Nada podría purificarme después de lo que había hecho

Reportajes Especiales - Lifestyle

BC-MODERN-LOVE-MORMON-PURITY-ART-NYTSF  —  Nothing could purify me after what I’d done. (Brian Rea/The New York Times) — FOR USE ONLY WITH MODERN LOVE STORY SLUGGED BC-MODERN-LOVE-MORMON-PURITY-ART-NYTSF FOR OCT. 2, 2026. ALL OTHER USE PROHIBITED.
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Ni bañarme, ni rezar, ni siquiera beber cloro.

Mi primer amor me convenció de beber cloro.

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Tenía 20 años, cursaba el tercer año en la Universidad Brigham Young en Utah y, según los estándares mormones, me estaba quedando atrás en lo que se refería al amor y las citas. No tenía la edad suficiente para alquilar un auto ni pedir una bebida alcohólica, pero la mayoría de mis compañeros de clase ya estaban saliendo con alguien, comprometidos o casados. Teníamos una sala de juegos para niños en la biblioteca de nuestra universidad. Mis compañeros traían a sus bebés a las clases. La cuestión no era si me casaría, sino cuándo.

La doctrina mormona enseña a sus seguidores a casarse jóvenes, abstenerse sexualmente antes del matrimonio y tener tantos hijos como sea posible. Esto ya era suficiente como para caminar por la cuerda floja, pero yo me lo tomé aún más literal gracias a mi TOC de escrupulosidad sin tratar; un tipo de trastorno obsesivo-compulsivo caracterizado por un ciclo incesante de pensamientos de miedo y duda en torno a la moralidad y la religión.

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Me consumía la ansiedad por todo lo relacionado con la iglesia; temía constantemente haber cometido un pecado que no recordara y no ser digna de las bendiciones que prometía mi religión tan exigente. Sin embargo, nunca tuve prisa por casarme hasta que me vi inundada por la cultura de la iglesia en la BYU y me sentí presionada por cumplir con todos los requisitos.

En el primer año, me reuní con mi obispo para confesarle mis errores. "Mis cinco compañeras de cuarto ya han tenido citas", le dije. "Además, no se lo he dicho a nadie, pero me preocupa que me puedan gustar las mujeres".

"Bueno, no has hecho nada al respecto, ¿verdad?", dijo. "No pasa nada por ser lesbiana siempre y cuando no actúes en consecuencia. Sabes, creo que entiendo a las lesbianas, porque a mí también me atraen las mujeres".

Su consejo espiritual autorizado fue: "¡Sal a coquetear con chicos!"

Lo intenté dos años. Un misionero que acababa de regresar me llevó a bailar swing. ¡Un hombre demasiado atrevido me tomó de la mano sin preguntarme! Y un expolicía me invitó un filete de 50 dólares y me mostró su colección de armas.

Ya casi había perdido la esperanza de salir con alguien cuando mi vecino, un compañero de estudios, me invitó a salir. Analicé sus cualidades mientras caminábamos hacia un boliche. Medía exactamente lo mismo que yo, pero su cabello rubio y esponjoso lo hacía parecer unos centímetros más alto. Tenía una risa encantadora.

Quería ser una buena chica mormona, salir con alguien y casarme como se debía hacer. Este hombre me daba seguridad, así que seguimos saliendo. Los dos nos dimos nuestro primer beso, yo tenía 20 y él 22.

"He estado esperando dar mi primer beso a alguien realmente especial", dijo. "Creo que eres tú".

Sonaba tierno, pero también parecía algo que diría cualquier mormón sexualmente reprimido y los dos éramos unos mormones sexualmente reprimidos.

Pasamos la mayor parte de nuestros 11 meses de noviazgo cocinando en la cocina semioscura de mi departamento, haciendo la tarea en su sofá desgastado e ignorando lo mal que se nos daba besar. Me metió a hacer escalada en roca, sin tener idea de que me estaba introduciendo al pasatiempo más gay posible, que más tarde practicaría con mi futura novia.

Hubo cenas familiares entrañables en la casa donde creció, un viaje de fin de semana a mi pueblo natal en el sur de Nevada para hacer senderismo y acampar, así como noches de juegos con sus amigos de la preparatoria.

Cometí el error de preguntarle a mi mamá qué pensaba de él después de llevarlo a la casa como si fuera un pez que había pescado, como diciendo: "¡Mira! ¿No estás orgullosa?". Pero ella dijo que era un nerd y luego cometí el error de decírselo a él, lo cual salió tan bien como se podrán imaginar.

Cada vez que me sentía atraída por una mujer, iba al departamento de mi novio para confesárselo. Hay que reconocer que él siempre se reía y decía: "Probablemente seas bisexual", lo cual me parecía increíblemente progresista. Pero ser una buena mormona significaba ignorar esa parte de mí.

Me encantaba que ninguno de los dos tuviera la menor idea de lo que estábamos haciendo.

