
El 24 de junio de 1935, en el Aeródromo Olaya Herrera de Medellín, Colombia, ocurrió uno de los accidentes aéreos más trágicos de la historia cultural del continente: el choque entre dos aviones que provocó la muerte de Carlos Gardel.

Carlos Gardel
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El ícono del tango viajaba rumbo a Cali en el marco de una gira latinoamericana cuando la aeronave que lo transportaba colisionó en tierra con otro avión que esperaba en la pista. La explosión posterior dejó un saldo de 17 muertos, entre ellos el guitarrista Guillermo Barbieri, el letrista Alfredo Le Pera y otros miembros de su equipo.
La noticia paralizó a millones y dejó una herida abierta en la historia del tango. Durante décadas, los detalles del siniestro estuvieron rodeados de mitos, silencios oficiales y versiones contradictorias.

La historia enterrada, dos aviones, una colisión fatal
Mucho se dijo sobre el accidente en el que murió Carlos Gardel, pero poco —o casi nada— se contó sobre por qué los expedientes oficiales fueron ocultados durante décadas.
Una serie de documentos recuperados y estudios posteriores permite hoy revisar bajo una nueva luz las causas del accidente ocurrido el 24 de junio de 1935 en Medellín, donde murió Carlos Gardel. Más allá de la conmoción y el impacto cultural, emergen evidencias que apuntan a una cadena de errores técnicos, negligencias operativas y silencios institucionales que durante décadas evitaron una reconstrucción precisa de los hechos.
El abogado colombiano Alfonso Uribe Misas fue uno de los primeros en indagar en profundidad sobre el caso. Su trabajo, reunido en el libro La Verdad, cuestionó la narrativa oficial y aportó elementos clave para comprender que el siniestro no fue simplemente una fatalidad.
La versión difundida entonces —una colisión accidental entre dos aeronaves en la pista del Aeródromo Olaya Herrera— fue aceptada rápidamente, sin que se realizara una investigación exhaustiva ni se garantizara el acceso público al expediente civil, que permaneció oculto más de 70 años, hasta que en 2014 fue hallado por casualidad en un altillo de la Universidad de Medellín. La falta de transparencia alimentó versiones contradictorias y especulaciones que persistieron por décadas. Pero los documentos sugieren que la historia fue mucho más compleja.

Aquella mañana del 24 de junio de 1935, estaban programados dos vuelos hacia Cali: uno operado por SACO, compañía colombiana, y otro por SCADTA, empresa colombo-alemana. En el avión de SACO, un Ford Trimotor F-31, viajaban Carlos Gardel, su equipo artístico y el piloto Ernesto Samper Mendoza. La aeronave de SCADTA, matrícula Manizales, acababa de aterrizar y aguardaba su salida, con el piloto alemán Hans Ulrich Thom al mando.
La pista era precaria, de ripio, sin torre de control ni señalización. El F-31 despegó con viento de cola —una maniobra desaconsejada—, sobrecargado con baúles y equipaje técnico. Cuando Samper aceleró, el avión se desvió hacia la izquierda, fuera del eje de pista, e impactó al Manizales, que esperaba alineado para despegar.
El choque fue brutal: las dos aeronaves estallaron. Murieron Gardel, los guitarristas Guillermo Barbieri y Ángel Domingo Riverol; el secretario personal de Carlitos, José Corpas Moreno; el piloto Ernesto Samper Mendoza y tripulantes de ambas compañías. Solo tres personas sobrevivieron con heridas graves (José María Zuloaga, copiloto del avión de SACO, que sufrió heridas graves; Luis Urdaneta, mecánico de SACO, que resultó gravemente herido y Eduardo Bianco, violinista y músico, sobrevivió con quemaduras).

El mito y la falta de respuestas
Carlos Gardel tenía 44 años, fue el primer argentino famoso en todo el mundo, y estaba en el punto más alto de su carrera. Tras su consagración en Nueva York y el éxito de sus películas El día que me quieras y Tango Bar, desarrollaba una ambiciosa gira por América Latina. Medellín era solo una escala más.
La noticia del accidente conmocionó al continente. Sin embargo, no hubo una investigación penal ni se esclarecieron oficialmente las causas. El expediente técnico se mantuvo fuera del alcance público, alimentando especulaciones durante décadas sobre las causas reales: hubo negligencia y omisiones
Tanto así que el análisis posterior señaló al piloto Samper como principal responsable. El avión despegó con el timón de profundidad mal regulado —en posición de “nariz abajo”— y con viento desfavorable. A esto se sumó la decisión de SCADTA de mantener su aeronave en la cabecera de pista, en lugar de retirarla a una zona segura.

La investigación interna reveló detalles alarmantes: Samper había estado bebiendo esa mañana, no contaba con licencia habilitante para pilotear ese tipo de aeronave y fue acompañado por un copiloto de apenas 19 años, sin experiencia ni conocimiento del modelo. Además, la carga estaba mal distribuida y superaba el límite admitido.
La falta de pericia y el contexto técnico deficiente fueron determinantes. El copiloto, inexperto, no ajustó el estabilizador trasero, impidiendo el control direccional del avión al despegar.
En 1936, la empresa SCADTA encomendó a Uribe Misas la publicación de un libro con los resultados del sumario judicial. El texto fue censurado por el gobierno colombiano y se argumentó que su contenido podía afectar intereses diplomáticos y comerciales, ya que Pan American Airways —empresa estadounidense— tenía participación en ambas compañías involucradas.
La investigación quedó archivada. Solo décadas después, con la aparición del expediente original y documentos filtrados, fue posible reconstruir los hechos.

Un legado interrumpido
A 90 años del accidente, la figura de “Carlitos” sigue vigente. Pero también lo está la necesidad de restituir la verdad. Su legado merece ser recordado no solo en la emoción popular, sino también desde la evidencia histórica.
Con su muerte no solo se perdió un cantor, sino el máximo exponente del tango. Un artista innovador, compositor, actor y empresario visionario que se encontraba en el punto más alto de su carrera internacional, con contratos firmados en Estados Unidos para muchas más películas en proceso y giras planeadas por América Latina.
Su trágica muerte no solo conmovió a millones: también interrumpió un momento de expansión cultural y económica sin precedentes para la música rioplatense. Pese a las cinco décadas que nos separan de ese trágico día, su voz, su música y su figura siguen formando parte del ADN cultural de millones. Ese vuelo tiene detrás una verdad y no debió haber terminado como terminó.
*El autor de esta nota es presidente de la Fundación Internacional Carlos Gardel.
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