Las universidades deben migrar de un modelo educativo tradicional a otro que promueva el aprendizaje a lo largo de la vida. Tradicionalmente, el grado académico ha sido un “ciudadano de primera clase” en las universidades, y la educación continua un “ciudadano de segunda clase”. Esto ya no puede continuar, la educación ya no puede limitarse a los 4 o 5 años de formación universitaria. Debe convertirse en un acompañamiento continuo para las personas a lo largo de todas las etapas de su vida.
Las universidades deben reinventarse para convertirse en instituciones de aprendizaje a lo largo de la vida con un currículum de 60 años. Así podrán acompañar a su comunidad extendida, de trabajo en trabajo, cuando cambien de carrera en carrera, y hasta la jubilación o la muerte. Este cambio implica para las universidades ofrecer opciones educativas más flexibles y adaptables, como microcredenciales y programas modulares que permitan a los estudiantes adquirir competencias específicas en función de sus necesidades. Además, establecer alianzas estratégicas con empresas y sectores productivos garantizará la pertinencia de estos programas, alineándolos con las demandas del mercado laboral y facilitando la empleabilidad.
La inteligencia artificial llegó para quedarse y tendrá un conjunto de impactos claroscuros en las universidades. Del lado positivo, la IA permite personalizar el aprendizaje, el contenido y las estrategias de enseñanza en tiempo real, adaptándose a las necesidades de cada estudiante. También permite identificar a tiempo a los estudiantes en riesgo, ofrecerles apoyo personalizado y mejorar sus trayectorias de aprendizaje. Del lado negativo, la IA plantea retos éticos, de privacidad, de deterioro de la salud mental, de creación de nuevas brechas de acceso y de aprendizaje debido a la descarga cognitiva.

En un mundo donde la inteligencia artificial se utiliza cada vez más, dominar el pensamiento complejo es esencial para ser usuarios críticos de esta tecnología. El pensamiento complejo integra los pensamientos crítico, sistémico, científico y creativo. Paradójicamente, son justamente estas habilidades las que corren el riesgo de atrofiarse cuando los estudiantes delegan en exceso sus procesos de pensamiento en la IA. Es como pagar una membresía en un gimnasio y pedirle a alguien más que haga ejercicio por ti: así nunca desarrollas el músculo.
A estas capacidades se suman las habilidades más profundamente humanas: la empatía, la resiliencia, el liderazgo y la colaboración, que las máquinas difícilmente pueden replicar.
Estas habilidades de pensamiento y humanas son power skills esenciales para navegar por un futuro dinámico, incierto y altamente tecnológico. Las universidades deben enfocarse en asegurar el desarrollo intencional de estas power skills y en evaluar el nivel de desarrollo de estas habilidades en sus estudiantes.
Para mantenerse relevantes, las universidades latinoamericanas deben cerrar la brecha entre la educación formal y la no formal y adoptar un modelo de formación en espiral, en el que las personas alternen entre estudiar, trabajar, a veces estudiar y trabajar, y otras trabajar y estudiar, fomentando un ciclo continuo de aprendizaje a lo largo de la vida.

Las universidades que se resistan al cambio corren el riesgo de obsolescencia. Las startups educativas, con sus modelos flexibles, accesibles y asequibles, ya están llenando los vacíos que dejan las instituciones tradicionales. En mercados avanzados como Estados Unidos y Europa, las empresas contratan cada vez más con base en habilidades y no en títulos. Esta tendencia, que ya vemos llegar a Latinoamérica, subraya la urgencia de que las universidades se modernicen y alineen su oferta con las realidades de la sociedad, la industria y los negocios.
La transformación de la educación no es solo un desafío, sino también una oportunidad. Las universidades deben reinventarse como centros de aprendizaje a lo largo de la vida, capaces de responder a las demandas de un mundo en constante cambio. Esto requiere valentía, visión y disposición para abrazar la innovación, sin perder de vista su misión fundamental: formar personas íntegras y preparadas para enfrentar el futuro con confianza.
José Escamilla es director asociado del Instituto para el Futuro de la Educación del Tecnológico de Monterrey
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