Ilustración de Mauricio Santos
Ilustración de Mauricio Santos

Le preguntamos a alumnos de primero y segundo semestre de Comunicación y Periodismo sus razones para creer que uno de los oficios más letales es una opción de vida.

Ser periodista en México implica el riesgo diario de no volver a casa. Según datos de la organización defensora de la libertad de prensa Artículo 19, ejercer esta actividad en el país más violento de Latinoamérica le ha costado la vida a 112 comunicadores en los últimos 18 años.

A pesar de que la situación se ha visibilizado a nivel internacional —en donde se compara comúnmente con Siria, donde existe una guerra civil declarada hace más de siete años—, la cifra de 12 asesinatos durante 2017 colocó a ese como el año más letal para la prensa en toda la historia del país.

Con todo y las estadísticas, el periodismo todavía es elegido por jóvenes mexicanos que viven fuera de la capital, donde la violencia es más cruenta y las condiciones para ejercer el oficio son más deplorables.

Ilustración de Mauricio Santo
Ilustración de Mauricio Santo

A continuación presentamos los testimonios de Daniela, una alumna del estado de Veracruz —donde asesinaron a 17 periodistas sólo durante el mandato del exgobernador priísta Javier Duarte (entre 2010 y 2016)—, y de Juan Almodóvar, de Sinaloa —donde hace un año mataron al periodista Javier Valdez Cárdenas, quien investigaba temas relacionados con narcotráfico—.

También hablamos con Diana, de Chihuahua —estado donde en 2017 asesinaron a la periodista Miroslava Breach, también por investigaciones en las que señaló corrupción institucional y criminal—, con Karla, de Jalisco —donde hace unas semanas la sociedad civil quedó pasmada ante la noticia de tres estudiantes de cine disueltos en ácido— y Marifer, quien estudia en Tamaulipas —el estado en donde los homicidios aumentaron un 75 por ciento durante el primer trimestre de este 2018—.

La adrenalina me apasiona y asumo el riesgo

Soy Daniela Rojas, tengo 20 años y nací en la capital del estado de Veracruz. Actualmente estudio segundo semestre de la carrera de Ciencias y Técnicas de la Comunicación, en la Universidad Veracruzana, y quiero ser periodista.

La verdad, el panorama de la prensa en esta zona del país me entristece con bastante frecuencia. Y eso no es un secreto. De hecho, cuando decidí que quería dedicarme a eso, mi mamá y papá me rogaron que no lo hiciera. Pero pues ya está decidido.

Desde que tengo memoria, me incomodan las mentiras. Por eso, nunca he tenido gran duda respecto de mi vocación profesional. En la actualidad hay muchísimas cosas que la gente poderosa nos oculta, y eso me enoja. Nos enoja a todos, creo. A mí me encantaría poder sacar a la luz las cosas turbias de las que todos deberíamos estar enterados.

Me gusta mucho la investigación. Sin embargo también tengo claro que a lo que me quiero dedicar es a la nota roja. Una tiene que buscar la forma de prepararse mi estómago a lo que venga en el futuro. No tengo problema con ver sangre; la adrenalina me apasiona y asumo el riesgo de eso.

—Daniela Rojas, 20 años, Veracruz.

En el mundo también pasan cosas buenas

No me gusta que cuando le digo a la gente que nací en Culiacán, Sinaloa, pregunten en seguida por los niveles de violencia e inseguridad de la ciudad. Por lo mismo, menos me gusta que cuando menciono que estoy incursionando como periodista en una estación de radio local, todos arqueen las cejas y me cuestionen sobre si estoy seguro de seguir haciéndolo.

Actualmente estudio la licenciatura en Periodismo en la Universidad Autónoma de Sinaloa (UAS) y durante dos semestres ya he tenido tiempo para cuestionarme sobre si elegí bien. Sigo convencido: con todo y que las amenazas al gremio son cada vez más frecuentes, quiero dedicarme a esto. Me apasiona mucho.

El narcotráfico se habrá podido adueñar de gran parte de nuestra vida, pero siempre habremos quienes queramos hacer algo para que eso cambie. Lo que me da coraje es que al final siempre terminan matando o desapareciendo a los verdaderos activistas, a los que se arriesgan a publicar lo que nadie se atreve. ¿Por qué tendría que ser así, cuando se supone que hay libre expresión?

La verdad es que los temas espinosos no son lo mío. Yo al tipo de periodismo que me quiero dedicar por siempre es al deportivo. No quiero retratar a la violencia, al narco o a las madres que buscan a sus hijos en fosas comunes; más bien, quiero informar sobre cuanto partido de soccer, de béisbol, o de americano se me ponga enfrente.

Creo que la nobleza de la labor de un periodista radica en comunicar con responsabilidad y profesionalismo, sin importar de qué se trate. Yo disfruto mucho cada que llego a trabajar a la estación de radio y hablo de deportes. Se siente bien contarle a la gente que el mundo no es pura desgracia y que también pasan cosas buenas.

—Juan Jesús Almodóvar, 20 años, Sinaloa.

