
Durante el feriado por el aniversario de la muerte de San Martín, miles de manifestantes salieron a las calles para protestar contra el gobierno de Alberto Fernández bajo la consigna “banderazo patriótico: hagamos la patria que quería San Martín”. Las marchas significaron un desafío a las medidas de distanciamiento social durante la pandemia. Reivindicado como “héroe”, San Martín concentró el debate, radicalizado con el covid-19, sobre los sentidos de palabras como libertad, vida o patria. Acercarse a su historia puede ser útil para analizar problemas propios de una sociedad más allá del presente.
¿Es posible pensar una nación sin héroes? Las historiografías nacionalistas hispanoamericanas hicieron de los gobernantes-militares de las revoluciones héroes míticos de las naciones. La asociación del héroe con el mito fundacional de la nación fue teorizada en 1840 por el filósofo escocés Thomas Carlyle, referencia para varios de los primeros historiadores-políticos latinoamericanos. En su tiplogía, Carlyle identificaba como la última forma de héroe al rey moderno: aquél que mandaba sobre los hombres y que indicaba al pueblo qué hacer. En la Argentina, este lugar, construído por la historiografía a fines del siglo XIX, lo ocupa el general José de San Martín, cuya muerte el 17 de agosto de 1850 en Boulogne-sur-Mer se conmemoró ayer.
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Durante la mayor parte de aquel siglo, San Martín no fue considerado un héroe. Sus críticos creían que había sacrificado la frágil unidad y los territorios del Río de la Plata por su proyecto de independencia continental. Si algo mostraban las independencias era la ausencia de una patria común latinoamericana. No había unidad entre los líderes de las independencias sino divisiones: Bolívar despreció a San Martín; San Martín odiaba a Artigas; los hermanos Juan José y Luis Carrera -enfrentados a O’Higgins- fusilados en Mendoza por Monteagudo, auditor de guerra del Ejército de los Andes de San Martín. Todos murieron olvidados, lejos de las primeras patrias que habían contribuído a construir.

A pesar de intentarlo, San Martín, exiliado voluntariamente primero en Bélgica y luego en Francia, nunca pudo volver a la Argentina, que lo convertiría en héroe décadas después de su muerte -como señala Beatriz Bragoni en su excelente biografía San Martín. Una biografía política del Libertador (Edhasa, 2019), Bartolomé Mitre comenzaría su progresivo rescate del olvido al ordenar emplazar en 1862 la estatua ecuestre en su memoria en Retiro.
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Según los contextos y las historiografías, los héroes podían verse también como enemigos de la patria, descriptos como dictadores, caudillos, tiranos, déspotas, caciques. Con las historias de “héroes” y “anti-héroes”, que se extendería durante el siglo XX, se formó una mirada sobre el pasado de América Latina relacionado a fenómenos personalistas negativos: dictadura, bonapartismo, cesarismo, caudillismo, caciquisimo y, más recientemente, populismo, en contraste a un ideal de gobierno y de sociedad con frecuencia identificado con la “civilización”.
Una paradoja emerge en este registro dicotómico de la historia que atraviesa posiciones de izquierda y de derecha, y caracteriza una forma de legitimación de la política: la mitificación de un individuo o un grupo -del pasado o del presente- y la demonización de otro. El primero encarna la libertad, la independencia, la patria, la república, la nación o el pueblo. El segundo representa su opuesto: el enemigo de la patria, del pueblo, de la república, de la democracia.
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Se trata de oposiciones rudimentarias y al mismo tiempo efectivas por su capacidad de simplificación de problemas y tensiones de la historia en una trama de buenos y malos, de libertad y dominación, de república y corrupción, de héroes y anti-héroes. Sus consecuencias son trágicas porque las palabras implican acciones de las que, en última instancia, depende la vida y la muerte. La marcha de ayer en la Argentina bajo la consigna “banderazo patriótico: hagamos la patria que quería San Martín” se inscribe en estas dicotomías.
La crisis económica, la oposición al proyecto oficial de reforma judicial y la extensión de la cuarentena fueron algunos de los principales reclamos. ¿Cuál es su relación con la idea de patria de San Martín? La pregunta no puede responderse si se considera a San Martín un héroe o un libertador. La desmitificación es un paso necesario para adentrarse en el pensamiento -ambigüo, contradictorio, cambiante a lo largo de la vida- de un hombre o una mujer.
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San Martín, el hombre, se consideraba un “americano republicano por principios e inclinación”, y detestaba el gobierno popular. Su proyecto de monarquía constitucional en Perú no era muy distinto al de república de Bolívar. Para los dos, la concentración del poder y el rechazo al federalismo representaban las bases de un orden constitucional independiente. San Martín veía la participación popular y la democracia como sinónimos de desorden y anarquía. Entre sus ideas de patria, podía distinguirse una, compartida por la mayoría de los revolucionarios hispanoamericanios: una república sin democracia (había ejemplos en la propia revolución norteamericana y en la francesa a partir de la experiencia del Directorio en 1795).

En 1848, Marx y Engels publicaban en Londres el Manifiesto Comunista y en Francia estallaba una revolución cuya expansión significaría el fin de la Europa de la restauración. En ese momento, dos años antes de morir, San Martín le escribía a Juan Manuel de Rosas: “pienso NO ver el término de una revolución cuyas consecuencias no hay ningún mortal que pueda calcular sus resultados (…), la verdadera contienda que en el día existe, es puramente social, en una palabra, la del que no tiene contra el que posee; calcule usted lo que arroja de sí un tal principio, infiltrado en la masa del bajo pueblo…”.
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Terminar la revolución. Tal fue la obsesión de quienes lucharon por la independencia. La idea de patria de San Martín refiere a una pregunta con múltiples respuestas abiertas. Entre ellas no se distingue la opción de exponer la propia vida y la de los ciudadanos por sobre la salud de la patria. En la Roma antigua, primaba un sentido de patria: la vida en común. Esto explicaba la primacía de la patria como comunidad política por sobre la patria como la ciudad de nacimiento. La protesta constituye un mecanismo legítimo y necesario para expresar el descontento ciudadano en las democracias modernas. Pero en pandemia, las reuniones y manifestaciones representan un peligro para la existencia. En este contexto, marchar por la patria se vuelve un oximorón: no asegura sino que amenaza la vida en común; aquella que San Martín, junto con otros hombres y mujeres de la revolución, se imaginaron y lucharon para hacerla posible.
*Gabriel Entin es investigador del Conicet
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