Los chicos con sus vestidos de verano

Brendan Dunlap, a substitute teacher, in the Mission District of San Francisco on June 5, 2021. Gender fluidity enters its next phase as men increasingly step out in skirts and frocks. (Peter Prato/The New York Times)
Brendan Dunlap, a substitute teacher, in the Mission District of San Francisco on June 5, 2021. Gender fluidity enters its next phase as men increasingly step out in skirts and frocks. (Peter Prato/The New York Times)

Especial para Infobae de The New York Times.

Parece bastante improbable que, cuando Irwin Shaw escribió “Las chicas con sus vestidos de verano”, su clásico homenaje a “un millón de mujeres maravillosas, por toda la ciudad”, que van a la deriva por la acera mientras la cálida brisa tira de sus dobladillos, pudiera haber imaginado un día en el que esas “chicas” probablemente fueran hombres. Por muy sexista y anticuado que sea el relato de Shaw de 1939, tan antologado, exponía verdades sobre la existencia urbana y el placer absoluto de mirar.

Esos placeres, en gran medida pausados durante los últimos dieciséis meses, han regresado ahora que nos aventuramos a salir de nuestras cuevas. Para sorpresa de varios observadores, parece que un número considerable de nosotros ha aprovechado el tiempo de confinamiento para replantearse algunos estereotipos sobre quién puede ponerse qué.

Khoa Sinclair, por ejemplo, abordó el encierro como un momento de experimentación, una oportunidad para impulsar un estilo ya liberado de las rígidas convenciones binarias hacia el reino de la “feminidad de siguiente nivel”.

Así que ahí estaba Sinclair, de 26 años, en una reciente y calurosa tarde paseando por Domino Park en Williamsburg, Brooklyn, con el fleco rizado al estilo de un personaje de anime y los brazos tatuados que salían de las mangas de un sinuoso vestido plisado de Issey Miyake.

“Durante mucho tiempo, la gente ha estado tan enfrascada en ser de una manera o de otra”, dijo Sinclair, refiriéndose a los códigos de vestimenta de género que están cambiando. “La gente ‘queer’ ha estado jugando con eso durante mucho tiempo. Pero ahora vemos a muchos chicos con vestidos que no se identifican como personas femeninas”.

Vemos a ASAP Rocky, eminencia del hip-hop y creador de tendencias, enfundado en una falda escocesa de Vivienne Westwood en la portada de la última edición de GQ. Vemos al hijo de Madonna, David Banda, jugador de fútbol de 15 años, deslizándose por un largo pasillo en un video viral, vestido con una prenda de seda blanca que llega hasta el suelo de Mae Couture, algo que, según él, es “muy liberador”.

Vemos una oleada de profesores en España que acuden a la escuela con faldas para apoyar a un alumno expulsado de clase y obligado a buscar asesoramiento tras ponerse una. Vemos a Lil Nas X en “The Tonight Show” con una larga falda de tartán —un símbolo varonil en Escocia y en pocos otros lugares— y a Bad Bunny en los Grammy con un abrigo de Burberry puesto sobre una clásica túnica negra de Riccardo Tisci que se asemeja a un hábito de monja.

En una tarde reciente en Washington Square Park, observamos a chicos que usaban un atuendo que recuerda a la portada de “The Face” de Kurt Cobain en 1993: una minifalda de colegiala a cuadros, al estilo de Britney Spears, y un conjunto de blusa y falda de manga larga, también de Miyake, complementado con calcetines negros y zapatos de suela de charol.

“Empecé usando blusas y luego pantalones de mujer”, dijo Robert Saludares, de 24 años, un especialista en el cuidado de la piel que creció recogiendo granos de café en una granja de Hawái, sobre su traje de Miyake. “Ahora, sinceramente, solo compro en el departamento de mujeres”.

Si las calles son el campo de pruebas definitivo de los cambios sociales, no siempre se prestan a una fácil medición estadística. Para eso está el internet. Las búsquedas de artículos de moda que incluyen palabras clave “agénero” aumentaron un 33 por ciento desde principios del año en Lyst, una plataforma mundial de moda que agrega datos de 17.000 marcas y tiendas minoristas. Las visitas a páginas de boas de plumas se dispararon un 1500 por ciento después de que Harry Styles se puso una en los premios Grammy de 2021. A las 24 horas de la aparición de Kid Cudi en abril en “Saturday Night Live” con un vestido de verano de Off-White, el sitio de la marca registró un aumento del 21 por ciento en las búsquedas de artículos similares.

