
Las autoridades y esfuerzos privados llevan casi un mes trabajando en conjunto para ayudar a una ballena a salir del mar Báltico. Aún no está claro si tendrán éxito.
La cola de la ballena se agitaba el viernes por la mañana, antes de que llegaran las grandes multitudes. Removió el agua de un lado a otro, luego se elevó y cayó con un chapoteo. Para los alemanes que seguían fielmente la transmisión en directo, era una señal.
Timmy aún tenía una oportunidad.
"El animal sigue vivo", me dijo Marco Thomas, de 50 años, quien había conducido durante horas para ver a la ballena. "El animal sigue luchando", dijo Thomas, y la emoción hacía que, de repente, le salieran algunas lágrimas.
Era el tercer día de lo que probablemente sea el capítulo final de la saga de casi un mes de duración de una ballena jorobada varada a la que los alemanes han apodado Timmy. La historia ha cautivado a una nación a través de una extraordinaria serie de misiones de rescate fallidas, lo que ha provocado indignación, discusiones y, para algunos, un inesperado sentido del propósito.
Como me dijo un berlinés esta semana, los alemanes de a pie a menudo se sienten impotentes ante la guerra en Medio Oriente o el aumento de los precios de la energía. Pero quizá, solo quizá, puedan salvar a esta ballena.
Esta esperanza ha contribuido a convertir un tranquilo paseo marítimo del norte de Alemania, a unos 100 kilómetros al noreste de Hamburgo, en un hervidero de curiosidad.
Los rescatadores acamparon en la costa de la isla de Poel, donde la ballena ha permanecido, sin moverse apenas, con parte de su lomo sobresaliendo de las aguas poco profundas. Los reporteros se arremolinaron en un camino de tierra surcado por ruedas al otro lado de un terreno junto a ese campamento, e instalaron cámaras junto a unos fardos de heno y un rebaño de ganado. A través de internet emiten imágenes continuas de la ballena, que, vista a través de las cámaras de largo alcance, suele parecer una mancha blanquecina que se balancea.
Lugareños y turistas, quienes llegaron de los rincones más alejados de Alemania, se reúnen a diario tras un bloqueo policial, más alejados del agua que los equipos de noticias o de rescate. Observan a la ballena a través de teleobjetivos y prismáticos de alta potencia, después de recorrer en bicicleta, monopatín o a pie los cerca de mil metros que separan la zona de observación de una segunda barricada policial que impide el paso de los coches.
"Creo que lo que más me conmueve es esa impotencia", combinada con los claros signos de inteligencia de la ballena, explicó Nele G. Phillip, de Hamburgo, de 53 años, mientras permanecía de pie detrás de una de las barricadas, mientras Timmy aparecía como un gran punto en la bahía ante ella. "Da la impresión de que está buscando una salida y no la encuentra".
La ballena varó inicialmente en la costa del Báltico a finales del mes pasado, cerca de la ciudad de Wismar. No debería estar allí: las ballenas no suelen encontrarse en el mar Báltico, a menos que, como puede haber sido el caso de Timmy, se pierdan siguiendo a una presa o las confundan los barcos o los sonidos emitidos por los humanos.
Los rescatadores intentaron liberarla durante días. Retiraron una red de pesca que había atrapado parcialmente a la ballena, y cavaron una zanja con maquinaria pesada para abrir un canal que le permitiera alejarse nadando. Funcionó. Pero casi de manera inmediata, la ballena volvió a encallar, en un cieno más blando del que parecía mucho más difícil liberarse.
El 1 de abril, el ministro de Medio Ambiente del estado suspendió los esfuerzos de rescate. Los funcionarios optaron por una especie de hospicio marítimo, en el que regaban con agua el lomo de Timmy en un esfuerzo por aliviar el dolor, y discutieron y descartaron los planes de practicarle la eutanasia.
Uwe Müller, de 63 años, que vive al otro lado de la isla, escuchó a la ballena antes de verla. Era Domingo de Pascua, poco después de que Timmy volviera a atascarse. "Lloraba de forma desconsolada", dijo Müller el viernes. "Nunca había oído ballenas, pero para mí era más bien sufrimiento. Prácticamente gritó su sufrimiento".
Muchos alemanes hicieron reclamos ante la decisión de interrumpir los esfuerzos de rescate. Otros dijeron que ya era hora de dejar morir a la ballena. Surgió una controversia pública en torno a un biólogo --una especie de influente de ballenas en las redes sociales-- que pasó horas en el agua junto a la ballena durante el primer esfuerzo de rescate, pero afirmó que se le excluyó de los esfuerzos subsiguientes, lo que negaron las autoridades estatales. Una mujer saltó de un barco a la bahía para alcanzar a Timmy, pero los funcionarios se lo impidieron.
La historia volvió a cambiar esta semana, cuando el estado aprobó un plan de rescate financiado con recursos privados por un par de multimillonarios. Incluye colchones de aire, pontones y una lona, y la esperanza es que termine con el remolque de la ballena de vuelta al mar, posiblemente al océano Atlántico.
El equipo de rescate quería terminar esa labor esta semana, pero lleva días de retraso. Los trabajadores pasaron el viernes preparándose para lo que los periodistas y curiosos especulaban que sería un intento el sábado de levantar y remolcar a la ballena. El equipo no ofreció ninguna actualización.
En la bahía, Timmy se ha cansado. Desde que encalló por primera vez, la primavera ha llegado a los alrededores, y los árboles han echado hojas verdes.
El viernes, el sol calentaba a unas 50 personas que habían acudido a ver lo que la mayoría esperaba que fuera un rescate. Los trabajadores habían envuelto a la ballena en toallas blancas empapadas de sal, en parte como escudo contra el sol.
La multitud empezaba a disminuir a media tarde. De repente, se oyó un pequeño grito.
La cola, dijo alguien con prismáticos, se había movido de nuevo.
Tatiana Firsova colaboró con reportería desde la isla de Poel, Alemania, y Christopher F. Schuetze desde Berlín.
Jim Tankersley es el jefe de la oficina de Berlín del Times, y dirige la cobertura de Alemania, Austria y Suiza.
Tatiana Firsova colaboró con reportería desde la isla de Poel, Alemania, y Christopher F. Schuetze desde Berlín.
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