Kory Hernández, de 24 años, cuida a los estudiantes mientras reemplaza a una docente en un suburbio en el sur de Caracas. Los hijos de Hernández estudian en la misma escuela, la escuela primaria Aquiles Nazoa (The Washington Post/ Wil Riera)
Kory Hernández, de 24 años, cuida a los estudiantes mientras reemplaza a una docente en un suburbio en el sur de Caracas. Los hijos de Hernández estudian en la misma escuela, la escuela primaria Aquiles Nazoa (The Washington Post/ Wil Riera)

Un indisciplinado alumno de 9 años sale corriendo de su aula, obligando a un maestro voluntario a perseguirlo por el pasillo. Normalmente sería conducido frente a la oficina de Romina Sciaca. Pero la consejera académica se fue —parte de una ola de empleados que dejaron la escuela primaria Aquiles Nazoa.

Este estado socialista a punto de derrumbarse está sufriendo una de las más dramáticas pérdidas de talento humano de la historia moderna, y la escuela Aquiles Nazoa ofrece una muestra de lo qué pasa cuando un país comienza a vaciarse. Los enormes desajustes en el mercado laboral de Venezuela están causando un colapso en la vida cotidiana y privando a este país de su futuro. El éxodo es grande y profundo: una salida de médicos, ingenieros, trabajadores del sector petrolero, conductores de autobuses y electricistas.

Y docentes.

En lo que va del año, 48 mil docentes —el 12 por ciento de todo el personal de las escuelas primarias y secundarias del país— renunciaron, según Se Educa, una grupo educativo sin fines de lucro. La gran mayoría, según la ONG, se unieron a la estampida de venezolanos que abandonan el país para escapar de las estanterías vacías de los supermercados.

En Aquiles Nazoa —un escuela que lleva el nombre de un poeta con un triste destino— Sciaca fue la primera en partir, rumbo Chile hace un año. Reinaldo Cordero renunció unos meses más tarde, dejándose atrás su clase de segundo grado y un salario que la hiperinflación redujo hasta un valor en el mercado negro de alrededor 29 dólares por mes.

Esperanza Longhi —quien también enseñaba en segundo grado— renunció en febrero. Está en su casa, preparando la mudanza a Perú. Para llegar allí, pasará por Ecuador —el mismo país donde Maryoli Rueda, quien enseñaba en tercer grado, se mudó recientemente.

Hiperinflación del 14.000 por ciento 

Kory Hernández le habla a una estudiante en la escuela primaria Aquiles Nazoa (The Washington Post/Wil Riera)
Kory Hernández le habla a una estudiante en la escuela primaria Aquiles Nazoa (The Washington Post/Wil Riera)

La directora Deliana Flores lo intentó, pero no pudo encontrar reemplazos calificados. A medida que una multitud de de docentes se va, algunos grados en las escuelas venezolanas estuvieron meses sin clases. En Aquiles Nazoa, el tercer grado se quedó en casa por dos semanas. Desesperada, Flores está tapando los agujeros con voluntarios no remunerados—básicamente madres de la escuela, como Kory Hernandez, de 24 años.

Pero no está realmente funcionando.

Hernandez arrastró al niño de 9 años de vuelta al aula por la manga de su camisa, luego se hundió en su asiento y suspiró.

"Silencio", dijo con impotencia, mientras su clase estalló en una abierta rebelión.

"Por favor", dijo. "¿Cómo van a aprender jamás?".

El aula de Kory Hernández con la escrita “Recorriendo Venezuela” en la pared (The Washington Post/Wil Riera)
El aula de Kory Hernández con la escrita “Recorriendo Venezuela” en la pared (The Washington Post/Wil Riera)

Piensen en Venezuela como una grande fábrica en la que la línea de ensamble de la sociedad dejó de funcionar —en parte porque hay cada vez menos personas para manejarla.

Durante los primeros cinco meses del año, unos 400 mil venezolanos huyeron del país, después de los 1.8 millones que se fueron durante los últimos dos años, según la Universidad Central de Venezuela. Sin embargo esos números podrían no capturar del todo el alcance del éxodo. Los trabajadores humanitarios que lidian con la crisis en las naciones fronterizas dicen que un promedio de 4.600 venezolanos por día dejaron el país desde el 1 de enero, lo que hace que la salida solo en lo que va de este año sea de casi 700 mil.

