
Al comienzo de la década del 90 Silvina M. tenía 22 años y Mariano J.L 24. Se conocieron en una fiesta en el club al que iban sus familias. Antes de esa celebración ni se habían tenido en cuenta pero a partir de esa noche comenzó el coqueteo.
Vivían en San Fernando, bastante cerca uno del otro. A los meses de salir, se pusieron de novios y sus familias felices porque compartían amigos en común.
El destino que los proyectaba juntos parecía discurrir por un camino tan tranquilo como obvio porque tres años después pusieron fecha de casamiento.
El club de la pelea
Silvina con su madre y una hermana mayor empezaron a ocuparse de los preparativos con mucha antelación. En estos trámites incluyeron a la suegra Lily, la madre de Mariano. Una tía de Silvina era íntima amiga de Lily así que todo quedaba como en familia.

Mariano tenía tres hermanos varones y Silvina uno. Más o menos de las mismas edades y que jugaban rugby en el mismo club. Después de una violenta pelea durante un tercer tiempo fue que las cosas entre los varones de ambas familias empezaron a carretear por una colectora diferente al de las mujeres. Mientras las mujeres pensaban centros de mesa y degustaban caterings, los hombres no se podían ni ver.
Cuando faltaban unos seis meses y ya tenían el lugar para la boda señado, el catering contratado y el traje de novia en marcha, la bomba que se había incubado a la sombra estalló por los aires.

“Los hermanos mayores de Mariano se trenzaron otra vez con mi hermano y con mis primos, los hijos de mi tía, la que es amiga de mi suegra. Pero esta vez terminaron a las trompadas. No sé si estaban borrachos o se fueron a las manos después de un empujón desafortunado lo cierto es que tres varones, mi hermano incluido, terminaron en la guardia con puntos, observación, una nariz quebrada y uno con una leve conmoción cerebral. La pelea familiar escaló al punto que no pudimos manejarla más. Ya no podíamos hacernos los distraídos con Mariano. Él defendía a sus hermanos, yo al mío, mi tía se peleó con la que iba a ser mi suegra y los padres de las dos familias no se metieron mucho para no empeorar las cosas. Pero de un día para otro mi casamiento se vino abajo. Las relaciones se rompieron y empezamos a discutir demasiado por cualquier cosa. De pronto yo sentí que estaba embarcada en algo que no quería continuar, que me estresaba, una historia con características que no deseaba para mi vida. Con tanto lío fue como que se me fue acabando el amor. Un día dije basta. Corté sin lágrimas, hasta el moño de los problemas. Deshicimos todo, recuperamos algo pero perdimos bastante dinero. Igual eso no fue lo importante. No era algo que nos cambiara la vida por suerte porque económicamente todos estábamos bastante bien. Mariano se desesperó. Lloró y todo. Pero yo me bloqueé, no quería saber nada más de nada. De hecho nunca más volví ni al club. Corté. Punto final. Yo soy un poco así de dura o terminante cuando algo no me gusta. En esos meses me recibí y empecé una residencia en cirugía. Me focalicé en mi vida, en mi profesión”, confiesa hoy con risas.
Fue un adiós Mariano para siempre y sin una lágrima.

La vida sigue por otros caminos
Silvina cuenta que cuatro años después, a los 30 años, se casó con Jaime, médico como ella. Se quedó viviendo en el mismo barrio y la pareja prosperó con rapidez. Pero le costaba quedar embarazada. En el 2007, pisando los 39 años, con una fertilización in vitro logró concebir. Nacieron mellizas.
“La relación con Jaime era muy buena, pero tuvo un traspié laboral que lo llevó a perder un trabajo importante y eso lo deprimió demasiado. Con el tiempo su carácter se volvió hosco, ya no era la persona con la que yo me había casado y de quien me había enamorado. Estaba desconocido, muy bajón. En 2015, en buenos términos, decidimos separarnos. Hoy las chicas ya tienen 18 años y todos nos llevamos excelente. El rehizo su vida con una mujer más joven y es feliz otra vez y yo acá estoy…”, resume risueña.

