Un día cualquiera a las tres de la tarde en la céntrica avenida Mitre de Avellaneda pasan cosas. Gente que sale de compras, otros que hacen trámites, chicos que ingresan al colegio y padres que pasan a retirarlos. Pero esta tarde, a esa hora, todo se trastocó: a metros de la sede de Independiente en Mitre 470 se desarrolló una cruenta batalla entre las dos facciones de la barra que intentan quedarse con la tribuna del Libertadores de América, y con ello con el suculento negocio de la cancha, ahora que vuelve el público a los estadios. Y durante varios minutos se vivió una situación de terror que comenzó con piedrazos, siguió con golpes de puño y terminó con disparos de armas de fuego que milagrosamente no dejaron ningún herido de gravedad. Una escena de far west protagonizada por barrabravas en pleno centro de Avellaneda. Todo muy normal en esta Argentina modelo 2021.
La guerra viene de larga data. De un lado estuvieron enfrentados desde 2013 el grupo de Pablo Bebote Álvarez con el de su ex aliado César Loquillo Rodríguez. La pulseada la ganó Bebote, quien condujo la barra a piacere hasta que cayó preso en octubre de 2017. Un mes después, como fichas de dominó, empezaron a caer sus más cercanos colaboradores y la barra quedó atomizada. La dirigencia encabezada por Hugo Moyano, hasta entonces asociada a la barra según la causa judicial por asociación ilícita que aún está en proceso en la Cámara de Apelaciones de Avellaneda, decidió cortar relaciones. Y durante un tiempo, la tribuna del Rojo se pareció algo similar a una fiesta de hinchas comunes. Pero de a poco, ambos bandos se fueron fortaleciendo nuevamente. Y a río revuelto, el que vio luz y quiso subir fue otra vez Loquillo Rodríguez, que rearmó su facción, Somos Nosotros, con gente del barrio 4 de Junio de Avellaneda, de Dock Sud en una alianza con otro histórico de la barra, Matías Olivera, alias Sting, y gente de Lanús y Berazategui.
Del otro lado los que tomaron la posta fueron Juan Ignacio L., alias Juani de Gerli, y Roberto I., alias Rober, que juntaron a todos los que habían quedado dispersos y en Villa Domínico se presentaron como la nueva barra de Los Diablos Rojos. Y recuperaron los carnets que tenía la facción oficial, cerca de 700. Al mismo tiempo para dar la pelea, Sting llevaba a 400 violentos a asociarse a la sede de Mitre. La batalla final se estaba cocinando.
Pero aunque parezca mentira, llegó la pandemia y lo que estaba establecido como el enfrentamiento a todo o nada, se pospuso. Mientras, Bebote quedaba libre y montaba un bar temático de tres pisos y un museo de la barra pegado al estadio que agota las mesas para ver los partidos del Rojo a pantalla gigante. Todo muy normal.
Esa pausa comenzó a deshilacharse cuando se supo que volvería el público a los estadios. El negocio es gigantesco, claro: con un 50% de aforo, los carnets para ingresar van a valer oro. El tema es que antes de que estalle la causa por asociación ilícita, la barra no iba a la sede a buscar los carnets. Lo hacía en una oficina frente a Plaza de Mayo, en el edificio de la Franco Argentina. Obvio, como quedó probado en la causa, nadie pagaba la cuota, pero aparecían como si lo hubieran hecho, defraudando a las arcas del club. Pero con la Justicia mostrando los dientes, la dirigencia supo que ya no había margen para ese juego. Entonces ambas facciones tenían que ir a reempadronarse como cualquier socio para poder validar los plásticos antes del regreso del público, que en el caso de Independiente se producirá el 11 de octubre ante Gimnasia. A nadie se le ocurrió, parece, que todos irían el mismo día.
Sin operativo de seguridad, sólo faltaba una chispa para encender el polvorín. Que se dio el domingo cuando la facción oficial no pudo colgar las banderas en el estadio contra Godoy Cruz y la gente de César Rodríguez, con Loquillo a la cabeza, grabó un video mofándose de esa situación y anunciando que a partir de ese día, tomaban el control del estadio. De hecho en la semana previa a la derrota con el Tomba hubo una amenaza a un importante empleado haciéndolo cargo de lo que podría ocurrir si la facción de Juani y Rober colgaba los trapos. Esa amenaza venía directo de la gente de Somos Nosotros.

Con esa situación, se insiste, a nadie se le ocurrió prever un operativo de seguridad para cuando se diera el reempadronamiento. Cerca de las dos de la tarde llegaron hasta la sede los integrantes de Somos Nosotros. Veinte minutos después, los de Juani y Rober. Y empezó la batalla a piedras, puños y balazos. Cuando llegó la Policía logró detener a 19 barras. Doce en la zona del hecho y siete más en Capital Federal cuando cruzaban el Puente Viejo. Se secuestraron cuatro autos, entre ellos un Mercedes Benz a nombre de Loquillo Rodríguez (aunque él no estaba en el vehículo), y un BMW, un arma nueve milímetros con siete cartuchos. Y de los detenidos la mayoría son del grupo de la facción oficial de Juani y Rober. Interviene en el hecho la UFI 3 de Avellaneda a cargo de la doctora Alejandra Olmos Coronel. Los delitos son de abuso de armas, daños y riña. En el fondo subyace la misma pregunta de siempre: un año y medio de pandemia y los barras siguen ahí, dominando, como si nada hubiera pasado.
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