Los venezolanos están huyendo de un país roto por políticas socialistas fallidas, mala administración, corrupción y precios del petroleo —la principal fuente de divisas del país— más bajos.

"Ya no se trata solo de que unos pocos médicos se vayan", dijo Tomás Páez, un experto en migración de la Universidad Central de Venezuela. "Se trata de hospitales [con personal insuficiente] que cierran plantas enteras".

Decenas de miles de Venezolanos —sobre todo de las clases altas— comenzaron a abandonar el país tras el ascenso del izquierdista Hugo Chávez, quien se convirtió en presidente en 1999. Pero en el último año, la economía venezolana se cayó por un precipicio, lo cual provocó un éxodo más drástico. Los expertos dicen que la salida se disparará como consecuencia de la reelección del presidente Nicolás Maduro el 20 de mayo. Denunciadas a nivel internacional como ilegitimas, las elecciones removieron cualquier posibilidad real de cambio. En medio de la escasez de alimentos, el hambre es generalizada y crece en un país que alguna vez fue el más rico por habitante de América Latina. Sin medicamentos, enfermedades tratables como el HIV y la malaria se volvieron incontrolables. Con la hiperinflación elevándose hasta un 14.000 por ciento, ahora se necesitan cinco días de trabajo al salario mínimo para comprar una docena de huevos.

El valor de los salarios locales está disminuyendo día a día. A mediados de 2017, el salario promedio de un maestro valía casi 45 dólares.

Hoy, vale alrededor de 8 dólares.

"Si seguimos así, Venezuela ya no será ni un país del Tercer Mundo", dijo Flores, el director de la escuela.

Un complejo residencial durante un apagón en el barrio La Carlota de Caracas (The Washington Post/Wil Riera)
Un complejo residencial durante un apagón en el barrio La Carlota de Caracas (The Washington Post/Wil Riera)

Los enormes huecos en la fuerza laboral están minando servicios fundamentales aquí. Dentro de las oscuras salas de una estación de metro de Caracas en una tarde reciente, por ejemplo, los pasajeros subieron las escaleras mecánicas rotas y pasaron por boleterías vacías. Las condiciones reflejan la reducida fuerza laboral; el año pasado, 2226 empleados del metro —más del 20 por ciento del personal— abandonó su puesto, según Familia Metro, un grupo de control de tránsito con sede en Caracas.

"Ahora hay una enorme falta de personal en operaciones y mantenimiento", dijo Ricardo Sansone, jefe de Familia Metro. "No tienen gente para vender entradas en muchas estaciones, por lo que los pasajeros muchas veces ni siquiera pagan para usar el metro".

En el Hospital de Niños Jose Manuel de los Rios en Caracas, 68 médicos —el 20 por ciento del personal médico— renunciaron y dejaron el país en los últimos dos años. El departamento de cardiología del hospital ahora solo está abierto durante el turno de la mañana, ya que tres de sus seis especialistas ya no están. Hay 300 puestos vacantes de enfermería. La falta de personal es tan grave que la institución solo puede dar servicio a dos de su siete quirófanos.

"Ahora se necesitan de ocho meses a un año para una cita de cirugía", dijo Huniades Urbina, un pediatra de alto rango del hospital.

Este año, miles de cortes de luz afectaron Venezuela, oscureciendo las ciudades durante semanas. La falta de repuestos importados para reparar la red eléctrica mal mantenida es un problema. Pero también lo es "la fuga de nuestros trabajadores capacitados", dijo Aldo Torres, director ejecutivo de la Federación de Electricidad de Venezuela, una asociación de sindicatos.

"Todos los días, recibimos docenas de llamadas de colegas que dicen que se están yendo a Colombia, Perú y Ecuador", dijo Torres. "Están siendo reemplazados por personas que en su mayoría no están calificadas".

