
Lloré por un despertar al que ya había renunciado, por la posibilidad de que, a la vuelta de la esquina, pudiera volver a amar.
Es importante entender que mi esposo, Peter, se niega a darse baños. Sí, se ducha, pero considera que los baños prolongados no son varoniles, al igual que el fútbol, o cualquier otro deporte que no requiera que los jugadores se embistan unos a otros como simios enojados y se golpeen el pecho.
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Durante años entrenó a nuestro hijo, Cade, en fútbol americano, y le gritaba a sus muchachos: "Golpéenlos por abajo, derríbenlos". La única razón por la que ve fútbol es porque nuestra hija, Raye, juega. Ella tiene lo que sus entrenadores llaman "determinación". Esto enorgullece a Peter.
Antes de cada partido le recordamos que no haga jugadas demasiado agresivas.
"Mantén los brazos pegados al cuerpo", le advierte Peter mientras yo asiento con la cabeza en señal de aprobación. Luego le susurra: "Ve a darles una paliza". Él levanta la palma de la mano. Ella le da un puñetazo, fuerte y certero, con el pulgar hacia afuera para que no se rompa, tal como él le enseñó. Luego se golpean el pecho y gruñen.
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Así que mis expectativas eran bajas cuando, en un frío día de Mineápolis el invierno pasado, marqué el número de Peter en su oficina para hacerle una petición inusual.
"Hey", dije. "¿Qué tal?".
"Nada. Trabajando".
"Está bien. Solo llamé para saludarte".
"Hola".
"Hola", dije. "¿Te dan ganas de ir a Costa Rica a un retiro de yoga?".
Y contuve la respiración.
Sentí como si hubiera estado conteniendo la respiración por más de 20 años, desde que conseguí mi primer trabajo en Nueva York y, poco después, me enteré que, a sus 56 años, mi mamá padecía la enfermedad de Alzheimer. Me mudé de regreso a casa para ayudar a cuidarla y comencé a trabajar a distancia desde Mineápolis.
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Después, conocí a Peter y me casé con él. Luego vino el alcoholismo de Peter. Y dos bebés. Y el cáncer de mi papá. Y ponerme tensa cada vez que sonaba el teléfono.
Después de dos décadas de enfermedad y muerte, de carriles para vehículos compartidos y canchas de hockey, de decidir qué preparar para la cena y qué hacer mientras mi esposo, de pocas palabras, aprendía a vivir sin alcohol; después de dejar de correr porque me lastimaban las rodillas, de dejar el azúcar porque me hacía sentir mal y de dejar de viajar porque me volvía loca tratar de convencerme de que no moriría mientras estaba fuera, ahí estaba yo de nuevo, conteniendo la respiración.
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"¿Que si quiero ir a un retiro de yoga?", repitió él. "La verdad es que no. Pero iré si es importante para ti".
Así que fuimos, ambos novatos, porque nos habíamos convertido en extraños dentro de nuestro matrimonio, porque nuestro terapeuta nos había dicho que necesitábamos decir "sí" a la vida más a menudo, y porque, a punto de cumplir 50, necesitaba recordar cómo respirar.
La primera noche, nuestro grupo se reunió para una ceremonia en la que, entre otras cosas, había que sentarse con las piernas cruzadas sobre cojines y sostener piedras en las manos. Nuestros instructores encendieron velas y nos dijeron que cerráramos los ojos.
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Eché un vistazo a Peter. Se suponía que debía visualizar el azul en mi cuerpo, pero en cambio pensaba: "Por favor, que no nos pidan que nos tomemos de las manos. Ni que cantemos".
Al día siguiente, Peter hizo su primera postura del perro boca abajo. Había gatos y vacas e instrucciones sobre cómo respirar: "Inhala por la nariz, exhala por la nariz".
Más tarde tomamos una clase grupal de surf. Me daba pánico. Me aterrorizan los tiburones y me dan miedo las olas. Pero quería decirle que sí a la vida, así que me encontré recostada en una tabla rentada en la playa que me arañaba los brazos, con un instructor llamado Ricardo diciéndonos que nos "levantáramos".
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Veinte minutos después, nos metimos al agua. "Recuerden arrastrar los pies", nos dijo Ricardo. "Para evitar a las rayas".
Uno por uno, Ricardo llevó a los demás al mar, arrastrando los pies. Uno por uno se levantaron, cayeron y desaparecieron antes de reaparecer y regresar a la orilla.
Entonces llegó mi turno. Ricardo sostenía mi tabla. Mi corazón latía a toda velocidad. "Relaja los hombros", me dijo. Como a todos los demás, me dijo que respirara. "Confía en mí", dijo mientras me soltaba. "No te vas a morir aquí afuera".
Pensé: "¿Cómo lo sabes?". Y entonces me levanté. Mis pies se abrieron. Mis brazos se extendieron. Contuve la respiración. Hice todo lo que no debía hacer. Pero estaba de pie. Durante 15 segundos cabalgué sobre el océano, balanceándome y meciendo en armonía con el universo, hasta que este reclamó lo que le correspondía y me caí.
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Y en esos 15 segundos, pasó algo increíble: recordé cómo divertirme.
