
Hace 30 años, el seleccionado argentino masculino Sub 14 hizo historia en el Higashiyama Koen Tennis Centre de Nagoya, Japón, al conquistar por primera vez el título mundial juvenil de tenis. En la final, el conjunto nacional venció a Suecia por 3-0 con un plantel conformado por Guillermo Coria, David Nalbandian y Antonio Pastorino, bajo la conducción de Claudio Sosa.
Aquel 8 de agosto de 1996, Coria abrió la serie con una contundente victoria ante Filip Prpic por 6-1 y 6-1, mientras que Nalbandian superó a Joachim Johansson por 6-3 y 6-3. En el dobles, Coria y Pastorino derrotaron a Johansson y Prpic por 6-1 y 6-3 para sellar una consagración memorable.
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Fue la primera de las dos veces que Argentina se consagró campeona del mundo en esta categoría. El país repetiría el título en 2016, esta vez en Prostejov, República Checa, con un plantel conformado por Román Burruchaga, Santiago De La Fuente y Gabriel Mamaní. Vencieron a China en la final por 2-0.
Para Pastorino, aquel viaje a Japón comenzó con una situación que todavía permanece en su memoria: “Me acuerdo primero del vuelo, que fue bravo. Se movió con todo, había tormenta eléctrica. Estábamos pálidos”, recuerda sobre el traslado hacia el país asiático.
El impacto fue todavía mayor una vez que llegaron a destino: “Japón era increíble, otro mundo. También el club era una locura. Era césped sintético en ese momento”, cuenta sobre sus primeras impresiones en Nagoya.
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Pastorino reconoce que su participación dentro de aquel equipo fue menor en comparación con la de Coria y Nalbandian, dos jugadores que ya comenzaban a diferenciarse dentro de su generación. Sin embargo, haber sido parte de ese grupo es algo que todavía valora especialmente: “Desde junior, yo ya había ganado varios Sudamericanos. Ahí no participé mucho porque, la verdad, ellos eran unas bestias”.

Con el paso del tiempo, aquella experiencia adquirió todavía más valor para él: “Hoy digo: ‘Bueno, me gané ese lugarcito’, y eso lo valoro un montón”, reconoce. Y admite que también quedó una pequeña sensación de frustración por la cantidad de partidos que disputó: “Como recuerdo personal, tuve esa sensación un pelín amarga de haber jugado muy poco, pero bueno, lo recontra disfruté”.
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Tres décadas después, algunos detalles de aquella estadía permanecen intactos. Pastorino destaca el impacto que, con ojos de adolescente, le produjo encontrarse con una cultura diferente: “Lo que me acuerdo era que todo me parecía demasiado moderno. Obviamente, no entendíamos nada del idioma”, recuerda.
El regreso a la Argentina también tuvo una dimensión que excedió lo deportivo. El éxito conseguido en Nagoya convirtió a los integrantes del equipo nacional en protagonistas de distintos homenajes y celebraciones. En Zárate, su ciudad, la recepción también tuvo un significado especial: “Fue todo un acontecimiento la llegada al club, ir con el intendente. Fue muy lindo. Se había alcanzado un logro difícil”, recuerda.
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Más allá del resultado y de la experiencia deportiva, para Pastorino hubo algo que trascendió cualquier logro individual: haber representado a la Argentina. “Yo tengo ese recuerdo principalmente. La vuelta fue muy emotiva y, la verdad, me lo llevo para toda la vida”, afirma. Incluso hoy, asegura, aquella conquista continúa siendo una de las principales referencias por las que es reconocido.

Aquella generación también construyó un vínculo que perduró con el paso de los años. El extenista cuenta que, cuando vuelve a encontrarse con Coria o Nalbandian, el recuerdo de aquella etapa suele aparecer naturalmente en las conversaciones. “Es lo que más nos une”, resume.
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Con el tiempo, sus caminos profesionales tomaron rumbos diferentes: “Yo después les perdí un poco más el rastro. Ellos se metieron muy rápido y yo no”.
Treinta años después de aquella consagración, Pastorino tiene claro qué mensaje les transmitiría a los chicos que afronten una experiencia similar: “Que se puede. Yo creo que uno tiene que ir siempre con esa ilusión de que se puede, de que todo se puede alcanzar de alguna manera. Ir siempre con esa ilusión de querer ganar y también aprender a competir en equipo, que en el tenis es difícil”, sostiene.
Para él, ese último aspecto es uno de los principales aprendizajes que deja un Mundial juvenil: “No es fácil competir en equipo en el tenis porque es un deporte individual. Ese aspecto, entre lo personal, que uno siempre quiere jugar y a veces no jugar, solo pasa en estos eventos por equipo. Son muy poquitos y esa es la parte difícil de manejar para el tenista”, explica.
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Una experiencia que, además, puede servir como preparación para aquellos jugadores que más adelante tengan la posibilidad de representar al país en la Copa Davis: “Lo más comparativo sería eso, porque siempre es difícil jugar en equipo, para mí, en el tenis. Uno siempre siente que depende de uno y, la verdad, no”, analiza.
A la hora de ubicar aquel título dentro de su historia personal y deportiva, Pastorino no duda: “Yo creo que fue lo mejor que me pasó. Hoy no encuentro otro suceso en mi vida más importante”.

Su mejor ranking en el ATP Tour fue el puesto 329. En la actualidad, se desempeña como entrenador del argentino Federico Coria y del boliviano Hugo Dellien, además de compartir algunas semanas de trabajo con el peruano Juan Pablo Varillas.
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Su carrera no alcanzó, según sus propias palabras, todo aquello que Antonio Pastorino alguna vez imaginó. Pero el tenis terminó convirtiéndose en su razón de ser: “No habré llegado a lo que quise llegar, pero dediqué toda mi vida al tenis y hoy vivo del tenis”.
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