“Cuando empezamos a ver que las celebridades masculinas llevaban faldas con mucha más frecuencia, dijimos: ‘Intentemos hacer una edición de faldas en la sección masculina de nuestra aplicación’”, dijo por teléfono desde Londres Bridget Mills-Powell, directora de contenidos de Lyst. “En cierto modo no creíamos que fuera a funcionar tan bien, pero luego obtuvimos una interacción realmente alta, mayor que la de nuestras otras listas”. Con una nueva publicación en Instagram acompañada de una imagen de Lil Nas X, la edición de faldas de Lyst “estalló”, comentó.

Han pasado casi dos décadas desde que Andrew Bolton, comisario responsable del Costume Institute del Metropolitan Museum of Art, montara una exposición de gran alcance titulada “Corazones valientes: Hombres con faldas”. Y, aunque antropólogos culturales como Bolton fueron los primeros en detectar los tipos de cambios culturales que suelen aparecer primero en la moda, es posible que ni siquiera él haya previsto el momento en que dos personajes masculinos de una serie ganadora de un premio Emmy se casarían al aire, uno de ellos vestido con falda, como lo hicieron David Rose (Daniel Levy) y Patrick Brewer (Noah Reid) en “Schitt’s Creek’’ en 2018. (Casualmente, la falda era de Thom Browne, pionero de la vestimenta posgénero, y también novio de Bolton).

De alguna manera, en los años transcurridos desde el desfile del Met de 2003, nuestros ojos se han adaptado a imágenes que en su momento pudieron escandalizarnos, como la del cómico británico Eddie Izzard, un travesti de toda la vida (que el año pasado empezó a utilizar el pronombre “ella”) quien una vez comentó en un programa de entrevistas británico que no había nada inherentemente femenino en sus trajes: “No es ropa de mujer”, dijo Izzard, según la que puede ser su frase más famosa. “Es mi ropa. La compré yo”.

Además, nuestra vestimenta ya no puede considerarse automáticamente un “indicador” de nada, como ocurría en las épocas represivas en las que, por ejemplo, los hombres homosexuales que estaban en el clóset se veían obligados a señalar su sexualidad a los demás mediante el tipo de gestos sartoriales codificados que dieron lugar a frases como “marica como la cinta del sombrero de Dick”.

“Nos estamos replanteando todo eso”, dijo Will Welch, editor de GQ. “Un tipo con Allbirds y una sudadera con capucha puede ser multimillonario. Así que ya no se pueden hacer suposiciones”, sobre todo en lo que respecta a la orientación de género de “esos chicos con vestidos en Washington Square Park”.

Para el estilista de moda Mickey Freeman, de 30 y tantos años, que ha evitado usar pantalones durante casi seis años, una falda escocesa es una herramienta para burlar las restricciones sociales sobre lo que constituye la identidad masculina negra. “La mayoría de la gente tiene una directriz interna sobre cómo la ropa contribuye a la masculinidad de un hombre”, escribió Freeman en un correo electrónico. Los chicos que buscan aflojar “los grilletes internos” de la presentación de género pueden beneficiarse de hacer una prueba con una prenda creada sin dos piernas y sin cierre.

Además, para Eugene Rabkin, de 44 años, un periodista de moda que el año pasado publicó un relato en StyleZeitgeist, su popular revista en línea, titulado “Cómo dejé de preocuparme y aprendí a amar la ropa de mujer”, este proceso se basó en la comodidad y la estética, no en el descubrimiento del género. (Como, de hecho, ocurre en gran parte del mundo no occidental, donde es tan probable ver a los hombres con túnicas, dhotis o lungis como con pantalones). Cuando Rabkin, que se identifica claramente como cisgénero y heterosexual, compró su primera prenda “femenina” en 2003, su selección, poco controvertida, fue un par de botas de combate Ann Demeulemeester que Nicole Kidman se había puesto para el número de septiembre de Vogue.

“Para mí, no hay nada particularmente femenino en ellas”, escribió Rabkin, refiriéndose a las faldas y túnicas, y otras prendas que ha adquirido desde entonces de las colecciones femeninas de diseñadores como Rick Owens, Raf Simons y Jun Takahashi. “Lo que hago cuando compro prendas femeninas no es un gesto transgresor de rebeldía sobre las normas sociales conservadoras”.

En una ocasión, Rabkin, junto con su mujer, compró prendas básicas en Uniqlo y se encontró en un probador ajustando la cintura de una falda acolchada que ella se había probado sin éxito y que luego sugirió que le quedaría mejor a él. Y así fue.