Día de la Infancia: 7 emprendimientos que fabrican juguetes sustentables y con impacto social

No usan plásticos ni pilas, promueven el conocimiento de ecosistemas y culturas locales, ofrecen trabajo a comunidades, activan la creatividad y son bellos objetos artesanales: los juguetes fabricados por emprendimientos con conciencia ambiental e identidad nacional y las razones para regalarlos

Juegos y juguetes elaborados con materiales reciclados, que enseñan sobre flora, fauna y modos de vida de pueblos originarios; de uso abierto y sin demasiadas reglas. Así son los productos sustentables y con identidad nacional que ofrecen cada vez más emprendedores en todo el país.

Las historias de estos emprendimientos tienen puntos en común: el nacimiento del primer hijo o la primera hija que disparó la reflexión sobre lo que el mercado les ofrece a niñas y niños, el deseo de emprender para disponer del tiempo de otra manera y combinar trabajo con maternidad o paternidad, el desarrollo de una habilidad artesanal propia o de una idea que nació de manera fortuita. Por uno u otro motivo, los emprendimientos de juegos y juguetes que fomentan la protección del ambiente y el conocimiento de la Argentina crecen en tierra fértil.

A pocas semanas del Día de la Infancia, siete creadores y creadoras, de norte a sur del país, presentan sus propuestas.

Kurumi (CABA):

Paula Ellinger —brasileña radicada en Buenos Aires, licenciada en Relaciones Internacionales, experta en cambio climático y madre— es la ideadora y cofundadora junto a Sanny Purwin, su socia en Brasil, de Kurumi, una iniciativa que busca conectar a los niños y niñas con las comunidades originarias. La idea llegó a su vida junto con su hija: “Cuando ella nació me di cuenta de que muchas personas buscan mostrar todo lo bueno que desean para un chico o chica a través de un regalo; sin embargo, muchas veces los regalos generan perjuicios para su futuro: cerca de un 90 % de los juguetes son de plástico. Sabemos que el plástico genera una alta huella ecológica en su producción por involucrar combustibles fósiles y, también, en su deshecho, porque es muy difícil de reciclar y queda en el ambiente por centenas de años”.

“¿Cómo podemos hacer que un regalo, como demostración de amor, sea coherente con lo que deseamos para los chicos y chicas y ayude a restaurar el planeta?”, se preguntó. Y encontró la respuesta en las comunidades originarias. “Porque ellas son las grandes guardianas del planeta y de los ecosistemas, tienen un profundo conocimiento de los recursos naturales. Pero también viven situaciones de presión socioeconómica y desvalorización de su cultura. Entonces, al conectar el mercado de juegos y juguetes con los pueblos indígenas respondemos a una demanda de regalos coherentes con lo que deseamos para los chicos y generamos una oportunidad económica para los pueblos originarios”, explica.

Uno de los juegos de Kurumi, con fauna autóctona. (Imagen: gentileza Paula Ellinger)
Uno de los juegos de Kurumi, con fauna autóctona. (Imagen: gentileza Paula Ellinger)

Kurumi (que significa niño o niña en tupí-guaraní) comenzó oficialmente el año pasado, justo antes de la pandemia, cuando Paula y su colega Chris Vaan Dam, de VinculArte —un proyecto que vende artesanías de comunidades indígenas y campesinas que tienen dificultades para acceder al mercado— viajaron a Salta a conocer a los artesanos y artesanas y decidieron trabajar juntos para desarrollar la colección de productos infantiles Compañeros del Monte.

Figuras de relatos tradicionales wichí, un tángram que involucra los saberes de un ornitólogo, dados, sellos de huellas y un memotest y un rompecabezas hechos a partir de obras del pintor wichí Reynaldo Prado son algunas de las propuestas de una colección en la que “todos los productos enseñan sobre pájaros, animales, árboles y sobre el modo de vida de las comunidades y su relación con el monte”. Y son hechos “con materiales naturales, manejados de manera cuidadosa por los artesanos y sin uso de plástico”, dice Paula. Porque “al final del día todo esto es un medio para que repensemos nuestro modo de consumo y nuestra relación con el planeta”.

Ondulé (Córdoba):

Como el inicio épico de grandes bandas de rock, Ondulé comenzó en un garaje “con solo una mesa, una trincheta y mucho cartón”, dice Matías Portela, quien hace una década tuvo que pensar una propuesta de negocio para la diplomatura en Creación de Empresas que cursaba. “Entre todas las ideas que surgieron estaba la elaboración de juguetes a partir de cartón, un concepto muy desarrollado en Europa que no estaba siendo explotado en la Argentina. Aunque fue descartada por el grupo con el que estudiaba sentía que era una excelente idea, ya que contemplaba el desarrollo de los niños y el cuidado del medio ambiente”, cuenta.

