
Los ejecutivos de Silicon Valley prometen que la inteligencia artificial va a cambiar de manera radical la vida de todos para bien, a partir de ya. La IA se describe como la nueva electricidad. Es incluso más grande que el fuego. No te molestes en ahorrar dinero para la jubilación porque todo el mundo será rico.
Tus abuelos oyeron más o menos lo mismo. Los creadores de una nueva tecnología siempre la han vendido como si produjera una transformación fundamental de la existencia humana. La radio se pregonaba como portadora de "paz perpetua en la tierra". Se suponía que la televisión despertaría tanta empatía por las diferentes culturas que acabaría con las guerras. La televisión por cable educaría a las masas y conduciría a la ilustración generalizada.
Esta vez, sin embargo, las masas aún no están convencidas.
En una encuesta de You.gov del año pasado, más de un tercio de los encuestados dijeron que les preocupaba que la IA acabara con la vida humana en la Tierra. Incluso los que tenían una actitud más esperanzada afirmaron de manera abrumadora en otra encuesta que no pagarían más por poner IA en sus dispositivos. Y en la gran encuesta más reciente realizada por la Oficina Nacional de Investigación Económica, el 80 por ciento de las empresas declararon que la IA no tenía ningún impacto en su productividad o empleo.
El principal vendedor del auge de la IA, Sam Altman, de OpenAI, dijo que había más resistencia a "la difusión, la absorción" de la IA en la cultura y la economía de lo que esperaba.
"Viendo lo que es posible, parece sorprendentemente lento", comentó Altman en una conferencia sobre IA celebrada este mes.
Jensen Huang, director general del fabricante de chips Nvidia, está preocupado. El bombo publicitario de la industria tecnológica puede parecer omnipresente, pero Huang cree que "la batalla de las narrativas" la están ganando los críticos.
"Es extremadamente hiriente, para ser franco", afirmó Huang en una entrevista en un pódcast el mes pasado. "Han hecho mucho daño" "personas muy respetadas que han pintado una narrativa catastrófica, una narrativa del fin del mundo, una narrativa de ciencia ficción".
Según Huang, los detractores quieren normativas que obstaculicen la industria de la IA y la ralenticen. Mientras tanto, los escépticos están "asustando a la gente para que no haga las inversiones en IA" que la mejorarían.
A Nvidia, que fabrica los chips que alimentan los centros de datos de IA, no le faltan inversionistas. Actualmente es la empresa con mayor capitalización bursátil del mundo, con 4,5 billones de dólares. También se ha disparado la capitalización bursátil de Google, Microsoft, Amazon y Meta. Algunas empresas emergentes de IA se han vuelto muy valiosas prácticamente de la noche a la mañana de una forma nunca antes vista, empezando por OpenAI.
Sin embargo, Huang tiene razón. La adopción se ha estancado. En el cuarto trimestre de 2025, el 38 por ciento de los empleados declararon a Gallup que su lugar de trabajo había integrado la tecnología de IA. Esa cifra se mantuvo prácticamente sin cambios desde el tercer trimestre.
Está claro que la IA no es una tecnología que se esté fomentando universalmente como algo inevitable. Las empresas informan a menudo que, hasta ahora, no parece hacer gran cosa. Pero los temores están por todas partes. El índice S&P de software de América del Norte cayó un 15 por ciento en enero, su mayor descenso mensual en 17 años, por el temor a que la IA sustituya al software.
"No recuerdo un auge que haya provocado una hostilidad tan activa", comentó William Quinn, coautor de "Boom and Bust: A Global History of Financial Bubbles". "La gente suele encontrar emocionante la nueva tecnología. Ocurrió con la electricidad, las bicicletas, los automóviles. Había temores, pero también esperanzas. La IA es notable, quizá única, por la falta de entusiasmo".
Incluso cuando más de la mitad de los estadounidenses han probado grandes modelos lingüísticos (y prácticamente todos los que han hecho algo en internet han utilizado sin querer la IA), los estudios muestran que la gente está mucho más preocupada que entusiasmada. Según Pew, el 61 por ciento de los encuestados en un estudio de 2025 dijeron que desearían tener más control sobre cómo se utiliza la IA en su vida.
(The New York Times demandó a OpenAI y Microsoft, pues alega infracción de los derechos de autor del contenido de noticias relacionadas con los sistemas de IA. Las dos empresas han negado las pretensiones de la demanda).
