Sí, la gente está dispuesta a pagar 27.500 dólares por una cinta VHS de ‘Rocky’, y te explicamos por qué.

Guardar

Especial para Infobae de The New York Times.

Casi todo el mundo tiene un lugar especial al que solían ir de jóvenes, un lugar repleto de recuerdos. Para algunos quizá sea una biblioteca o una sala de maquinitas, para otros es un campo de béisbol o una librería. Para Jay Carlson, quien creció en el oeste de Massachusetts a principios de los años noventa, el centro del universo era la tienda de renta de videos, o videoclub.

Esto fue antes de las plataformas de emisión en continuo, antes de Netflix, antes de los DVD. Las videocaseteras eran la cumbre de la tecnología de consumo. En el videoclub, Jay de 12 años se topaba con amigos y vecinos, escuchaba sobre películas que no se podía perder y hablaba sobre sus favoritas. Era como las redes sociales antes de que se inventaran.

Jay creció, se casó, tuvo hijos, fue a trabajar en el departamento de finanzas de un negocio minorista. La tecnología siguió adelante, pero su corazón no. Un día, en su tienda local de historietas vio una cinta VHS de “Los cazafantasmas”, la primera película que sus padres le dejaron elegir por su cuenta. Costaba 7 dólares, seguía en su empaque sellado de fábrica.

“Le dije a mi esposa: ‘Creo que voy a empezar a coleccionar cintas’”, relató Carlson, de 43 años, “fue como recuperar un pedazo de mi infancia”.

Muchos otros están haciendo lo mismo. El año 2022 no fue bueno para el mercado bursátil, el sector inmobiliario ni las criptomonedas, pero el mercado global de bienes de lujo creció un 20 por ciento. Tal vez la gente tenía menos dinero, pero gastó más en obras de arte y piezas de colección que no tienen ninguna función más que la de brindar placer.

La cultura está rebosante de nuevo material —todos los días, se publican miles de libros nuevos y se lanzan 100.000 canciones nuevas en Spotify— pero los artículos antiguos ofrecen una recompensa emocional más gratificante para muchos. Pueden ser cintas VHS, afiches, fotografías, historietas, monedas, tarjetas deportivas coleccionables u objetos de recuerdo. Pueden ser remanentes de la infancia o símbolos de una infancia que nunca se tuvo, o quizá solo expresan un anhelo de estar en cualquier otro año que no sea el 2023.

El común denominador es este: a las personas les gusta tener una cosa relacionada con la cosa que aman. Para Carlson y millones más como él, la fábrica de la nostalgia está a toda marcha.

Cuando Carlson empezó a buscar cintas VHS selladas, se consideraban poco más que basura plástica. Las cintas de “Volver al futuro”, “Los Goonies”, “Blade Runner”, le costaron unos 20 dólares cada una en eBay. Las puso en una repisa, como pequeñas ventanas a su pasado, y abrió una cuenta de Instagram llamada Rare and Sealed (Únicas y Selladas).

Luego, las cintas empezaron a ser más difíciles de encontrar y más costosas de comprar. Durante la pandemia, la gente atrapada en casa tenía mucho dinero para gastar, pero la causa iba mucho más allá.

Los objetos que conllevan un poco de historia resultan atractivos por obvias razones en un mundo de alta tecnología. El tumulto cultural de la actualidad, con su auge de imágenes falsas, discusiones interminables sobre todo y ahora el debut de los chatbots ineludibles de la inteligencia artificial, incrementa el atractivo de las cosas que no se pueden enchufar.

Al mismo tiempo, los avances tecnológicos implican que cada vez es más fácil comprar cosas costosas en línea. Las ofertas en las subastas casi siempre alcanzan las decenas, incluso los cientos, de miles de dólares.

Algo que las personas buscan con avidez en las nuevas tecnologías son las viejas tecnologías. La máquina de escribir de Cormac McCarthy, que usó para escribir una serie de novelas importantes, se vendió por más de 250.000 dólares. Una computadora Apple 1 se vendió por casi el doble de esa cantidad. Un iPhone de primera generación, guardado en su caja original sellada, se ofreció por 21.000 dólares en diciembre y el triple de esa suma en febrero.

La combinación de estos factores —un deseo por escapar de nuestras vidas virtuales; ofertas cuantiosas al alcance de un clic; y la promoción de nuevas categorías de colección como dispositivos tecnológicos obsoletos— da como resultado la casa de subastas Heritage Auctions en Dallas.

Heritage es un torbellino de actividad, de pasión, de entusiasmo, que siempre prueba nuevas maneras de persuadir a la gente para que compre algo hermoso e inútil. Según los sondeos de la Oficina del Censo de Estados Unidos, 91 millones de estadounidenses tienen dificultades para pagar los gastos de su hogar. Todos los demás son postores en potencia.