"No puedo esperar más"

A siete millas de la escuela primaria Aquiles Nazoa, el campus de la Universidad Simón Bolívar es extrañamente silencioso. Una vez considerado el MIT de Venezuela, una universidad que produjo a algunos de los mejores ingenieros y físicos latinoamericanos ahora corre el peligro de convertirse en un pueblo fantasma.

En 2017, 129 profesores —casi el 16 por ciento del personal— renunciaron, la gran mayoría para dejar el país. No es una sorpresa, dicen los funcionarios aquí. Usando la tasa del mercado negro de dólares, el salario de un profesor ahora supera los 8 dólares por mes, debido a la hiperinflación.

Treinta profesores se jubilaron el año pasado pero no fueron reemplazados, en parte por la falta de candidatos calificados. La universidad tiene tan poco personal que tres departamentos —lenguas, filosofía y ingeniería eléctrica— están a punto de cerrar.

Sin embargo, a medida que los jóvenes de Venezuela parten en tropel, la Simón Bolívar tampoco tiene la demanda que alguna vez tuvo. Hace tres años, la carrera de ingeniería electrónica tenía casi 700 estudiantes. Ahora, descendió hasta 196.

Jesús Pérez, de 20 años, es uno de los estudiantes que se están dando por vencidos. Estaba estudiando para ser un ingeniero informático. Pero en los últimos seis meses, perdió 4 kilos y medio por falta de comida. "No puedo esperar más", dijo. "Tengo que irme. Hasta ahora, 15 de mis amigos de la escuela han dejado el país desde febrero ".

Se irá a Perú, un país que hace dos décadas era mucho más pobre que Venezuela.

¿Qué hará?

"No me importa", dijo. "Camarero, limpiar los pisos. No puedo pedir mucho".

Niños juegan durante el recreo en la escuela primaria Aquiles Nazoa (The Washington Post/Wil Riera)
Niños juegan durante el recreo en la escuela primaria Aquiles Nazoa (The Washington Post/Wil Riera)

A 40 minutos de autobús de la Escuela Primaria Aquiles Nazoa, Deiriana Hernández se sentó en el piso de su monoambiente, descifrando su tarea.

Alumna de la escuela, ya tuvo tres maestros distintos en un año. Uno de ellos se jubiló. Otro renunció para dejar el país. El último —"La señorita Kory"— es una voluntaria que recientemente terminó su diploma de equivalencia de escuela secundaria.

Deiriana recientemente pasó dos semanas en su casa porque su escuela no pudo encontrar a nadie para enseñar en el tercer grado. Con una docente voluntaria, pudo por lo menos ir a clase. Pero ella y los otros estudiantes se están quedando atrás.

Sus notas están bajando, y los problemas de comportamiento están empeorando. Deiriana tiene 9 años. Pero apenas puede leer.

Ahora estaba mirando una lista de 16 palabras, y las instrucciones para separarlas en cuatro grupos: animales, colores, ciudades, plantas.

Se rascó la cabeza y llamó a su madre.

"¿No lo entiendes?", dijo su madre, Yanelis Blanco, de 26 años.

Blanco estaba nerviosa.

Kory Hernandez en la puerta de un aula de la escuela primaria Aquiles Nazoa (The Washington Post/Wil Riera)
Kory Hernandez en la puerta de un aula de la escuela primaria Aquiles Nazoa (The Washington Post/Wil Riera)

"Está atrasada para estar en tercer grado", dice la madre. "No lee correctamente, hace muchas faltas gramaticales cuando escribe. Es algo terrible que sus maestros se vayan constantemente".

Los compañeros de Deiriana también se van. El año pasado, su clase tenía 24 estudiantes. Ahora bajaron a 19.

Dos días después que Deiriana trabajaba a su tarea, su madre recibió noticias de la escuela.

La señorita Kory había renunciado.

Para Deiriana, significa volver a quedarse en casa, donde su familia está discutiendo otro gran cambio. Incapaz de poner suficiente comida en la mesa, su padre está pensando en ir a Perú a buscar trabajo.

"Al menos tal vez así podemos pagar escuelas privadas donde los maestros, me imagino, reciben mejores salarios y se les dan incentivos para que se queden", dijo Blanco. "No lo sé."

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