
Mi abuela esperaba la prótesis de cadera en una cama del hospital Bocalandro, en Loma Hermosa. Con la familia nos turnábamos para cuidarla: una noche cada uno. La primera vez que me quedé cayó viernes, una noche helada de otoño. Se pone heavy los viernes. A la guardia caen otro tipo de heridas, es una noche como todas, pero es distinta. Puntazos, disparos, los pibes que se pasan de alcohol en los boliches de la ruta 8.
Mi abuela se durmió primero. La habitación la compartía con otras tres mujeres. Yo me acomodé como pude en la colchoneta que había llevado mi tío. Un poco mejor que la silla plástica, eso sí. Me acosté mirando el techo alto, pensando en la atmósfera de los alrededores del hospital, con la niebla que bajaba en la noche fría, agrupándose en torno a los faroles del alumbrado. Con esa imagen me dormí.
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Un ruido me despertó. Pensé en una bandeja de metal cayéndose en los pasillos vacíos, retumbando con el eco por todo el piso. Pensé en frascos y remedios desparramados, agujas, algodones. A los pocos minutos entró una de las acompañantes que volvía a la habitación. Contó lo que había pasado: robaron un camión de reparto y lo prendieron fuego acá en la esquina. Explotó, ¿escucharon?
Con esas palabras, o más bien con esa explosión, nació Paraguay. La imagen de un vehículo prendido fuego en la noche del conurbano, la neblina tomando las calles, un acompañante que sale del hospital a despejarse, a fumar un rato antes de volver al sopor de la habitación de los enfermos.
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Buscando lugares que pudieran acercarle memorias de la infancia al protagonista, encontré la serranía del Amambay y sus neblinas, una zona del noreste paraguayo, plagada de conflictos y desalojos. Ahí se crió Cáceres, y era el personaje que necesitaba mi historia. Un derrotero de injusticias y desamores lo depositó en el conurbano. Cáceres nació como un personaje de pocas palabras, parco, silencioso, esquivo. Y esa decisión arrastró a Molina dentro de la novela: la contrapartida de Cáceres, un hablador con otra historia de migraciones forzadas, viviendo en un taller mecánico abandonado a un par de cuadras del hospital, donde Cáceres cuidaba a su hermano internado.
Con los dos personajes principales definidos, con ese encuentro en la bruma, se fue armando el grupo de Estropeados: dos vagabundos, un adolescente que usa chupete, la hermana sensual de Molina, y un senegalés místico. Y con el grupo completo, apareció la comunidad organizada, la magia que Cáceres encontró afuera del hospital. La fe en una virgen sin manos, las representaciones teatrales, la música de los tambores, todo condensado en las rutinas de las noches dentro del taller.
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Finalmente, se generó el marco de la novela. Cáceres unos años después, internado con una pierna rota, acompañado de un grupo de gitanos que rodean al enfermo de al lado, recordando ese puñado de noches en las afueras del hospital. Dudando de todos sus recuerdos.
La escritura de Paraguay me llevó seis años. Hubo cambios de nombre (“Niebla de Paraguay”, “Seis noches”, “Los estropeados”), capítulos que se quedaron en el camino, y capítulos que aparecieron casi al final del proceso. En esas búsquedas, encontré el título que más me gustaba, estaba ahí a la vista, como la carta robada de Poe, simplificado en una sola palabra, que simbólicamente reunía todas las reminiscencias de la novela completa.
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