La indiferencia y la hostilidad hacia la IA quizá eran inevitables. Los defensores de la IA describen un futuro inquietante en el que los humanos que utilicen la tecnología sustituirán a los que no lo hagan.
Quizá por eso la regulación de la IA es uno de los pocos temas en los que un Estados Unidos dividido parece unido: Según una encuesta de Gallup de la primavera pasada, el 80 por ciento de los estadounidenses quieren normas para la IA, aunque eso signifique que la tecnología se desarrolle más lentamente.
No solo desconfían los trabajadores poco cualificados. Cada año, Edelman, la empresa de comunicación global, realiza una encuesta sobre la confianza en la sociedad. En su último informe, publicado en enero, dos tercios de los encuestados estadounidenses con bajos ingresos afirmaron que "la gente como yo se quedará atrás en lugar de obtener ventajas reales de la IA generativa". Y lo que es más sorprendente, casi la mitad de los trabajadores con ingresos altos opinaban lo mismo.
Un auge en auge
Los auges que definen una época solían ser escasos y distantes entre sí. La manía de los Mares del Sur en 1720. El auge del ferrocarril británico en la década de 1840. Los locos años veinte. Tokio en la década de 1980.
Estos auges seguían un patrón familiar. Algunos inversionistas afirman que los nuevos desarrollos, normalmente relacionados con la tecnología, cambiaron las cosas. Los primeros creyentes ganan dinero. Eso atrae a más inversores. Los detractores son acallados. Los especuladores toman el relevo. El auge se convierte en burbuja y estalla. Todo el mundo se arrepiente y jura ser más sobrio en el futuro.
Al final aparece una nueva tecnología. La utopía llama, y el proceso vuelve a empezar.
"Una generación tras otra ha renovado la creencia de que, se dijera lo que se dijera de las tecnologías anteriores, la última cumplirá una promesa radical y revolucionaria", escribió Vincent Mosco, historiador de la tecnología, en "The Digital Sublime: Mito, Poder y Ciberespacio".
Las burbujas están surgiendo a un ritmo vertiginoso en la actualidad. Hay un auge de auges.
"Hubo la burbuja bursátil japonesa, luego las burbujas tailandesa y taiwanesa, después las puntocom, la vivienda, la bolsa china, las criptomonedas y ahora la IA", aseguró Quinn, profesor titular de finanzas en la Universidad Queen's de Belfast. "Hay un financiamiento muy móvil, un sistema financiero desregulado y un rápido cambio tecnológico, todo lo cual facilita que la población general especule".
Hace unos meses, preocupados por un mercado bursátil que parecía tener poca base para seguir subiendo, analistas e inversionistas empezaron a preguntarse cómo acabaría el auge de la IA. Al fin y al cabo, el auge de los locos años veinte acabó en la Gran Depresión.
El debate produjo poco consenso. Andrew Odlyzko, estudioso de las manías de inversión, cree que el debate se estancó porque se basaba demasiado en una noción anticuada de auges y burbujas.
Fíjate en la criptomoneda, dijo. Existe desde hace 15 años. Pocos pretenden ya que las criptomonedas tengan algún valor más allá de la especulación. Aunque su precio se ha debilitado últimamente, ha subido a largo plazo.
Su elevado precio es reflejo de una sola cosa: la fe de sus inversionistas, que --al menos hasta ahora-- ha disipado dudas.
"A medida que nuestra sociedad se complica y enriquece, pierde contacto con la realidad", afirma Odlyzko, antiguo director del Centro de Tecnología Digital de la Universidad de Minnesota. "La psicología de masas es ahora mucho más importante que la tecnología o la economía".
La IA no tiene por qué cambiar a la humanidad. Las empresas tecnológicas solo tienen que hacerte creer que lo está logrando.
Tonos catastróficos
A pesar de la familiaridad de sus promesas de cambiar el mundo, algunas cosas sobre el auge de la IA son diferentes, y están impidiendo que reciba un cálido recibimiento del público.
Los auges del pasado, como la fiebre del oro de California en 1849 o la burbuja de las puntocom, ofrecían al menos la ilusión de la participación pública. Tú también podías ir a California y probar suerte.
Crear una empresa de IA, en cambio, requiere experiencia y un financiamiento importante. Para la mayoría de la gente, la IA es, en cambio, algo que se les impone, empezando por el correo electrónico y el explorador web.