“Hubo una época en que el mundo del arte y las piezas de colección estaba dominado por hombres blancos y viejos”, dijo Josh Benesh, director de estrategia de Heritage. “Creo que ya se ha democratizado. Y las categorías de material a la venta se han democratizado mucho”.

Hace veinte años, Heritage manejaba cuatro categorías: monedas, historietas, afiches de películas y deportes. Ahora, tiene más de 50, lo cual le generó ingresos de 1400 millones de dólares el año pasado. Todo, al menos en teoría, se puede coleccionar.

“No cuestionamos el valor ni la legitimidad de ningún tema en particular relacionado con normas anticuadas”, afirmó Benesh. “No estamos aquí para decir qué vale o no la pena. El mercado te lo dirá. Los postores” —1,6 millones en Heritage— “te lo dirán”.

Las cintas VHS al parecer sí valieron la pena. Fue fácil elegir a un experto que se encargara de las ventas: Carlson. Su primera subasta, en junio de 2022, generó más de 500.000 dólares.

La publicidad en torno a la venta hizo que Carlson, cuyo correo electrónico aparece en el sitio web de Heritage, recibiera muchas ofertas de cintas. Un hombre le dijo que había curado una cápsula del tiempo para su hijo, que nació el día de Navidad de 1982. “Rocky III” se acababa de estrenar, así que el padre incluyó una copia totalmente nueva. También añadió “Rocky I” y “Rocky II”. Le costaron 60 dólares cada una.

Las tres cintas, todas con sello de fábrica, se vendieron por 53.750 en una subasta de febrero.

Ya que las cintas se diseñaron para ser reproducidas, existen pocas que no hayan sido abiertas después de 40 años. Pero como nunca se consideraron valiosas, también es posible comprarlas en cualquier lugar por una fruslería.

“Un hombre nos contó que encontró una edición de estreno sellada de ‘Indiana Jones y los cazadores del arca perdida’ en Goodwill”, relató Carlson. “Pagó 25 centavos y es probable que se vendan por 20.000 dólares”.

Los queremos vivos o muertos

Las raíces espirituales de Heritage, que se autodenomina la “casa de subastas de Estados Unidos”, se remontan a la clase más primitiva de coleccionista, el cazador de suvenires. Todo lo que no esté clavado al piso en Estados Unidos, y también varias cosas que sí lo están, se vuelven presa. Cuando viajó por Misuri en 1882, Oscar Wilde notó a una multitud que estaba destruyendo una pequeña casa amarilla.

“Es la casa del famoso ladrón de trenes y asesino, Jesse James, quien murió la semana pasada de un tiro disparado por su amigo, y la gente es cazadora de reliquias”, reportó el dramaturgo. “Ayer vendieron su bote de basura y su raspador de pies en una subasta, se dice que la aldaba de su puerta se va a vender esta tarde, el precio de reserva es más o menos el salario de un obispo inglés”.

Wilde agregó que “el culto a los héroes en Estados Unidos está inusualmente desarrollado y los héroes siempre se eligen entre los criminales”. Eso es más verdad ahora que nunca. Hace unos meses, Heritage vendió el revólver de bolsillo del bandido por 62.500 dólares.

El problema es que, los objetos históricos más antiguos previamente desconocidos son cada vez más escasos. Ya se han saqueado todos los graneros, sótanos y áticos en busca de tesoros. Es casi imposible encontrar artículos nuevos relacionados con Washington o Lincoln, por ejemplo.

“Al parecer ya se conocen todas las variedades de botones inaugurales de Lincoln”, comentó Curtis Lindner, director de la categoría de objetos históricos y políticos estadounidenses en Heritage. “No ha habido una fotografía nueva de Lincoln desde hace muchos años. Muchas personas nos dicen: ‘Tengo una imagen nueva’. Por desgracia, no todos los hombres con barba son Abraham Lincoln”.

Así que hay mucha presión para desarrollar nuevo material. Por ejemplo, las fichas de casino de Las Vegas. “Las personas tienen vínculos emocionales con Las Vegas”, mencionó Ray Farina, que dejó la categoría de objetos históricos y políticos estadounidenses para desarrollar este nicho. “Tal vez vieron a Elvis ahí en aquel entonces”.

En diciembre, una ficha de 1953 del legendario casino Sands se vendió por 12.000 dólares en Heritage. Ahora, la gente que tiene fichas está contactando a la empresa. Un hombre dice que su padre trabajaba para los casinos, se llevaba las fichas retiradas al desierto para enterrarlas en concreto. Al parecer, conservó algunas.

“Se corrió la voz”, dijo Farina. “Tenemos una habilidad tremenda para la publicidad aquí”.

El ritmo de las subastas de Heritage es incesante —en 2022, hubo 1034, casi tres al día, con un total de 412.270 lotes— al igual que el de los correos electrónicos que las promocionan.

