Un profundo dolor se instaló en el mundo del boxoeo. Es que el italiano Nino Benvenuti, campeón mundial superwélter y mediano cuyos combates con Carlos Monzón marcaron una época en el pugilismo, murió a los 87 años.
La leyenda europea nació el 26 de abril de 1938 en Isola d’Istria, entonces parte de Italia y hoy territorio de Eslovenia. Tras convertirse en un mito del deporte su país, sus éxitos comenzaron en el ámbito amateur con la medalla de oro en la división wélter de los Juegos Olímpicos de Roma 1960, donde derrotó al soviético Jurij Radonjak en la final.
Su carrera profesional arrancó en enero de 1961 y pronto encadenó 56 victorias consecutivas. En junio de 1965 se coronó campeón superwélter de la Asociación Mundial de Boxeo (AMB) y del Consejo Mundial de Boxeo (CMB) tras noquear a su compatriota Sandro Mazzinghi en el estadio San Siro de Milán. Repitió triunfo en el desquite, pero cedió las fajas al caer ante el surcoreano Ki Soo Kim en junio de 1966.
Benvenuti saltó entonces a la categoría mediano, donde se unificó campeón en dos ocasiones y protagonizó dos de las rivalidades más célebres del ring: primero contra el estadounidense Emile Griffith y luego frente al argentino Carlos Monzón, ambos convertidos también en amigos fuera del cuadrilátero.
Contra Griffith disputó tres peleas: ganó la primera y le arrebató los títulos de las 160 libras en abril de 1967 en el Madison Square Garden –considerada la pelea del año–, pero perdió los cinturones cinco meses después en el Shea Stadium de Nueva York y recuperó las coronas en marzo de 1968 de nuevo en el Garden.
Su segundo reinado concluyó el 7 de noviembre de 1970 cuando Monzón lo noqueó con un fulminante derechazo en el 12° asalto en el Palacio de los Deportes de Roma, una pelea elegida también mejor del año. La revancha, celebrada seis meses más tarde en Mónaco, terminó con Benvenuti derribado en el segundo round y en el tercer parcial antes de que su esquina detuviera la contienda, marcando así el fin de su carrera profesional.
Vale la pena recordar una anécdota que presenció el periodista Ernesto Cherquis Bialo, cuando acompañó a Monzón por el Viejo Continente:
Estábamos en el teatro “Cambra Iovanelli”, lugar del pesaje. Es una ceremonia rara: la gente se sienta en las butacas y asiste como si fuera un espectáculo. Llega una hora antes y se queda hasta ver a los protagonistas sobre la balanza. Como yo estaba con el kilaje justo, me saqué todo: cuando estuve totalmente “en bolas”, sentí un murmullo largo. Las mujeres simularon taparse los ojos y escandalizarse. Yo no sentí ninguna vergüenza; total ¿Quién me conocía en Italia? Después, cuando pasamos a un camarín común para vestirnos, Nino quiso saludarme cordialmente. Cuando lo vi venir, me di vuelta bruscamente hasta darle la espalda. Él continuó su camino hacia mí. Solo quería saludarme, tal como se acostumbra. Pero cuando lo sentí pegado a mí, vi que quería acariciarme el culo con palmaditas.
Giré la cintura, le clavé los ojos y bajó la mano. En ese acto, Benvenuti tomó conciencia de que el hombre con el que iba a pelear no era un adversario, sino un enemigo salvaje y despiadado. Exactamente eso pensaba yo: despedazarlo hasta que no pudiera seguir peleando más. En él veía el símbolo de mi futuro, de mi vida, de la vida de los míos… Tenía que ganarle para vivir, para iniciar el camino que regresara a una felicidad de pibe que había perdido sin darme cuenta. En los días previos me metí en la cabeza que Benvenuti era un “hijo de puta”, que no merecía vivir, al que había que matarlo en el ring. Si él ganaba, yo moría y era mi última chance. Nunca quise contactos con mis rivales, aunque no llegué a odiarlos, a Benvenuti, sí. Nunca pude explicarme, porque no tengo nada contra él como persona, que incluso le agradezco la chance que me dio, pero aquella pelea de Roma definía mi vida y eso era más importante que la caballerosidad que él tanto me reclamó desde entonces hasta ahora. Cuando estuvimos en el ring, separados por el referí alemán Rudolph Drust, en medio de las instrucciones, Nino buscó sacarme una sonrisa. Yo dije para mis adentros apretando el protector bucal: “Te mato, gringo, te mato…”.
Al conocerse la noticia de su fallecimiento, la primera ministra italiana Giorgia Meloni recordó a Benvenuti como “un campeón extraordinario y símbolo de una Italia orgullosa, valiente, capaz de resurgir”. La funcionaria destacó asimismo su compromiso con la memoria histórica de la tragedia de las foibe y el éxodo juliano-dálmata, del que fue testigo en su infancia tras el desplazamiento de unas 300.000 personas entre 1945 y 1956.
Hijo de un boxeador aficionado, Benvenuti combinó talento y carisma dentro y fuera del ring, convirtiéndose en un embajador del deporte italiano y dejando un legado imborrable en la historia del boxeo.
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