Por su lado, Mariano se casó un año antes que ella, en 1998, con una chica vecina de su casa. Había quedado sumamente dolido con el abandono de Silvina. Le costó superarlo. Su matrimonio fue más un escape al dolor que un gran amor. Tuvo dos hijos que nacieron en el 2000 y el 2003. En el 2010 se divorció. La terapia lo había ayudado a ver que estaba con alguien por no estar solo, que no era lo que verdaderamente deseaba. Le costó dejar la casa familiar y romper con la cotidianidad con sus hijos, pero le pareció que era lo más sincero que podía hacer. En terapia había repasado una y otra vez aquella relación con Silvina, su impotencia para resolver los conflictos familiares y su sumisión ante el destino que se mostraba implacable.
Se mudó a vivir solo. Tenía a sus hijos dos veces por semana. Se convirtió en un separado más del universo, pero sin ansias de vivir ninguna vida loca.
“Mariano es tranquilo y reflexivo”, cuenta Silvina por él, “Me cuenta que él siempre andaba pensando qué habría sido de mi vida, si nos reconoceríamos si nos cruzábamos por la calle o cualquier lado. Pero nunca le preguntó a nadie por mí de manera concreta, creo que le daba vergüenza. De hecho, los que sabían algo de mi vida no le contaban nada porque entendían que él había quedado mal y que no era un tema para sacar, ni querían andar revolviendo el dolor”. Circulaban en cercanía incluso en las vacaciones en la costa, pero no se chocaron por muchos años.

Todos los amigos que podrían saber algo hacían silencio. Pero el destino haría un amague y un gol.
Segundo round: piñas no besos sí
Fue a comienzos del 2025 que un domingo en una panadería del barrio se vieron. Estaban los dos esperando el turno para ser atendidos. Quedaron descolocados. No se lo esperaban. Lo primero que pensó Silvina es que justo esa mañana no se había pintado ni puesto perfume. Se odió por eso. Mariano la miró con sus ojos azules enormes.
-¿Silvina?
-¿Mariano?
Obviamente estaban iguales, o parecidos o al menos reconocibles. Había pasado el tiempo, tres décadas, pero ahí estaban por comprar un kilo de pan. Habían ido a comprar lo mismo, al mismo lugar y tenían números consecutivos. Si eso no es destino no sabría cómo llamarlo.
A Mariano se le iluminó la cara. A Silvina el alma y lo disimuló. Se contaron en pocos segundos que estaban ambos separados y con hijos. Los números en sus manos, el 38 y el 39, temblaban.

Lo llamaron primero a Mariano. Compró y pagó. Esperó a que Silvina terminara su propia compra y se despidieron quedando antes en tomar algo un día de esos. Habían intercambiado, con nervios adolescentes sus respectivos celulares.
“Él no te lo va a decir porque es tímido, pero desde ese mismo momento sentimos una electricidad impresionante. ¡No podíamos esperar para concretar un encuentro! Igual fingimos y esperamos unos días antes de mandarnos los primeros mensajitos. Creo que dos. Enseguida pasamos a los mensajes de voz. Una tarde, como diez días después, pusimos un encuentro post trabajo para ir a tomar algo. La charla duró hasta las doce de la noche. La siguiente vez que nos vimos ya fue en su casa donde revivimos nuestra historia de juventud. Fue el encuentro corporal más lindo de toda mi vida. Supongo que el de Mariano también”, asegura con firmeza.

A partir de marzo de 2025 no se separaron más. Cada uno vive en su casa a exactas 14 cuadras y media del otro. Se dedican más a disfrutar que a planear un futuro. “No quiero embarcarme en planes, explica Silvina, ¡Nos fue tan mal antes! No sé qué pasaría si juntamos hermanos. No quiero ni ensayarlo. Ya son todos grandes, pero viste que los desencuentros antiguos nunca se superan del todo. Creo que podrían pelear de nuevo por cualquier tontería. Prefiero conservar mi vida más aséptica, como un quirófano”, dice a carcajada limpia, “Por eso el 2026 los recibimos solos con mis hijas, los hijos de él estaban con su ex. Los chicos se conocen, se han visto muchas veces y se llevan regio. No pretendo que sean íntimos amigos, solo que se lleven bien, como debe ser entre gente civilizada. La familia extensa de ambos lados, todos viven hasta el día de hoy, no pensamos mezclarla ni darle la mínima posibilidad de que nos arruine el pastel. ¿Si saben? Si claro todos están enterados. Fue un notición. Por supuesto, siempre manifestaron culpas y dicen que quisieran recomponer relaciones. Pero no alcanza con las palabras por ahora, mejor mantener esas energías un poco alejadas. Por lo menos en esta etapa”.
Hoy con sus canas y sus kilos, con sus arrugas y con sus mañas, con sus intrincadas agendas laborales y con sus relaciones familiares a distancia forzada, Mariano (60) y Silvina (58), están de nuevo viviendo el amor. Lo que ellos llaman verdadero amor. Aquel que les fue arrebatado por peleas tontas y ajenas. La postergación, de todas formas, valió la pena.
*Escribinos y contanos tu historia. amoresreales@infobae.com
* Amores Reales es una serie de historias verdaderas, contadas por sus protagonistas. En algunas de ellas, los nombres de los protagonistas serán cambiados para proteger su identidad y las fotos, ilustrativas
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