
La mañana marcaba apenas 4 °C cuando Laura Hart se preparó para acompañar a sus hijas Sonia, Luna y Lili al primer día de clases en una escuela de El Salvador. El frío resultaba inusual para quienes crecieron en República Dominicana, donde el calor domina el paisaje y las rutinas.
Hace un año y medio, Laura tomó la decisión de dejar su país natal y mudarse con su familia al territorio salvadoreño, impulsada por el deseo de ofrecer una vida mejor a sus hijas ante las dificultades crecientes que enfrenta la sociedad dominicana.
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El esposo de Laura, de nacionalidad salvadoreña, se convirtió en el vínculo que facilitó la llegada y adaptación al nuevo entorno. Pese a la presencia familiar, el inicio escolar representó un reto cargado de expectativas y temores.
“No sé quién estaba más nerviosa, si ellas o yo, de cómo sería ese primer día”, confesó Laura en un video compartido en redes sociales. “Dejamos el calor del Caribe para conquistar el friito de El Salvador. No sé con qué van a venir, si van a soltar el ‘qué lo que’ por el ‘qué ondas’, pero sí te digo que va a ser un día súper emocionante”.
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La experiencia de Laura y sus hijas se suma a las de otras familias que han llegado a El Salvador en busca de estabilidad. Según testimonios recopilados por The Santa Clara y Dominican University, el fenómeno migratorio ha transformado la dinámica en distintos centros educativos del país, donde los estudiantes de otras nacionalidades deben adaptarse a nuevas formas de hablar, costumbres y reglas de convivencia.
El idioma, las tradiciones y las diferencias en la vida cotidiana configuran los primeros desafíos, pero también abren puertas para el intercambio y el aprendizaje mutuo.
La integración de migrantes en el sistema educativo salvadoreño implica un proceso de ajuste tanto para los recién llegados como para las comunidades que los reciben.
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Sonia, Luna y Lili enfrentaron ese primer día entre preguntas sobre su acento, la curiosidad de sus compañeros y la expectativa de encajar en un entorno distinto al que conocían. Laura acompañó a sus hijas hasta la entrada de la escuela, consciente de que comenzaban una etapa marcada por la adaptación y el deseo de pertenencia.

Adaptarse a un nuevo idioma y nuevas costumbres: entre el “qué lo que” y el “qué ondas”
El contraste entre el “qué lo que” dominicano y el “qué ondas” salvadoreño se manifestó en cada saludo y conversación. Las niñas, acostumbradas a las expresiones caribeñas, iniciaron un proceso de incorporación de nuevos modismos y costumbres.
El frío, que sorprendió a toda la familia, se sumó al desafío de comprender normas y rutinas escolares diferentes, desde el uniforme hasta la forma de relacionarse con profesores y compañeros.
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El motivo que llevó a Laura a dejar República Dominicana estuvo ligado a la situación social y económica del país. “Quería que mis hijas tuvieran acceso a mejores oportunidades y una vida más tranquila”, explicó. El Salvador se convirtió en el destino elegido por la posibilidad de una convivencia familiar estable y la esperanza de un futuro distinto para sus hijas.
Casos como el de Laura y sus hijas no son aislados. Los registros de organizaciones educativas y sociales muestran un aumento en la llegada de familias extranjeras a El Salvador, provenientes de distintos países de la región.
Según Dominican University y Mennonite Healthcare Fellowship, la presencia de estudiantes foráneos en las aulas ha generado espacios de intercambio cultural y aprendizajes compartidos, aunque también requiere un esfuerzo adicional para superar barreras y prejuicios.
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El primer día de clases para Sonia, Luna y Lili concluyó con relatos sobre la sorpresa de sus compañeros al escuchar su acento, la calidez de algunos saludos y la extrañeza de no ver el mar tan cerca como en su tierra natal.
Laura, al recogerlas, comprobó que el miedo inicial dio paso a la curiosidad y la apertura. El proceso de adaptación continúa, marcado por la rutina escolar, los nuevos amigos y la convicción de que la experiencia de migrar deja huellas profundas en cada integrante de la familia.
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