad del Madrid de la canasta: Sergio Llull y Rudy Fernández. Volvieron a llover mandarinas en Goya. Se logró el más difícil todavía de jugar con un hombro hecho polvo. Y todo gracias a una forma única de entender este deporte: el Chachismo.
Reivindicación a la hora de la verdad
Los 19 puntos (16 en la segunda parte, 13 en el último cuarto), 6 asistencias (4 tras el descanso) y 3 rebotes de Sergio Rodríguez este miércoles, con su varita mágica también haciendo virguerías en el tiro (5/6 de 2, 3/5 de 3), son la culminación para un arrebato de casta que empezó a forjarse en Belgrado. Los 26 créditos de valoración ya legendarios del tinerfeño no pueden explicarse sin su cuarto partido en casa del Partizan (8 puntos y 7 asistencias). Tampoco, y no menos importante, sin el ejemplo que dio a los jóvenes en el infierno serbio: querer es poder.
Que se lo pregunten a un Mario Hezonja que ha ganado kilos de coraje en esta serie gracias al Chacho. O a Tavares, que tanto se ha beneficiado de su genialidad en el pase. Incluso puede que Nigel Williams-Goss haya asumido más galones últimamente influenciado, de alguna manera, por su compañero de posición. Lo que está claro es que ya no se habla tanto de las carencias en la dirección de juego de este Madrid: el Chacho, que parece haberse instalado en 2014 (MVP de la Euroliga entonces) cuando peor dadas venían, tiene la culpa.

Al iniciar su segunda etapa en la casa blanca hace unos meses, nadie esperaba ya de él una versión tan protagonista como la de la primera (2010-2016), en la que lo ganó todo. Su rol iba a ser distinto de manera irremediable, aunque Sergio Rodríguez venía preparado para asumir responsabilidades tras hartarse de ser líder tanto en Moscú como en Milán. Pero esta explosión tan aplaudida hoy ha venido precedida de un ostracismo que hasta la fecha le ha llevado a disputar 138 minutos europeos menos que el pasado curso (686 frente a 548) y que se ha llegado a ver hasta en estos cuartos de final: en el primer partido, el Chacho sólo pisó la cancha 5 minutos; en el segundo, 11.
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Un concurso suyo igual o superior a los 20 minutos se puede contar con los dedos de las manos en esta Euroliga, y lo mismo ha sucedido en la ACB. Por supuesto que el paso del tiempo no perdona a nadie y que pretender que Sergio Rodríguez sea tan estelar como hace ocho años es más que ilusorio. Pero hay un término medio entre brillar a la altura de la savia nueva y agitar la toalla en el banquillo. Y, también sin discusión, el Chacho todavía está para mucho más que para verse limitado a lo segundo. Tumbar la puerta en un escenario tan mastodóntico como el que ha vuelto a encumbrarle es toda una declaración de intenciones: quería al Madrid en el pasado (pudo haber vuelto antes a la plantilla) y lo quiere ahora, como demuestra al poner todo su talento al servicio del escudo.

En el horizonte, espera la octava Final Four de su carrera. Tantas como Juan Carlos Navarro y Rudy Fernández y una menos que Sergio Llull (nueve). Un buen tenderete (así se refieren a las fiestas de aúpa en la tierra del Chacho), que puede otorgarles una tercera Euroliga tanto al isleño como a Llull y Rudy. La última vez que el Real Madrid estuvo en la gran fiesta del baloncesto europeo con el Chacho en sus filas, fue campeón (2015). ¿Sucederá lo mismo en 2023? Por si acaso, Sergio Rodríguez manda un aviso a navegantes: échenle mojo a la vida.
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