Aun así, los ingresos apenas aumentaron en 2022 luego de crecer un 60 por ciento en 2021. La cifra de postores registrados se incrementó, pero solo fue una pequeña fracción. La capacidad publicitaria quizá tenga sus límites.

En busca de algo seguro

Sentado en su oficina un lunes lluvioso por la mañana, Chris Ivy, el director de subastas deportivas en Heritage, está un poco distraído. Esto se debe a que está hablando de subastas mientras hace ofertas en nombre de Heritage en la subasta de una camiseta de Michael Jordan que está llevando a cabo un competidor.

El verano pasado, Heritage vendió una tarjeta de Mickey Mantle en su temporada de novato por 12,6 millones de dólares, que se facturó como la pieza de colección deportiva más valiosa que se haya vendido en una subasta. En comparación, a Ivy le parece que la vestimenta que los jugadores usaron de verdad no se valora lo suficiente.

Sospecha que Jordan jugó un partido con esa camiseta, que se está vendiendo como si no fuera nada especial. “Tiene un margen de pérdida de unos 5000 dólares y un margen de ganancia de 100.000. Yo prefiero mil veces eso”, afirma. “Aquí usamos nuestros conocimientos para ayudar a generar ingresos”.

Ivy ganó la camiseta por unos 20.000 dólares. Para intentar autenticarla, va a usar un servicio de reconocimiento de imágenes, que rastreará todo el internet en busca de pruebas de que la prenda es lo que él piensa. Cuando un objeto histórico se valida con imágenes contemporáneas, los postores se sienten más motivados.

Los datos pueden ser engañosos y a la vez esclarecedores. Hace dos años, un videojugador australiano llamado Karl Jobst publicó un video popular en el que acusaba a Heritage de fraude. La empresa respondió que “siempre ha actuado con la máxima integridad y jamás ha inflado el valor del mercado de objetos de colección de videojuegos o ningún otro”.

Al centro de las acusaciones está la cuestión de las valoraciones. En los años ochenta, empresas evaluadoras empezaron a otorgar puntajes numéricos a las monedas en subasta. En teoría, eso significaba que los postores sabían exactamente lo que obtenían sin tener que examinar cada lote en persona.

Los puntajes aceleraron el desarrollo de las subastas en línea, donde la práctica se extendió a las tarjetas deportivas de colección, las historietas y, más recientemente, los cartuchos de videojuegos y las cintas de video. Tras ser valorados y clasificados, los artículos se insertan en un estuche de plástico rígido para impedir que se desgasten. Al igual que la evidencia fotográfica, un puntaje alto les garantiza a los postores potenciales que el objeto sí es algo especial.

Jobst señala que las clasificaciones son “muy subjetivas por naturaleza”. Cuando los comerciantes y coleccionistas obtienen un puntaje que consideran demasiado bajo, solo abren el estuche de plástico y envían el artículo de vuelta a la empresa evaluadora o a un competidor. Esto se conoce como el “crack-out game” (algo como el juego de romper y sacar).

La revista Forbes acusó a Halperin de hacer esto con monedas en 2004, con lo que creó una especie de inflación de puntajes que elevó los precios para muchos postores incautos. En una refutación extensa que sigue disponible en el sitio web de Heritage, Halperin afirmó que motivaba públicamente a usar esta técnica a cualquiera que obtuviera un puntaje que considerara demasiado bajo.

“Vendemos cada artículo como si fuera nuestro”, aseveró Ivy. “Nuestra pregunta siempre es: ‘¿Cómo podemos maximizar esto? Cuanto más consigamos para nuestros consignadores, más dinero ganamos”.

La bóveda de la nostalgia

Lo más emocionante sobre una colección es que es real, puedes bajarla de la repisa. Este, claro está, también es el problema del acto de coleccionar. Las colecciones fácilmente pueden saturar una casa, o una vida.

En fechas recientes, varias empresas de subastas en línea han anunciado programas para resguardar y cuidar colecciones en nombre de sus dueños. El pasatiempo de coleccionar, que se popularizó tanto como respuesta a lo virtual, se está alejando de su realidad física.

Un programa que eBay está poniendo a prueba usa una bóveda en Delaware para guardar tarjetas deportivas. Los coleccionistas no pueden visitar sus tesoros, pero eBay puede tomar una fotografía de la tarjeta y enviársela al propietario, como cuando te muestran a tu hijo en su campamento de verano. Beckett, una empresa de artículos deportivos de colección, abrió una bóveda de 9290 metros cuadrados en Plano, Texas.

Carlson, el experto en cintas VHS, no está tan seguro de querer usar una bóveda. Le gusta demasiado ver sus cintas. En todo caso, su colección no está creciendo mucho últimamente. Está inmerso en su trabajo en Heritage. Además, está el problema del dinero, o más bien la falta del mismo.

“Algunas de las cintas que me gustan se salen de mi presupuesto”, reconoció.