La bofetada no fue lo único sorprendente en los premios Oscar

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Especial para Infobae de The New York Times.

(Critic’s Notebook)

Esta pandemia nos sigue matando. En esencia, el virus es corporal. Sin embargo, también nos está costando la mente. Un edificio del Capitolio saqueado, una nación soberana invadida y diezmada, una serie de crisis de refugiados, más asesinatos estadounidenses, más sobredosis, más acoso: por ser asiático, por ser negro, por ser trans, por estar en el metro, por esperar para abordar el metro. El domingo, un par de horas antes de la edición 94 de los Premios de la Academia, vi a un hombre conducir en dirección contraria por mi calle de un solo sentido. No iba en reversa. Su auto se movía con confianza, con alegría, como si así debiera ser. Al final de la manzana giró a la derecha, también por la vía equivocada.

Así que no sé por qué me sorprendió cuando Will Smith se levantó de su asiento esa noche y abofeteó a Chris Rock. En realidad, no me impactó al principio. Asumí, como muchas otras personas, que era un poco porque, por reputación, Smith parece siempre dedicarse a hazañas fuera de lo común. Además, seguramente, la broma que Rock acababa de hacer sobre el corte de cabello corto y elegante de Jada Pinkett Smith, que se parecía al de Demi Moore en “Hasta el límite”, una película aparentemente feminista de pacotilla que se estrenó hace 25 años, no era el tipo de broma por la que uno arriesga su reputación. No obstante, nuestra época es así ahora. Cualquiera puede estallar, incluso un hombre que en su momento fue uno de los seres humanos más queridos de la Tierra, incluso un hombre que, antes de abandonar su asiento para golpear a otro, estaba a punto de disfrutar de una de las noches más felices de sus 53 años al aceptar un Oscar por su papel en “Rey Richard: Una familia ganadora”.

Supuse que también era un poco por la facilidad con la que Smith se acercó a Rock, y por la compacta eficacia de su bofetada y la manera en que la recibió Rock. Había algo coreografiado ahí, una reacción muy natural. Smith volvió a su asiento y procedió a gritarle a Rock. La ABC había cortado el sonido. Pero para entonces estaba claro que no estábamos presenciando una escena planeada. La rabia se había acumulado alrededor de los ojos de Smith. Lupita Nyong’o estaba sentada detrás de Smith; boquiabierta por completa atención que le prestaba a Smith. “Mantén el nombre de mi mujer fuera de tu boca”, se le pudo ver decir, además del improperio que no se puede repetir aquí.

Entonces, al final, ¿por qué tan impactante? Para empezar, no era Kanye West quien había perdido la cabeza. No fue Martin Lawrence. No fue Antonio Brown, cuyas erráticas travesuras en la NFL se reanudaron en enero cuando, en medio de un partido entre los Buccaneers de Tampa Bay y los Jets de New York, se quitó la camiseta y los protectores, lanzó su ropa y sus guantes a las gradas y luego salió corriendo del campo mostrando un signo de la paz (eso, para Brown, fue algo moderado). El causante de la perturbación del domingo por la noche es el ganador de diez premios individuales Nickelodeon Kid’s Choice Awards. Y la conmoción ocurrió por perturbar la rutina de los Oscar, una rutina que tanto Smith como Rock conocían, Smith por haber sido nominado tres veces y Rock por haber sido presentador en dos ocasiones. El programa quiso volver a su rutina después de que Smith pareciera calmarse. Eso también fue impactante. El espectáculo simplemente... continuó.

Y sin embargo no fue así, no continuó con la misma exuberancia desechable. El altercado de Smith con Rock se produjo cuando aún faltaba una hora para terminar con la transmisión. Y así comenzó un viaje a través de un extraño prisma de entretenimiento de la experiencia del hombre negro en este país. El acto estuvo dominado por los incondicionales del hiphop de la década de 1990 y rematado por Tyler Perry, un artista cuyas películas la academia nunca había reconocido pero que últimamente suele estar presente como una especie de dignatario. Perry inició el segmento “in memoriam” con un homenaje a Sidney Poitier, fallecido a principios de año y cuyo enorme atractivo simbólico es lo que más evoca Smith.

Habían invitado a Rock para anunciar al ganador del Oscar al largometraje documental. Una vez recuperada la compostura tras la bofetada, leyó el nombre de Ahmir “Questlove” Thompson por “Summer of Soul (...o cuando la revolución no pudo ser televisada)”; bueno, lo que dijo fue “Ahmir Thompson y cuatro tipos blancos”, lo cual no es exacto. Questlove, como Smith, creció haciendo música en Filadelfia. Y él también se sintió superado por el lugar en el que se encontraba, expresando su gratitud a su madre y a su difunto padre, teniendo en cuenta la importancia canónica de su película, que presenta el Festival Cultural de Harlem de 1969 como una efusión sin fisuras de rapsodia musical.