Claro, él me convenció de que sabía más. Era dos años mayor que yo y la estructura patriarcal de la iglesia me convenció de que él era quien tomaba las decisiones. Me decía que no fuera empalagosa, me regañaba cuando me sentía muy orgullosa. Me recordaba que su futura esposa no sería alguien que lucharía contra la autolesión o que perdiera los estribos como yo.

Me sentía avergonzada. No confiaba lo suficiente en mí misma como para discutir. Lloré y le dije que lo haría mejor. Crecí aprendiendo que "resistir hasta el final" era parte de ser una buena mormona. Creía que esto significaba no solo mantenerme fiel a mi religión, sino también a mi primer novio. Después de todo, si lograba aguantar salir con él, nunca tendría que besar a otro hombre.

A los pocos meses, admitió que nunca había tenido la intención de invitarme a salir, pero yo me había hecho una idea equivocada cuando me pidió que fuéramos a jugar boliche, y que luego simplemente seguimos saliendo juntos.

De alguna manera, esta revelación no nos convenció a ninguno de los dos de terminar la relación.

No era difícil mantenerme pura. Quería acurrucarme en el sofá, ir de acampada en auto a los cañones y caminar de la mano en la suave niebla matutina. En la iglesia mormona, se enseña que el pecado sexual es casi tan grave como el asesinato. Mi único consuelo era convencerme de que era más recta por no tener ningún deseo de tener intimidad con un hombre. No quería sus manos ásperas sobre mi cuerpo. Quería decir que no.

Pero mientras estábamos recostados en la parte de atrás de mi auto, él pidió más de lo que yo quería dar. Le dije: "No, no estoy lista", luego mi voz tembló y dije: "Está bien".

Sus manos sobre mi cuerpo. Mis manos sobre el suyo.

Recordé lo que decían en la iglesia sobre la responsabilidad de las mujeres de mantener su virtud, de evitar que los hombres cayeran en la tentación y se me empezó a revolver el estómago.

Conduje hasta casa. Él no dijo nada mientras yo me encogía sobre el volante y sollozaba. A los pocos meses, vendí ese auto, aunque me encantaba, porque cada vez que miraba el asiento trasero recordaba que ya no estaba limpia.

De niña, mi TOC me convenció de que la única forma de estar moralmente limpia era estar físicamente limpia. En la primaria, bebía gotas de desinfectante para manos cada vez que no rezaba lo suficiente y luego me preguntaba por qué me dolía el estómago. De adolescente, me daba tanta vergüenza estar enamorada de una chica por primera vez que me lavaba las manos hasta que se agrietaban y sangraban. Ya sin buenas bacterias para combatir las enfermedades, me salieron verrugas en el dorso de las manos. Vivía sumergida en la vergüenza, con verrugas por todos los nudillos y aun así, no podía dejar de frotármelos, convencida de que nunca estaría limpia.

Luego cumplí 20 años, ya no bebía gotas de desinfectante para manos y me lavaba las manos con normalidad. Pero debido a lo que pasó en ese asiento trasero, ahora estaba sucia de nuevo y necesitaba un nuevo bálsamo. Podía frotarme hasta dejarme la piel en carne viva en la ducha, tomar medicamentos para la infección del tracto urinario que me provocó el contacto de sus manos en mi cuerpo y rezar hasta que mi voz se volviera ronca, pero nada podía arreglar lo que había hecho.

Así que empecé a obsesionarme con la idea de beber cloro. No porque quisiera morir --sabía que incluso una pequeña cantidad de cloro podía ser mortal y en realidad nunca elegiría beberlo--, sino porque me sentía muy repugnada por lo que habíamos hecho.

Bromeé al respecto con mi novio. No podía hablar de lo que había pasado entre nosotros, así que bromeé sobre beber cloro.

Hasta que un día me llevó a su cocina y me dijo: "Quizás esto haga que dejes de hablar de eso".

Estábamos de pie, descalzos, con la luz del sol de la tarde entrando a raudales. Él sostenía una botella de cloro y me sirvió una tapa llena. Probablemente una cucharada. Lo olí antes de que me lo acercara a la boca; tenía un olor fuerte y penetrante.

No lo cuestioné. Él solo me estaba ayudando a enfrentar mis miedos. ¿Verdad?

Lo miré a los ojos y asentí porque creía que lo amaba. Amaba a alguien que me llevaba veneno a los labios y lo llamaba cura. Me bebí el líquido de un trago, como si fuera un "shot". Sabía a leche de almendra salada y rancia. Frío y rápido. Quería jadear. En cambio, me lo tragué. Esperé a que me ardiera, pero no sentí nada más que náuseas.

No le conté esto a nadie en años, no porque pensara que él estaba equivocado, sino porque pensaba que tenía razón. Después de todo, dejé de hablar de la lejía después de eso.

Unas semanas más tarde, vino a mi departamento para decirme que Dios le había dicho que era hora de que nos separáramos. "A tu familia nunca le voy a caer bien", dijo. "No quiero vivir así".

"De cualquier forma", dijo riendo, "por lo menos ahora sabes que te gustan los hombres".

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