
Desde hace mucho tiempo, poetas y políticos han sabido que la mente y el corazón están relacionados. Ahora, los neurocientíficos y cardiólogos han demostrado, una vez más, en un estudio publicado este mes en The European Heart Journal, que la conexión es más que una metáfora. Resulta que aquellas personas que padecen una enfermedad grave y poco común conocida como síndrome del corazón roto tienen un cerebro que funciona distinto al de las personas sanas, lo que indica que aquello que sucede en la cabeza puede dañar al corazón.
El padecimiento, conocido en el ámbito médico como síndrome de Takotsubo, aparece, por lo general, después de una experiencia de estrés extremo como el que se siente ante la pérdida de un ser querido. Este está marcado por un debilitamiento repentino y una súbita inflamación del corazón, que comienza a asemejarse a una trampa para pulpos japonesa que tiene el cuello angosto y es conocida como takotsubo. (El médico que describió este síndrome por primera vez era japonés). Los investigadores han sospechado que el padecimiento, que afecta principalmente a las mujeres y que, aunque puede ser mortal, suele sanar con el tiempo, está relacionado con el cerebro y el control que tiene sobre cómo el sistema nervioso maneja el estrés. El sistema nervioso simpático acelera el cuerpo, incluyendo el corazón, como respuesta al peligro; el sistema nervioso parasimpático regresa todo a la calma, y el sistema límbico genera y controla las respuestas emocionales. Las regiones del cerebro que regulan estos sistemas se comunican entre sí de forma muy cercana con el propósito de que los procesos autónomos y básicos, como el latido del corazón, sigan funcionando sin complicaciones.

Un grupo de cardiólogos suizos se preguntó si una interrupción en la interacción de estos sistemas podría relacionarse con el síndrome del corazón roto. Reunieron a 15 voluntarios que habían sobrevivido al síndrome de Takotsubo en los últimos años y a otros 39 participantes que no lo habían padecido; luego, los neurocientíficos realizaron una resonancia magnética funcional en el cerebro de todos los participantes. En los voluntarios sanos, las zonas del cerebro asociadas con las emociones y los sistemas nerviosos simpáticos y parasimpáticos se iluminaron de forma sincronizada, tal como se esperaba; sin embargo, la comunicación entre esas áreas fue relativamente escasa en los sobrevivientes del síndrome de Takotsubo. La actividad neuronal reducida fue más evidente entre las regiones del cerebro que controlan los sistemas nerviosos simpáticos y parasimpáticos; al parecer, la calma fisiológica que debería presentarse después de un episodio de estrés tenía menos probabilidades de manifestarse.
Las resonancias sugieren que el síndrome del corazón roto posiblemente comienza en el cerebro con la reacción –o reacción excesiva– ante el estrés, de acuerdo con Christian Templin, profesor de Cardiología en el Hospital Universitario Zurich, que dirigió el estudio.
No queda claro si el estrés cambió el cerebro de las personas con síndrome de Takotsubo de formas que luego produjeron un daño en el corazón o si su cerebro ya mostraba predisposición a manejar el estrés de modo deficiente. Tampoco queda claro cómo el cerebro alterado cambia al corazón, pero Templin afirma que "se liberan hormonas del estrés, lo cual podría afectar la respuesta cardiovascular". El estudio pone énfasis en el hecho de que nuestro cerebro y corazón están relacionados a un nivel incluso más íntimo de lo que han pensado los científicos, de acuerdo con Templin. El intercambio bioquímico entre ellos les afecta a ambos. El dolor emocional puede destrozar un cuerpo, por eso nadie debería dudar en buscar ayuda para manejar el estrés.
* Copyright: 2019 The New York Times News Service
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