Especial para Infobae de The New York Times.
(On Soccer)
LONDRES — El cabezazo de Thomas Vermaelen golpeó primero el suelo y luego se elevó hasta chocar con el poste cerca de la esquina donde se une con el travesaño. Mientras el balón giraba hacia el centro de la portería, Lukas Hradecky, el portero de Finlandia, todavía estaba dándose la vuelta. De manera instintiva, Hradecky extendió una mano para intentar alejar la pelota. En ese instante, el destino de una parte importante de la Eurocopa de fútbol 2020 pendía de la punta de sus dedos.
Si Hradecky hubiera logrado sacar el balón de su portería, Finlandia podría haber clasificado a la fase de eliminación del primer gran torneo al que ha llegado. La selección de Dinamarca, que jugaba simultáneamente en Copenhague, probablemente habría sido enviada a casa.
Sin embargo, el hecho de que no pudiera hacerlo tuvo un impacto que va mucho más allá de los juegos en el grupo de Finlandia. Ese gol realmente marcó el rumbo de casi la mitad de los equipos en el torneo.
En consecuencia, Dinamarca podría pasar a la siguiente fase —a pesar de haber perdido sus dos primeros juegos y del trauma de ver a Christian Eriksen colapsar en la cancha—, siempre y cuando lograra concretar una victoria sobre Rusia, como lo hizo.
Ese gol también fue una buena noticia para Suiza. Había terminado su último juego de la fase de grupos la noche anterior y solo estaba a la espera de saber si había hecho lo suficiente para permanecer en el torneo. La derrota de Finlandia los hizo respirar aliviados.
En el grupo D, la derrota de Finlandia significó que también quedaran clasificados en los octavos de final tanto Inglaterra como la República Checa. Su juego, al día siguiente, sería un mero ejercicio administrativo para establecer cuál de los tendría el dudoso placer, dados los equipos que tendrían que enfrentar en la fase de eliminación, de terminar en el primer lugar del grupo. Croacia y Escocia se enteraron de que quien ganara el partido entre ellos tendría un lugar garantizado en los últimos 16 equipos.
Pero las cosas no quedaron ahí. De repente, a pesar de tener todavía un partido por jugar, Suecia y Francia también se habían clasificado. Portugal y muy probablemente España se unirían a ellos con solo un empate en su partido final. Mientras tanto, Ucrania estaba en la cuerda floja, ya que dependía de que otro equipo fracasara para permanecer en el torneo (Eslovaquia le terminaría haciendo ese favor). Todos sus destinos se habían decidido con un solo gol.
La conclusión del grupo B del lunes 21 de junio por la noche fue una obra maestra del drama lento. Los nombres involucrados —Finlandia, Dinamarca, Rusia— podrán ser menos glamorosos, pero no fue menos apasionante que la hora y media de caos protagonizada por Francia, Alemania, Portugal y Hungría en el grupo F un par de días después.
Esos juegos fueron la mejor publicidad para la estructura de 24 equipos del torneo de lo que la UEFA, que organiza el evento, podría haber esperado. El organizador de la competición admite que se trata de un formato un tanto arcaico: uno en el que se juegan 36 partidos para eliminar solo a 8 equipos y en el que no solo clasifican los ganadores y segundos lugares de los grupos, sino también 4 equipos de los que finalizan en tercer lugar.
Por tentador que sea idealizar los formatos más tradicionales, como el modelo de 16 equipos empleado anteriormente en las Eurocopas y la conocida estructura de 32 equipos de la Copa del Mundo, pueden llegar a ser pedestres. Sin embargo, ambos tienen una ventaja considerable sobre el sistema que hemos presenciado en las últimas dos semanas. No es solo el hecho de que, debido a que 16 de los 24 equipos clasifican a la fase de eliminación, haya demasiada recompensa y muy poco riesgo (aunque no de una manera tan pronunciada como en la Copa América de este año, en la que toda la fase de grupos es solo una fachada para eliminar a Bolivia y Venezuela). Es el hecho de que un solo partido, como lo demostró de forma clara el de Finlandia y Bélgica el lunes por la noche, puede tener influencia en casi todos los grupos.
La UEFA acepta que es un defecto de la estructura actual. En cuanto a logística, no es nada ideal: varios equipos descubrieron la identidad final de sus últimos 16 oponentes y las locaciones de sus partidos apenas cuando el grupo F concluyó sus partidos el miércoles. Eso hizo que la preparación para los juegos y la planificación de los viajes fuera mucho más compleja de lo que les habría gustado a los equipos.
Sin embargo, el problema mayor es menos pragmático. Los deportes son drama; cada juego es un arco narrativo autónomo. El pacto entre los ejecutantes y los espectadores es que los primeros les proporcionarán a los segundos una resolución. Una victoria significa tres puntos o la clasificación a la siguiente ronda. Una derrota significa cero puntos o la eliminación.
Una victoria que pueda o no traducirse en progreso es poco satisfactoria. Una resolución que se toma en otro lado es una ruptura del pacto.
Esto es lo que proporciona el argumento más convincente para aceptar la tendencia natural y declarar que es hora de que el Campeonato Europeo de la UEFA crezca aún más y se expanda para incluir a 32 equipos.
Hay suficiente calidad dentro de las filas de la UEFA para invitar a más equipos sin diluir los estándares del torneo: Serbia, Noruega, Rumanía, Irlanda del Norte, República de Irlanda, Grecia, Islandia y Bosnia (los 8 mejores equipos no presentes este año, según el sistema de clasificación profundamente defectuoso de la FIFA) le aportarían calidad a la competencia, no le restarían.
No obstante, para hacerlo de forma responsable, la UEFA tendría que comprometerse a una importante reforma del funcionamiento del fútbol internacional. A los jugadores de élite ya les piden que jueguen demasiados partidos tanto sus clubes como sus países. FIFpro, el sindicato mundial de futbolistas, ha advertido repetidas veces que el agotamiento provocará un incremento de las lesiones, una preocupación que comparten varios entrenadores importantes y, cada vez más, los propios jugadores.
Entonces, para que la Eurocopa se expanda algo tendría que cambiar: el laborioso y predecible proceso de clasificación. En lugar de obligar a las principales naciones a saltar obstáculos durante dos años para que de todas formas lleguen a las finales, tendría más sentido garantizarles un lugar a cada una de ellas.
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