
Un total de 180 obras, 25 de ellas inéditas en España, recorren la trayectoria de cincuenta años de trabajo del pintor ruso Marc Chagall en una exposición en el Palau Martorell de Barcelona, en la que se destaca el universo personal del artista y el colorido de su paleta.
La comisaria de la exposición, Lola Durán, ha destacado este lunes en la presentación de la muestra que Chagall “crea con sus escritos, con sus pinturas un mundo lírico, un mundo poético, en el que los trineos surcan los cielos, los violines resuenan por encima de los tejados y también los enamorados se acarician debajo de ramos de flores”.
En ese mundo fantástico, añade Durán, “la frontera entre lo real y lo ficticio es difusa” y desde el punto de vista de la iconografía, en el recorrido expositivo surgen “personajes muy reconocibles y recurrentes, como el gallo, el asno, el reloj, el payaso, el arlequín, los cuales junto a su peculiar uso del color, hacen que hayan creado un universo tan personal”.

La exposición se inicia con un cuadro de 1924 de su pueblo natal, Vitebsk, entonces del Imperio Ruso, donde el artista nació en 1887, y que dejó una gran huella en el pintor. Junto al libro se puede contemplar una primera edición en francés de 1931 de su autobiografía Mi vida, en la que da cuenta de sus primeros días de escuela, sus primeros amores, las relaciones con su familia, el trabajo de su padre, las asistencias a la sinagoga o cómo disfrutaba en aquellos veranos que iba con sus abuelos.
Según la comisaria, esa obra es como “un diccionario iconográfico”, en el que muchas de las anécdotas que cuenta se corresponden luego con escenas de sus obras. En un segundo y tercer apartado se puede ver su obra de temática sagrada, en la que subyace “una reflexión sobre su identidad judía” y que refleja el impacto que tuvo en él la visita en 1931 a Egipto, Siria y Palestina a los lugares que fueron escenario de la historia del pueblo elegido: Haifa, Tel Aviv y Jerusalén.

Su serie sobre el Éxodo, representada en la muestra por 24 escenas, interpreta la gesta del pueblo judío guiado por Moisés, pero, como dice la comisaria, “es también una alegoría del propio éxodo que vivió Chagall, primero huyendo a París por la amenaza de la Revolución Rusa, y luego a Estados Unidos huyendo como judío de los nazis, que consideraban sus obras como arte degenerado”.
Aludiendo al subtítulo de la exposición, “El color de los sueños”, una de las secciones está consagrada a explorar “un mundo de rico simbolismo, de colores brillantes, saturados, tonos luminosos e intensos”. Como se puede ver en la exposición, el colorido ambiente del circo cautivó a Chagall desde su infancia. Los payasos y acróbatas traen a su memoria los días de feria en Vitebsk, cuando entre música y malabarismos soñaba con una vida bohemia, y de este período una de las obras inéditas que se puede ver en esta muestra es El gallo violeta (1966-1972).
El color también está presente en la sección dedicada a París, la ciudad que tantas veces le dio la bienvenida y lo acogió, que se convirtió en una de sus principales fuentes de inspiración. En 1954, Chagall realizó una serie de litografías para la revista “Derrière le miroir”, “una auténtica declaración de amor a París” a través de coloridas imágenes en las que representó sus elementos arquitectónicos más icónicos, como la Torre Eiffel, el Panteón o Notre Dame, entre los que flotan sus personajes fantásticos, como recoge la muestra.

Seguidamente, se exhiben el centenar de litografías de su serie de “Fábulas”, fruto del encargo que en 1927 el marchante de arte y editor Ambroise Vollard encargó a Chagall para ilustrar las Fábulas de La Fontaine, una de las obras maestras de la literatura francesa. Durán indica que, pese a los 200 años de distancia entre el texto de La Fontaine y los dibujos de Chagall, se estableció “una relación íntima entre los dos, a ambos les gustaban los animales y eso conectaba con el Chagall de sus orígenes”.
El pintor ilustró aquellas narraciones moralizantes en la estela de la tradición rusa, llevándolas a los iconos y a los ‘lubki’, estampas coloridas pertenecientes a la cultura popular rusa que aparecían acompañadas de un texto sencillo y que se utilizaban tradicionalmente para instruir a las personas con escasa formación.
Finaliza la exposición con una serie de cuadros en los que aparecen parejas de enamorados bajo ramos de flores que Chagall asociaba al amor, entre ellos La jarra de flores de primavera (1935), Les amoreaux à l’ane bleu (1955) o Le rêve (1980), una de sus últimas obras.
Fuente: EFE
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