
El 1 de enero de 1994 marcó a Barranquilla, la capital del Atlántico, por el dolor que invadió a la casa de la familia Mestre. La joven Nancy Mestre estaba hospitalizada, al borde de la muerte, tras haber salido en la madrugada con Jaime Saade Cormena que para esa mañana ya se encontraba desaparecido.
Nancy tenía 18 años y había terminado su bachillerato en el colegio Marymount. Ese día estaba feliz porque logró aprobar un examen de inglés, en medio de sus planes de viajar a Estados Unidos, para lo que iba a iniciar los trámites de solicitud de la visa. Esa fue la noticia de fin de año que le dio a su padre.
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A su grupo de amigas había llegado un hombre, Jaime Saade, quien aparentemente se interesó en Nancy, días antes. Su primera cita oficial se realizaría en el año nuevo, por lo que la joven le pidió permiso a su papá para poder salir con él después de la celebración familiar.

La noche de año viejo en la casa Mestre la pasaron en familia acompañando a Martín Eduardo, hermano de Nancy, quien se había sido operado de una rodilla. Los cuatro cenaron, brindaron e incluso, según recuerda Martín (padre), bailaron para celebrar la noche buena, que no duraría mucho tiempo.
Después de “los pitos” de la medianoche, sobre la 1:00 de la madrugada, llegó a la casa el pretendiente de Nancy. Su padre había visto al joven en algunas visitas, pero no habían tenido oportunidad de conocerse, ni siquiera sabía que tenía 31 años, diez más que su hija.
Sin embargo, conocía a la familia Saade Cormane y consideraba que se trataba de un hogar decente. Por eso no le vio problema en darle permiso a su hija para salir con Jaime, la única condición que le puso es que regresara a las 3:00 am. y en sin sospecha de las verdaderas pretensiones, le pidió al pretendiente de su hija que la cuidara.
“Yo bajé con Nancy Mariana hasta la puerta de la casa. Le dije a Saade: me la cuidas, la espero a las 3:00 a. m. y le di la bendición a mi hija”, contó Mestre a El Heraldo sobre esa madrugada que marcó el resto de su vida.
A Martín lo venció el sueño luego de que su hija se fuera y, como una premonición de la tragedia, se despertó de un brinco llamando a Nancy cuando el reloj marcaba las 6:00 de la mañana. La joven no había llegado, por lo que decidió salir a buscarla.

Mestre llegó a la casa donde se había dicho que era la fiesta en la carrera 49C con calle 85. Allí se encontró a la madre de Saade trapeando rastros de sangre del piso y al preguntar qué había sucedido, la mujer le dijo que Nancy había sufrido un accidente.
“El papá de Saade me ha dicho: Martín, tu hija se intentó suicidar y está siendo intervenida quirúrgicamente”, contó. Mestre se sintió solo y desesperado. Fue a buscar a unos familiares para que lo acompañaran a recoger a su esposa, contarle lo ocurrido y correr hasta el hospital para visitar a Nancy.
Al llegar al centro médico se empezó a desarmar la mentira de un accidente. La joven había llegado envuelta en una sábana llena de tierra, un detalle que llamó la atención de los familiares y que trataba de esconder el maltrato al que había sido sometida en el año nuevo.
Nancy había recibido un disparo en la cabeza, había sido montada en el platón de una camioneta y abandonada en una zona boscosa envuelta en una sábana. Todo lo habría hecho Saade, en compañía de otros sujetos e incluso con asesoría de sus amigos.
“Como que (Saade) consultó con alguien, entiendo que fue un abogado, y le dijeron que si estaba loco, que cómo la sacaba de la casa y la iban a encontrar en un monte”, detalló Martín a El Heraldo.

Para ese momento, el hombre que había fingido pretender a la joven Mestre, ya había desaparecido de Barranquilla y no sería hallado sino hasta más de 26 años después en Brasil. Ha sido el único responsable del crimen identificado, y condenado, pero desde el principio se supo que no actuó solo.
Nancy fue violada. En los análisis forenses del día siguiente se identificó que tenía hematomas en la entrada de la vagina, rastros de semen y golpes en el cuerpo. En los análisis de fluidos se encontraron al menos dos grupos de sangre ajenos a a la joven.
La víctima duró nueve días con signos vitales, pero sin recuperación. Ante el sufrimiento, el últimos sus padres le tomaron la mano mientras veían en los monitores el lento palpitar del corazón, según contó Martín a El Tiempo. “Solo pensábamos: ¡Dios mío, recíbela!”.
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