Estoy enamorado de mi doctor

The New York Times: Edición Español

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Pero tenemos una gran diferencia de edad.

Estoy enamorado de mi doctor, quien, por cierto, tiene 3 años. Hay que aclarar que este amor es el amor de un papá, ya que mi doctor también es mi hijo.

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Después de cenar, se pone una bata blanca, el estetoscopio y lleva una jeringa de juguete en su manita. Imita los movimientos que nos ha aprendido cuando le da fiebre y me pide que incline la cabeza hacia atrás y abra bien la boca, asegurándose de que me tome el medicamento. Finjo escupirlo, momento en el que me mira con seriedad y dice: "No, no, papi, es hora de tu medicina".

Me ausculta el corazón, me revisa los oídos con su otoscopio de juguete y, para mi sorpresa, las fosas nasales. Luego saca un martillo de reflejos de plástico, la misma herramienta que llevó a mi diagnóstico nueve meses antes de que él naciera. Lo golpea contra cada una de mis rótulas.

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"¿Tus piernas funcionan bien, papi?", pregunta.

"Sí, muchas gracias, doctor Miles", miento.

Luego digo: "Eres un doctor muy bueno".

Termina su trabajo y dice: "Ya estás mejor, papi". Mitad pregunta, mitad afirmación. Asiento con la cabeza. Lo acerco a mí y le doy un beso en la mejilla.

Me enteré de que estaba enfermo al día siguiente de saber que iba a ser papá, el papá de Miles. A mi esposa le tomó casi dos años quedar embarazada; ya casi habíamos dejado de intentarlo. Teníamos programada una fecundación in vitro, a solo tres semanas de distancia.

Entonces mi esposa se hizo una prueba de embarazo que supusimos saldría negativa, como ya nos había pasado miles de veces. Lloramos al ver cómo se oscurecía una línea azul, que indicaba un resultado positivo. Era el primer indicio de un futuro que se había sentido cada vez más imposible. Cancelamos la cita de la FIV y conservamos nuestros ahorros. Necesitaríamos el dinero para los pañales.

Al día siguiente, obtuvimos otro resultado de prueba, también positivo, pero que ofrecía la visión de un futuro mucho menos feliz. Una semana antes, me habían extraído líquido cefalorraquídeo la primera noche que pasé en el hospital, me pincharon repetidamente la columna con una aguja que prefería no ver. Me acurruqué abrazándome las rodillas para dejar al descubierto las vértebras, mientras mi esposa estaba sentaba a mi lado.

Cada intento fallido me provocaba espasmos en las piernas. El residente se disculpó, yo comencé a temblar y mi esposa empezó a llorar.

"Este es el peor masaje de espalda que me han dado en la vida", dije, tratando de calmar sus lágrimas.

Casi funcionó. Los dos, el residente y el estudiante de medicina con los ojos muy abiertos se rieron. Mi esposa puso los ojos en blanco, cansada, y dijo: "No le hagan caso". Finalmente, llegó la doctora a cargo. Para nuestro alivio, lo hizo bien a la primera.

Una semana antes, estaba en el mismo hospital. Es donde trabajaba. Estaba en el último año de mi doctorado en psicología clínica como pasante en el hospital, era mi última rotación clínica antes de graduarme.

Conocía bien los pasillos. Los recorría a diario como parte del equipo de consulta y enlace, vistiendo lo que eran, en esencia, pijamas de trabajo: un uniforme médico negro y un chaleco de lana, con mi credencial arriba de la cintura, que indicaba cuál era mi función. Pero ese día, mi uniforme estaba guardado, ahora llevaba puesta una versión diferente de pijama, ese atuendo que había visto mil veces pero que nunca me había puesto: una bata de hospital verde espuma de mar con un cordón en la espalda. El uniforme de los que sufren.

Traté de convencerme a mí mismo y al equipo médico de que ese lugar no era para mí y que, de hecho, no estaba enfermo. Me senté en el sofá en lugar de en la cama, con mi identificación prensada al cuello de la bata. Me porté como un buen paciente. Sonreí e hice bromas. Les conté sobre el embarazo de mi esposa después de años de intentarlo. Como si hubiera una ecuación entre la enfermedad y la curación. Como si mi currículum --futuro papá, de buen espíritu, colega-- de alguna manera me garantizara una cura.

Por el contrario, me dieron a los 30 años un diagnóstico sin darme uno: esclerosis múltiple. Me sentí como si me hubieran asignado un papel para el que no había hecho audición, un papel para el que soy demasiado joven, demasiado sano, para interpretarlo. "No, no", quería explicarle al director. "Esto debe ser algún tipo de malentendido. Se han equivocado de persona. Voy a ser papá".