No me da miedo la sangre

Mi mamá estuvo tranquila mientras quería ser chef. Ya cuando le conté que había cambiado de opinión y que iba a estudiar periodismo, perdió la calma. Me pidió infinidad de veces que no lo hiciera. Hasta perdí la cuenta. Pero ya estaba decidido.

Ya no me metí a gastronomía porque acá en Chihuahua la carrera es especialmente cara. Y pues para mi mamá era difícil costearla. Un día me senté a platicar del tema con una prima. Le conté que si hay algo para lo que soy buena es para hablar y me sugirió estudiar Ciencias de la Comunicación.

Así lo hice durante un semestre. Pero mis compañeros eran muy fiesteros y a mí no me gusta la fiesta. Decidí mirar el programa de la carrera de Periodismo en la Universidad Autónoma de Chihuahua (UACH). Me convenció y al siguiente semestre ya estaba inscrita.

Actualmente estoy en segundo semestre, tengo 19 años y estoy muy orgullosa de mi decisión. Hacer periodismo es Chihuahua es muy peligroso. Últimamente se ha desbordado la violencia, han matado a mucha gente. Sin embargo, me parece que es un oficio necesario porque las autoridades nos mienten mucho y necesitamos contar la verdad.

A mí me beneficia mucho que soy bien preguntona, entonces el trabajo se me facilita. No me gusta estar encerrada, ni todo el día frente a la computadora. A mí me gusta la acción. Quiero reportear nota roja y temas de política. Afortunadamente la sangre no me da miedo. Lo que me da miedo, y bastante coraje por cierto, es que el costo de la información muchas veces sea nuestra propia vida.

—Diana Estefanía Chaparro, 19 años, Chihuahua.

Uno no quiere ver hundido a su país

Mi nombre es Karla Martínez, tengo 19 años y estudio la Licenciatura en Periodismo en la Universidad de Guadalajara (UdeG). Sobre si me da un poco de miedo dedicarme a esto en el futuro, tengo que aceptar que sí, un poco. Me parece que reportar la realidad hoy en día es un acto que va hasta en contra del sentido común.

El campus donde estudio se encuentra en la ciudad de Ocotlán. Mi casa realmente está en Guadalajara, a una hora y media de ahí, así que para no tener que hacer diario esos trayectos en transporte público, rento un cuarto de lunes a viernes cerca de la universidad. Mis padres hacen un gran esfuerzo por pagar mis gastos. Y una forma de agradecérselos es estudiar mucho para hacer periodismo de verdad.

No podemos cerrar los ojos al hecho de que perdimos a muchas plumas valientes en este y los dos sexenios pasados. Y eso desanima a cualquiera, con toda la razón del mundo. Pero también creo que, más que nunca, rendirse no debe ser considerada una opción. Debemos aportar algo, aunque sea mínimo, para que la cosa mejore. Si no, ¿quién lo va a hacer por nosotros?

Mi sueño demás grande es hacer investigaciones de gran impacto, que saquen al sol los trapos sucios de los políticos. Y aunque por momentos me paraliza el miedo, siempre me tranquilizo con la idea de que son muchos millones los que quieren que las cosas cambien. Y cada que pienso eso, me emociona saber que yo puedo contribuir con un granito de arena. Uno no quiere ver hundido a su país.

—Karla Martínez, 19 años, Jalisco.

Recortes de periódicos y altavoces

Nunca fui consciente de querer dedicarme a los medios, sino hasta el día en que me di cuenta que colarme a escondidas en el despacho de mi abuelo recién fallecido me marcaría por siempre. Él fue uno de los periodistas más célebres de la ciudad de Tampico, Tamaulipas, y fundó una revista cultural que prácticamente murió al mismo tiempo que él.

Algo cambió en mí desde aquel día en que me vi rodeada por primera vez de sus paredes tapizadas por reconocimientos y recortes de periódicos. En aquel momento tendría unos siete años y, desde entonces, volver a la estancia secreta del abuelo se me hizo devoción sin querer. Dice mi mamá que por aquella época me gustaba jugar a ser corresponsal de Javier Alatorre (un famoso presentador mexicano de noticias en televisión).

Pasó el tiempo, avanzó mi educación en escuelas jesuitas y hoy, a mis 20, considero que haber elegido Periodismo Multimedia en la Universidad Autónoma de Nuevo León (UANL) es de las cosas de las que más orgullosa me siento.

Aunque la realidad y mi propia familia me hacen ver a cada rato que mis convicciones encierran alto riesgo, no quiero quitar el dedo del renglón. Durante un año hice un voluntariado en un albergue para migrantes en la Ciudad de México y vi a periodistas y activistas ayudando a la gente. Ahí terminé de comprender que la información es un arma poderosa.

Quiero hacer periodismo ciudadano para darle voz a quienes han sido silenciados y sé que eso conlleva a luchar también por el gremio en el que me asumo desde ahora. Una de mis metas es contribuir a que se acabe la censura, a que pagar la verdad con sangre ya no sea una realidad. Creo que mi abuelo estaría orgulloso de mí.

—Marifer Lattuada, 20 años, Nuevo León.

Publicado originalmente en VICE.com