
I
¿La pintura puede llegar a ser poesía? Para Guillaume Apollinaire sí. Cuando vio por primera vez una obra de la dupla artística Robert y Sonia Delaunay, en 1913, dijo: “Sí, eso es arte abstracto”. Luego profundizó en su definición: “Son nuevas estructuras a partir de elementos que no han sido tomados prestados de la esfera visual, sino que han sido creados totalmente por el artista... es arte puro”.
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Con las vanguardias de principios del siglo XX, la idea de arte abstracto tomó forma y se cristalizó en el trabajo de una gran cantidad de artistas que hacían de su estética una política. Basta con mencionar el rayonismo de Mijaíl Lariónov y Natalia Goncharova, el dripping de Jackson Pollock o la abstracción lírica de Vasili Kandinski. Pero, ¿qué pasó antes? ¿Hubo arte abstracto en el siglo XIX?
Hay una obra que suele situarse como la primera, como la inauguración. Se trata de Nocturno en negro y oro: el cohete cayendo de James McNeill Whistler, un cuadro de 1874 que hoy está en el Detroit Institute of Arts Museum de Estados Unidos. Es una obra preciosa por la conjunción de colores y formas pero también disruptiva porque hasta ese momento no había nada parecido.
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II
“Estos fuegos artificiales en el cielo nocturno de Londres son casi abstractos (adelantándose unas décadas al movimiento). Whistler apenas define nada; sólo con unas manchas nos trasmite la esencia de una de esas noches de juerga en los Cremorne Gardens de Chelsea”, escribe el crítico de arte Fulwood Lampkin sobre esta obra que “consigue el milagro de transportarnos a los jardines de finales del siglo XIX”.
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Whistler no era el único artista que estaba experimentando sobre el terreno de la abstracción. A su manera, los cielos luminosos de Joseph Mallord William Turner y los trazos abruptos de John Constable tienen esa búsqueda que trasciende la reproducción realista y formal del mundo, y avanzan sobre las sensaciones que genera. Whistler se adelanta, no sólo al arte abstracto, también al impresionismo.
Aquella noche, cuando estaba en los jardines londinenses donde se bebía, se comía y se bailaba mucho, no pudo evitar abrir bien grandes los ojos para admirar la exhibición nocturna de fuegos artificiales sobre las tranquilas aguas del río Támesis. Volvió a su casa y se durmió con esos colores tan radicales en su cabeza. Al día siguiente, se levantó y comenzó a pintar de forma impulsiva.
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III
¿Cómo recibió la sociedad inglesa está obra tan extraña para la época? Algunos se maravillaron, pero muchos la despreciaron. Como el prestigioso crítico John Ruskin que, luego de ver el cuadro en una exposición, lo acusó de ”pedir doscientas guineas por lanzar un tarro de pintura a la cara del público”. Whistler podría haber dejado pasar el comentario, pero no: le inició demandas legales.
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No era la primera vez que este crítico vertía palabras tan pesadas contra la obra de Whistler. Cuatro años atrás había dicho que su arte era “una absoluta basura”. Era una práctica recurrente, al menos en esos años. Con el escritor Henry James también tuvo un conflicto. Fue James el que dijo que Ruskin había “comenzado a sobrepasar sus límites como crítico de arte, volviéndose tiránico en su dicción”.
La crítica de Ruskin, que veía en la exploración de Whistler un “sinsentido”, hizo que los galeristas y mecenas sientan vergüenza por tener una obra suya, entonces perdió apoyo y se acrecentaron sus problemas financieros. Por eso, decidió ir a juicio. No se trataba solamente de un ego herido —y el ego de un artista como Whistler es realmente grande—, sino de una defensa a eso que llamó Apollinaire “arte puro”.
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IV
—Dígame, señor Whistler, ¿cúanto tiempo le llevó pintarlo? —preguntó el abogado de Ruskin durante el juicio.
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—Podría decirse que... medio día —respondió el artista.
—Y por medio día de trabajo, ¿pretende cobrar doscientas guineas?
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—¿Disculpe?
—Si no le parece demasiado cobrar tanto por medio día de trabajo.
—No es por medio día de trabajo. Es por la experiencia adquirida durante toda una vida.
V
Whistler ganó el juicio, pero no obtuvo el dinero que quería. Si bien el juez le dio la razón, el crítico tuvo que pagar un simbólico cuarto de penique, una muy mala indemnización, sobre todo teniendo en cuenta el perjuicio que le había causado con galeristas y mecenas, y el dinero que lo llevó a pagarle a sus abogados para ganar el juicio. “A la larga limpió su buen nombre”, dijo Lampkin.
Se dice que John Ruskin padecía del síndrome de CADASIL, un trastorno cerebrovascular que produce, entre otras cosas, problemas de visión y ataques de migraña. Este tipo de pinturas pueden causar una gran irritación a quienes las ven. ¿Habrá sido eso: una total aversión a las formas indefinidas de Whistler? ¿O será que no comprendió el gesto disruptivo de esta extraña y a la vez maravillosa obra?
El mundo siguió girando alrededor del sol y los artistas continuaron explorando las posibilidades de la materia con que trabajaban. James McNeill Whistler murió en 1903 sin poder ver las grandes corrientes de arte abstracto que terminaron por romper las estructuras realistas de las artes plásticas. No pude ver cómo las vanguardias del siglo XX continuaron con su legado.
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