La EM es una enfermedad de identidad equivocada. Mi sistema inmunológico, creyendo que hay un intruso, monta una defensa. Pero no hay ningún intruso, nadie contra quien defenderse. Trato de decírselo, pero no me escucha. Sigue protegiéndome contra una amenaza fantasma y esos esfuerzos provocan agujeros en la pared de mi columna vertebral, vidrios rotos en la ventana de mi cerebro. Los intentos por mantener a salvo mi cuerpo se convierten en el instrumento de su propia ruina.

Estoy acostumbrado al sufrimiento, pero no al mío. En la escuela de posgrado me enseñaron que la coraza emocional es necesaria, porque de lo contrario, el dolor te destroza. Para mí, existe una cierta seguridad en esconderme detrás de la etiqueta de pasante, psicólogo, proveedor, que creemos nos inmuniza contra el dolor que tratamos. Por supuesto, esa división no existe. Fui proveedor, después paciente. Ahora soy ambas. Primero somos visitantes de esas salas. Con el tiempo, todos nos convertimos en los visitados.

Pero mi hijo no sabe que estoy enfermo. Una de las ventajas de tener 3 años es que aún no entiende mucho. Sabe todo sobre Plaza Sésamo, nada sobre la pérdida. Sabe que los sábados lo llevo a la clase de música con la señorita Aimee y que los lunes, miércoles y viernes, va a la escuela con la señorita Karen.

También sabe que todas las tardes, cuando llegue a casa del trabajo, atravesaremos las puertas corredizas hacia el patio trasero, donde lo lanzaré hacia el cielo, con la luz del atardecer posándose sobre su cabello y ojos.

Quiero prolongar esta inocencia tanto como pueda, que el mundo siga siendo tan sencillo como él lo ve ahora. En mis brazos, a salvo y sin preocupaciones, creyendo que así es como es el mundo. Así como siempre será.

Pero este mundo cambiará. Tarde o temprano, se enterará de que estoy enfermo. ¿Qué edad tendrá cuando mi esposa y yo se lo contemos? Pienso en mis padres, que me hablaron de sexo desde muy temprano porque querían que lo escuchara de ellos primero. ¿Compartir mi diagnóstico con él será así? ¿Será una conversación que decidimos tener? ¿O se dará cuenta por sí mismo? ¿Será como cuando yo vi a mi propio papá escondiendo los huevos de pascua en el patio trasero y me di cuenta de la verdad sobre el Conejo de Pascua?

A través de la ventana trasera, vi cómo mi papá se agachaba cerca del área de juegos y cómo escondía los huevos debajo del tobogán y a lo largo de la cerca. Sentí tanto decepción como orgullo. La inocencia de las creencias infantiles dando paso a la edad adulta.

¿Fingirá no saberlo? ¿Me protegerá para que no me dé cuenta de que ha cruzado el umbral? ¿Así como fingí yo sorprenderme por esos huevos la mañana siguiente? ¿Se lo dirá a su hermana menor ¿O tendrá ella que darse cuenta por sí misma?

O, en el peor de los casos, ¿se lo dirá alguien más? Todos los días pienso en este dilema: ¿cuánto tiempo puedo esperar para decírselo antes de que sea demasiado tarde? ¿Será antes de correr el riesgo de que ese niño cruel en el parque le pregunte por qué camino raro, señalando algo que él no había notado sobre su propio papá? Por ahora, él no carga con el peso del concepto de la enfermedad, de la pérdida. Algo que quiero preservar para siempre. Algo que solo puedo preservar por ahora.

Incluso si esta historia no fuera una de enfermedad, seguiría siendo una historia de pérdida. Ningún padre puede quedarse con sus hijos para siempre, lo sé, ni al revés. En cambio, existimos juntos por un tiempo, dejándonos llevar por el mismo río, antes de que la corriente nos separe y nos lleve por nuestros propios afluentes sinuosos.

Solo tiene 3 años, este niño que me convirtió en padre. ¿Cómo puedo esperar que me recuerde tal y como soy ahora?

¿Cuántos recuerdos tendré de él? Me encuentro recopilándolos frenéticamente, guardándolos día con día. Es mi frágil moneda de cambio contra la pérdida. Como el recuerdo de mi visita al doctor de esta tarde.

Al terminar la consulta, mi hijo guarda su maletín médico e intercambiamos los roles de paciente y médico por los de padre e hijo. Lo veo quitarse la bata blanca y solo me llega un pensamiento: cómo desearía que él pudiera curarme.

Luego, en un arrebato, se quita el resto de la ropa, se queda desnudo y empieza a corretear por toda la casa. Se ríe a carcajadas, zigzagueando por nuestra sala antes de que siquiera hayamos abierto el grifo de la tina. Lo veo correr, delirante, lleno de luz. Es entonces cuando me doy cuenta de que, en muchos sentidos, ya lo hizo.

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