
Dentro de dos décadas, las universidades colombianas podrían estar compitiendo por un grupo mucho más pequeño de estudiantes. No por falta de interés, ni por cambios en las aspiraciones juveniles, sino por una razón más estructural, cada vez nacen menos niños en el país.
Las cifras más recientes confirman que la tendencia no es pasajera. En 2024 se registraron 453.901 nacidos vivos, el número más bajo en más de una década y un 12% menos que en 2023, cuando se contabilizaron 515.549. Los datos preliminares de 2025 del Dane apuntan a que la curva seguirá descendiendo.
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Hasta ahora, el debate se concentra en lo evidente, menos niños significan menos estudiantes en jardines, colegios y, en consecuencia, aulas vacías y cierres, especialmente en el sector privado. Sin embargo, el impacto no se quedará allí. Cada vez más expertos advierten que el verdadero remezón podría sentirse con fuerza en la educación superior.
Hernando Zuleta, Ph. D. en Economía de la Universitat Pompeu Fabra y decano de la Facultad de Economía de la Universidad de los Andes, es uno de los académicos que puso el tema sobre la mesa. En conversación con El Tiempo, calificó esta tendencia demográfica como “un punto de inflexión” para el sistema educativo y para la planeación fiscal del país, justo en un momento en el que el debate político se intensifica de cara a las elecciones presidenciales.
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Para Zuleta, no se trata de una alarma exagerada, sino de un cambio estructural que obliga a repensar cómo se concibe la educación superior en un contexto donde el bono demográfico, ese periodo en el que la población en edad de trabajar supera a la dependiente, se reduce de manera sostenida. Colombia ya no es el país joven que fue hace dos décadas.
La caída viene de atrás. En 2017 nacieron 656.704 personas; desde entonces, el descenso es constante. Hasta 2021, la reducción anual rondaba los dos puntos porcentuales. Pero a partir de 2022 el ritmo se aceleró, ese año la disminución fue del 7% y al siguiente del 10%. El resultado es el dato de 2024, el más bajo en más de diez años.
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Por ahora, el efecto directo se ve en la base de la pirámide poblacional, menos niños. Sin embargo, esos niños crecerán y, en poco más de una década, el impacto se trasladará a la franja juvenil. Las proyecciones del Dane indican que la población entre 17 y 21 años, edad típica de ingreso a la universidad, se mantendrá relativamente estable, aunque con leve tendencia a la baja, hasta 2035. En ese periodo se reduciría en cerca de 88.000 personas.
El giro más fuerte vendrá después. Cuando las generaciones nacidas en medio de esta caída demográfica alcancen la mayoría de edad, el país registrará una disminución mucho más marcada. Entre 2035 y 2045, el grupo de jóvenes entre 17 y 21 años pasaría de 3,9 millones a 3,4 millones. Es decir, cerca de 500.000 jóvenes menos en edad universitaria.
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El panorama resulta aún más retador si se mira la evolución de la cobertura. La educación superior logró avances importantes en las últimas décadas, pasó de menos del 20% en el año 2000 a 54,43% en 2017. Desde entonces, el indicador tiene altibajos y en 2024 se ubicó en 57,53%, según el Sistema Nacional de Información de la Educación Superior (Snies). Ese estancamiento se presenta incluso antes de que se sienta el golpe demográfico más fuerte en esas edades.
El sector ya vivió una advertencia reciente. Entre 2010 y 2021, en medio de la pandemia del covid-19, las universidades privadas perdieron 65.000 estudiantes. Para muchas instituciones cuya principal fuente de ingresos eran las matrículas, el impacto fue severo. A diferencia de las universidades públicas, que contaron con estrategias como la matrícula cero, varias privadas enfrentaron serias dificultades financieras.
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El analista educativo Francisco Cajiao lo resume así: “Por esos años, las universidades trataron por todos sus medios de subsistir. Pidieron varias veces salvavidas al Gobierno, crearon estrategias de becas que amortiguaron la caída, pero no la evitaron. Muchas instituciones aumentaron sus deudas, redujeron su planta laboral y pasaron por serios problemas financieros que todavía sienten”.
Con menos jóvenes en el horizonte, la discusión ya no es solo académica. Implica revisar modelos de financiación, oferta de programas y, en general, el tamaño del sistema. La demografía, silenciosa pero contundente, empieza a reescribir el futuro de las aulas universitarias.
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