
La mayoría de los vocalistas de jazz sueñan con alcanzar el éxito rápidamente: ganar un concurso importante, deslumbrar a los críticos con su primera grabación a los 21 años, conseguir un Grammy al Mejor Artista Revelación, acumular un montón de premios en pocos años, actuar en salas prestigiosas y salir de gira por el mundo. Todo eso antes de cumplir los treinta. Samara Joy, la estrella emergente de la escena global del jazz, hizo realidad ese sueño con su prodigioso registro vocal y un carisma particular.
En la noche del martes, en un colmado Teatro Coliseo -cosas de Buenos Aires y su activa vida cultural que no sabe de crisis-, el público porteño lo pudo comprobar. Y en todo su esplendor. A veces, parece que estuviera compitiendo por el oro en una prueba olímpica de gimnasia vocal, hasta mantener las notas finales durante un tiempo notablemente largo. Pero incluso cuando roza el exceso, sigue siendo sorprendente. Su voz es un instrumento formidable, rico en color, manejado con la destreza de una elegida.

Joy es encantadora y así lo demostró, pero lo que realmente cautiva es una voz que, aparentemente sin esfuerzo, puede hacer -literalmente- cualquier cosa. Alarga las sílabas en notas perfectas que simultáneamente envuelven al público. Esa fue la sensación durante casi una hora y media de un intenso show, entre clásicos del género (Duke Ellington, Thelonious Monk), el animado ritmo de bossa nova de “No More Blues” (Jobim-Vinicius de Moraes) y canciones que forman parte los tres discos que hasta ahora publicó esta joven cantante (25 años), nativa del Bronx neoyorquino y parte de una familia de músicos.
Llegado a este punto, hay que mencionar que no fue un espectáculo en solitario. Para plasmar semejante performance, Samara Joy se apoya en una extraordinaria banda de siete músicos. Todos solventes, discretos cuando hay que serlo y protagonistas de sutiles solos cuando llega el momento. Donovan Austin en trombón, Jason Charos en trompeta y la fliscornia, Dave Mason en saxo alto y flauta, Kendric McCallister en saxo tenor, Evan Sherman en batería y Conor Rohrer en el piano fueron todo eso. Al verlos ingresar al escenario, ya se podía intuir que se trataba de muy buenos músicos. Así lo demostraron luego, en los hechos.

En vivo, Samara Joy potencia el efecto de la música con una libertad interpretativa que ajusta el tempo y el tono, estira y dobla las frases, introduce scat, sustituye melodías. Y así mantiene el sonido en constante transformación e invención. Su propuesta la sitúa dentro de la tradición de vocalistas de jazz que se distinguen al elevar la línea melódica más allá de la literalidad de las letras. Y aunque incluya temas cargados de melancolía, el enfoque recae en las melodías. Su interpretación abarca tonalidades sombrías pero nunca pierde el brillo emocional: genera un equilibrio perfecto entre luces y sombras.
Así fue la primera vez de Samara Joy en Buenos Aires. Intensa e inolvidable performance que, seguramente, no será la última.
[Fotos: Laura Tenenbaum/gentileza Bebop]
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