Entonces, tuvo lugar quizá el segundo evento más asombroso del programa. Llegó Sean Combs, más sabio de lo que jamás lo había visto. Intuyó, tal vez, que nos habíamos olvidado de que Rock no era el presentador real y que la noche se les había escapado a Wanda Sykes, Regina Hall y Amy Schumer, las presentadoras oficiales del programa, y les pidió a los asistentes que les dieran un aplauso. Luego habló del incidente. “No sabía que este año iba a celebrarse la ceremonia de los premios Oscar más emocionante de la historia”, comentó. “De acuerdo, Will y Chris, vamos a resolverlo como una familia en esta fiesta dorada, ¿vale? Pero ahora mismo seguimos adelante con amor”. Si alguien me hubiera dicho que la persona que podría seguir un altercado entre el príncipe del rap y la estrella y coguionista de la parodia de rap “CB4: La película” con una oferta de resolución de conflictos era el fundador de Bad Boy Records, que esta oferta se extendería a los Premios de la Academia, y que esta persona había sido invitada a rendir homenaje a ”El padrino” por su 50 aniversario, habría preguntado si Combs era la última estrella que quedaba viva. Él sabe de conflictos, pero en los asuntos de pleitos, parece que ahora es todo un pacífico.

Ese tramo de la transmisión me dijo algo sobre cuánto más habían avanzado las personas de raza negra, especialmente los hombres negros, después de siglos de entretenimiento estadounidense que durante la mayor parte de su existencia había ignorado su trabajo y su existencia. Ese tramo comenzó con mal gusto, violencia y resentimiento, incluyó la unción de un logro sublime en el cine de no ficción y terminó en una celebración de la vida de los muertos orientada al evangelio. Algo había cerrado el círculo. Hubo que superar muchos obstáculos para que estos hombres, criados en la pobreza y en la clase media baja, convergieran en este extraño momento como adinerados moldeadores de la cultura. Pero un giro en ese círculo lo ha estropeado todo. Y no creo que sea exagerado identificar esa mancha como un drama trágico.

De vuelta a su asiento, Smith esperó, como es costumbre, por la entrega del premio en su categoría, la de mejor actor. Al parecer, los productores no le pidieron que se fuera. Lo llamaron por su nombre. Como es costumbre, subió al escenario y pronunció un discurso que ha sido escudriñado por el arrepentimiento expresado (dirigido a todos menos a Rock) y las asociaciones forjadas. Smith usó el discurso para explicar que interpretar a Richard Williams, padre de Venus y Serena Williams, había despertado en él una comprensión de sí mismo como protector y defensor, de las mujeres, y especialmente de las mujeres negras.

Al ver a Smith el domingo, enterrando su comportamiento en la historia de las Williams, no estoy seguro de que haya vuelto del todo en sí. Nunca había experimentado una victoria que se pareciera tanto a una derrota. Sospecho que él también lo sabía. Se preguntaba si alguna vez volvería a ser invitado. Eso parece algo adecuado. No estaba aceptando un Oscar tanto como tratando de entregarse.

Cuando algo se rompe, probablemente es mejor no usar las manos para recoger los pedazos. Pero ahí estaba Smith usando una mano. Lo que ocurrió el domingo será uno de esos acontecimientos en directo que ahora nos desconcertarán por el resto de nuestras vidas, como cuando Justin Timberlake expuso el seno de Janet Jackson al final del espectáculo de medio tiempo del Súper Tazón de 2004. Hacía 55 años que nadie se preocupaba tanto por una bofetada de Hollywood. Pero cuando Poitier lanzó la suya contra un altanero blanco en el filme “Al calor de la noche”, fue contra el racismo. El incidente del domingo implicó a alguien que vivió un episodio privado que nunca deberíamos haber visto.

Eso es algo distintivo de los dos últimos años. Se nos ha hecho partícipes de todo tipo de comportamientos que preferiríamos no ver; hemos sido testigos de los peores momentos de la gente. Ahora hemos sido testigos de uno de los peores momentos de Smith. La mayoría de nosotros no conocemos a ninguna de estas personas. Sin embargo, a la vez, sí las conocemos. Las hemos hecho parte de una familia cultural; así es como, en parte, funciona el estrellato, especialmente el estrellato de la televisión, que, al principio, es lo que lograron Smith, Pinkett Smith y Rock. La razón por la que muchos de nosotros nos preguntamos qué acaba de pasar, la razón por la que estamos tan perturbados, una razón, es que tal vez esos tres personajes son como una familia, y duele verlos pelear. Ser testigo de una fragilidad emocional y psicológica intensa (llamémoslo narcisismo si es necesario) es quedarse con tantas preguntas acerca de quiénes somos y en quién se convirtió Smith el domingo por la noche. Es como cualquier otro misterio de estos últimos dos años. Nunca lo sabremos. Y con respecto a él, ¿por qué mereceríamos saberlo?