No es que no tenga felicidad en la vida. Peter es un abogado litigante con un sentido del humor seco y un corazón firme y sabio que, al final, nunca le falla a su familia. Nuestros hijos, Cade, de 16 años, y Raye, de 14, son la mezcla habitual de alegría enloquecedora. En un momento uno de ellos me está declarando odio eterno porque calenté su sopa en el microondas en lugar de en la estufa, y al momento siguiente estamos en el patio jugando fútbol americano.
No hay mayor dulzura que la rendición de un chico de 1,80 metros y 80 kilogramos que, al final de un buen día, o de uno malo (incluso cuando lo malo contra lo que luchó fuiste tú), apoya la cabeza en tu hombro y te dice: "Te quiero, mamá".
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Es una alegría profunda y silenciosa. Pero no es euforia.
Salí corriendo del agua (bueno, más bien me arrastré), gritándole a Peter: "¿Viste eso?".
Él sonrió. "No pude mantenerme de pie. Mi equilibrio es pésimo. Necesito irme a recostarme".
Regresé al agua. Dos horas más tarde, volví a nuestra habitación. Peter dormía profundamente. Me duché, revisé mi correo electrónico: había un mensaje de la escuela de Cade sobre que había faltado a clase. Le di un beso en la frente a Peter; estaba ardiendo.
"Peter", susurré. "¿Estás bien?".
Nada. Caminé de puntillas hacia la puerta y ya casi estaba fuera cuando lo oí decir: "Amor, te luciste ahí afuera".
Durmió casi todo el día siguiente. Reservé una sesión privada de surf. En un momento, cuando me acordé de levantar la vista, vi a Peter en la orilla, observándome. Luego ya no estaba.
Más tarde le dejé un Gatorade junto a la silla de la piscina donde estaba dormido y luego regresé a la playa. Con las olas rompiendo a un lado y la selva al otro, caminé. Un perro callejero me seguía.
No se veía a nadie más. Recordé el momento en que supe que me casaría con Peter. Mi papá estaba en el hospital, yo trabajaba en la mesa de la cocina de mis padres y mi mamá, perdida en el Alzheimer, estaba en el sótano, llenando un cuaderno con garabatos.
Peter llegó después del trabajo. "¿En qué puedo ayudarte?", preguntó.
--Eh ¿puedes ver cómo está mamá? --sugerí, con la cabeza hundida en los expedientes. Cuando levanté la vista, había pasado una hora. Escuché música. Bajé las escaleras. Ahí estaba Peter, bailando lentamente con mi mamá al ritmo de la sinfonía de Mahler favorita de mis padres.
Y 15 años después, ahí estaba él en Costa Rica haciendo posturas de diosa mientras los instructores recitaban mantras sobre el amor y la luz. Podía escuchar su voz en mi cabeza. "Amor", decía, "no voy a hacer ningún círculo de amistad".
Me reí. Y, por primera vez desde que era niña, hice una voltereta lateral. Tenía quemaduras del sol y moretones por la tabla. Mi esposo estaba enfermo. La escuela de mi hijo me había informado que tal vez lo castigarían. Otra vez.
Y me senté en esa playa y lloré. Por mí misma, a los 50. Por mi agotamiento con la vida. Por mi miedo a morir como mi mamá, quien me dejó de manera tan lenta y cruel que no me di cuenta de que ya no estaba. Pero sobre todo lloré por un despertar al que había renunciado, por esa emoción de 15 segundos: darme cuenta de que podría haber algo a la vuelta de la esquina que pudiera volver a amar plenamente, con ligereza, a todo corazón.
Para el cuarto día, Peter ya estaba de vuelta con nosotros. Hicimos nuestras posturas de guerrero, nos detuvimos en un puesto donde compré un collar de dientes de cocodrilo, dimos un paseo hasta un café donde compartimos un batido de papaya.
"¿No es hermoso? ", le pregunté. "¿Te estás divirtiendo?".
Me tomó de la mano. "Sí. Pero ni por asomo haré el bendito círculo de la amistad".
"Círculo de cierre", lo corregí. Y sí lo hizo.
De vuelta en nuestros cojines la última noche, compartimos nuestros sentimientos sobre lo que más significado tenía para nosotros. Una viuda habló sobre sanar. Un comerciante de materias primas mencionó las amistades. Estaba demasiado preocupada por lo que diría Peter como para pensar en lo que yo iba a decir. "No digas palabrotas", le advertí en silencio.
La mujer que estaba al lado de Peter dijo algo sobre encontrar la paz.
"Para mí...", comenzó Peter. Y yo contuve la respiración, pensando: "Por favor, nada de sarcasmo".
Sus ojos se movieron de rostro en rostro con la firmeza que yo conocía tan bien, y luego con una ternura que había olvidado, mientras decía: "Lo mejor fue ver a mi esposa reír de nuevo".
Exhalé. Miré a mi esposo. Era mi turno. No tenía nada que decir. No recuerdo haber dicho nada. Pero sí recuerdo lo que pensé. Primero: "Volveré a este lugar". Y segundo: "Vaya, cómo amo a este hombre".
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