
Messi tomó distancia del primer tiempo. Desde el comienzo del segundo, se tiró atrás. Para muchos, muy atrás. Pero desde allí, visualizó otro enfrentamiento. Dejaba a sus espaldas una etapa confusa: la inicial. El período en el que los mexicanos obstruyeron todos los caminos. Especialmente el que podía iniciarse desde los pies del capitán argentino.
El equipo de Gerardo Martino muy cauteloso y riguroso, con sus marcas personales y seguimientos, no iría más allá del mediocampo. La Argentina hasta allí era impotente. Buscó por el circuito histórico que armaron entre Messi, De Paul y Montiel por la derecha. Pero Martino estiró la cancha, sacrificó a Gallardo y cerraba un sendero seguro muchas veces en otros partidos.
Scaloni reconoció su error en el primer partido y realizó cinco cambios. Afuera los que no estaban bien, principalmente Paredes, su eje durante la racha inicial. Se la jugó por Rodríguez, el ex jugador de River y éste fue más un defensor que pasaba pelotas tibias que un medio con empuje y distribuidor de juego.
Los mexicanos miraban el partido de reojo, especulando y estableciendo carceleros sobre Messi (Guardado y después Rodríguez). El primer tiempo pasó sin pena y, por supuesto, sin gloria.
Messi entendió en el vestuario cómo debía jugarse el partido. Y bajó a pedirla a mitad de la cancha, cerca de los laterales. México no lo persiguió. Scaloni se reivindicó y realizó el primer cambio inteligente: Enzo Fernández por un paralizado Guido Rodríguez. Después, movió sorprendido y cambió torres por alfiles. Julián Álvarez y Molina, por Montiel y Lautaro. Ya eran varios equipos argentinos en la cancha. El de los recuerdos con Arabia, el del comienzo con México y el de las urgencias cuando el partido se escapaba. Pero Messi, el mejor, miró desde lejos el horizonte, su guardián ya no estaba y sacó un zurdazo desde las entrañas que se clavó en el corazón de los argentinos. Un remate rasante, ejecutado con furia, precisión y destreza.
Scaloni, que recuperó el aire, se animó a más: Mac Allister y Di María, afuera. Mucho lo ayudaron sus colaboradores, Samuel y Aimar, que le pasaron datos a cada rato. El gol de Messi derrumbó el esquema rígido de Martino, lo obligó a salir. Con lucha, astucia y valentía, Enzo Fernández se animó a más y hasta convirtió un notable segundo gol. Fueron muchos encuentros en un juego de ajedrez que terminó siendo un partido de fútbol americano, todos corrieron en ese final, pero los argentinos para atrás. El cotejo lo ganó el gran maestro de los trebejos, el líder salvador que buscan siempre los argentinos, levantó la cabeza y apuntó. No sólo hizo estallar a la Argentina, ese gesto salvó otras cabezas que hace varios días vienen escapándole al verdugo.
Se necesitó coraje, no en el planteo, sino en la entrega. Allí siempre se destacan Otamendi y De Paul. El triunfo significó el fin de un martirio de cuatro días y seguro la reflexión a la que apelarán los que conducen para escaparle a la euforia de millones de gritos. Scaloni reconoció al final que el partido cambió porque Argentina tiene Messi. Es así. Fue la llave. Fernández y Mac Allister pueden ser las alternativas de una generación de juego que le permitan a su capitán descansar. Hay huellas físicas en su juego. A pesar de ello, el gol de Messi se pareció al de Maradona a los ingleses. ¿No? Tiene razón. Pero recuerde su desahogo y su grito. No fue un remate justo y preciso el del capitán. Sorteó mil obstáculos. Muchos dentro del campo y otros, quizás, los principales, muy dentro del equipo.
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