Otro problema es que los mayores defensores de la IA tienen tendencia a hacer comentarios muy oscuros, a veces sin parecer darse cuenta. El presentador Jimmy Fallon le preguntó el invierno pasado con tono un tanto de queja a Bill Gates, cofundador de Microsoft: "¿Seguiremos necesitando a los humanos?".
Gates respondió: "No para la mayoría de las cosas".
Este mes, Mrinank Sharma, jefe del equipo de investigación sobre salvaguardias de Anthropic, publicó crípticamente en las redes sociales que se sentía presionado "a dejar de lado lo que más importa". El mundo, dijo, "está en peligro" y, aunque los problemas "no procedían solo de la IA", él iba a renunciar para escribir poesía.
Las "narrativas de los fracasados", como las llamaría Huang de Nvidia, proceden del interior de la IA.
Los ejecutivos tecnológicos que apuestan el futuro de sus empresas al triunfo de la IA disponen de muchos recursos para asegurarse de que así sea. Pueden incluso gastar más dinero en construir aún más centros de datos. Por otra parte, los centros de datos de todo el país son cada vez más el blanco de la oposición de los residentes locales, a quienes les disgusta el ruido, la perturbación, el secretismo y la falta de beneficios para la comunidad, como los puestos de trabajo.
Satya Nadella, director ejecutivo de Microsoft, reconoce los riesgos que esto entraña. Cree que "la verdadera cuestión" es cuándo se percibirá que la IA ayuda a las personas.
La gente admira la IA como una herramienta tecnológica novedosa que quizá pueda hacer cosas asombrosas, sugirió en el foro económico de Davos el mes pasado. Pero no ven necesariamente un efecto positivo en sus propias vidas.
"Creo que, incluso como comunidad global, tenemos que llegar a un punto en el que utilicemos esto para hacer algo útil que cambie los resultados de las personas, las comunidades y los países", afirmó Nadella.
Sin eso, advirtió, la tecnología perderá el "permiso social" para, por ejemplo, utilizar tanta energía como lo hace, una sed que hace subir el precio de la electricidad para los hogares estadounidenses.
Las empresas de IA parecen estar cada vez más alertas ante un problema de percepción. El Supertazón de este año presentó anuncios con temática de IA que eran defensivos o simplemente extraños. El anuncio de Amazon mostraba a la IA proponiendo formas de matar a Chris Hemsworth. El giro al final: La IA lo desarma con un masaje prometido.
Esclavizados por los dispositivos
La ansiedad por la tecnología lleva mucho tiempo aumentando. Lo que es nuevo con la IA es que los temores son tan ambiguos y a la vez tan amplios que están traspasando los muros de Silicon Valley.
En una encuesta realizada en 2024 entre votantes registrados del Área de la Bahía, tres cuartas partes afirmaron que las principales empresas tecnológicas tenían demasiado poder e influencia.
Robert Thomas, psicólogo jubilado del Área de la Bahía, es uno de los descontentos. "Al principio esperábamos con impaciencia las comodidades electrónicas creadas por los cibergéneros: la computadora personal, el internet, el iPad, el iPod, etc.", señaló. "Sin embargo, desde entonces las cosas parecen estar fuera de control. Cada vez más, mi vida está controlada en parte por algún dispositivo electrónico".
Y lo que es peor, "ya casi no me relaciono con la gente".
Desde el punto de vista de los promotores de la IA, la incapacidad de relacionarse con los seres humanos no es un defecto, sino una virtud. "Sospecho que dentro de un par de años, sobre casi cualquier tema, la conversación más interesante, quizá la más empática que puedas tener, será con una IA", dijo Altman en un pódcast.
No es de extrañar que Thomas, que tiene 78 años, se sienta frustrado a menudo. Fantasea con darle un puñetazo en la cara a un joven trabajador tecnológico. Y, sin embargo, hizo que ChatGPT escribiera un discurso para el cumpleaños de su mujer. Fue hermoso y elocuente.
Todo ello significa que el futuro de la IA podría ir en cualquier dirección.
Vista aérea del nuevo centro de datos de Meta en construcción en Holly Ridge, Louisiana, el 20 de enero de 2026. Se están construyendo enormes centros de datos en todo el país. (Scott Ball/The New York Times)
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