Matías se puso a investigar y se convenció de que había una oportunidad. “Pero solo no podía. Se sumó Santiago Guzmán en el área productiva y luego Guillermo Costa (que es maestro de primer grado) en el desarrollo de juguetes. En diciembre de 2011, en el garaje de la casa de su madre, Ondulé empezó a fabricar sus primeras casas para pintar. Después de 10 años lleva producidos más de 150.000 juguetes con alrededor de 100.000 kilos de material reciclado y tiene presencia en unas 400 jugueterías del país”, cuenta.

La casa de Ondulé para armar y pintar. (Imagen: gentileza Matías Portela)
La casa de Ondulé para armar y pintar. (Imagen: gentileza Matías Portela)

A estos emprendedores no les fue fácil instalar lo que hacen. Les llevó tiempo demostrar “que el cartón no solo sirve para ser caja sino que también puede convertirse en un juguete”, dice Matías. “Y no pasaba solo por la materialidad, buscábamos que nuestros productos potenciaran la esencia creativa de los niños y niñas, por eso trabajamos con psicopedagogos, psicomotricistas y maestras jardineras para su desarrollo”.

La mayoría de sus productos —entre los que se destacan una gran casa para armar y pintar, un avión para decorar a gusto y meterse adentro a volar, libros de cuentos con escenografías y personajes para armar y recrear las historias— están hechos de cartón reciclado que obtienen de la Cooperativa de Carreros de Villa Urquiza y de IRCA, una empresa que se dedica a la gestión de residuos sólidos de grandes empresas. De esta forma, transforman en juguetes el cartón que otros descartan. Este modo de producción convirtió a Ondulé en la primera empresa B de Córdoba: una iniciativa que ofrece soluciones concretas a problemas económicos, sociales y ambientales.

Bicho canasto (Córdoba):

Vanesa Platero es diseñadora gráfica. De chica, dice, siempre disfrutó de hacer manualidades, estar entre telas, hilos y botones. Cuando se convirtió en profesional comenzó a trabajar en una agencia de marketing digital y relegó sus habilidades artesanales. Varios años después sintió el impulso de volver a conectarse con esa actividad creativa y, como un hobby para salir del trabajo en la pantalla, empezó a fabricar muñecos de tela.

“Hice algunos, de a poquito, y me gustó cada vez más. Abrí una cuenta de Facebook y vendí los primeros. Después decidí irme de la agencia para enfocarme en esto que era algo a lo que tenía muchas más ganas de dedicarme. En ese momento quedé embarazada y el proyecto cobró mucho más sentido. Le di más forma y pensé un poco más en cómo encararlo y relancé la marca en 2015, cuando nació mi hija”, cuenta.

Pero no fue sino dos años después que Vanesa supo por dónde iría el punto fuerte de la propuesta. En ese momento le regalaron a su niña un libro de animales argentinos y a Vanesa le sorprendió la facilidad con la que ella aprendía sus nombres y los reconocía. “Fue cuando empecé a ver que no había cosas sobre animales argentinos o había muy poquitas. Y se me ocurrió la idea de hacer una edición de muñecos. Hice diez de cada uno para probar y el momento coincidió con una edición de la Feria del Sello de Diseño Cordobés así que los presenté. ¡Todo el mundo estaba enloquecido! Yo no lo podía creer”.

Vanesa Platero fabrica muñecos de animales como el yaguareté, el oso hormiguero o el tatú carreta. (Imagen: gentileza Vanesa Platero)
Vanesa Platero fabrica muñecos de animales como el yaguareté, el oso hormiguero o el tatú carreta. (Imagen: gentileza Vanesa Platero)

Así, Vanesa se volcó a fabricar muñecos de animales nacionales: el yaguareté, el oso hormiguero, el yacaré, el tatú carreta, la llama y el aguará guazú son algunas de las estrellas de su colección que hace poco sumó también aves como el pingüino patagónico, el flamenco y el tucán. Todos están realizados con frisa de algodón, rellenos con vellón siliconado y son lavables en lavarropas. Los que tienen estampas están hechos con serigrafías con tintas al agua para que no sean tóxicos. Se fabrican reduciendo al mínimo el uso de plásticos y se reutilizan “absolutamente todos los materiales”, dice Vanesa. “Las etiquetas son de papel obra para que sea más fácil de reciclar o de llevar al compost, cambiamos la cinta de embalar por cinta de papel y así vamos ajustando todo para que sea más amigable con el ambiente”.

Oh! Pacha (Rosario, Santa Fe)

En Rosario, hace una década, Luciana Dittamo también buscaba hacer juguetes diferentes de los que veía en el mercado: “Me gusta hacer algo único, que no se pueda encontrar en otro lugar, esa es la esencia de Oh! Pacha. Para mí, el juego es un momento intrínsecamente creativo, en el que nos olvidamos de todo y nos dejamos perder en la acción de jugar. No importa la edad ni el género en ese tiempo mágico que, decimos, es nuestro ritual. Nuestros productos están pensados para crear esos momentos”, dice.

Entre sus propuestas se destaca la “vicuñita pomponera”, una vicuña de madera envuelta en lana con instrucciones para hacer pequeños pompones y así estimular la motricidad fina. Y los kits de sombras, que son libros con una leyenda inca, guaraní o huarpe y seis títeres de sus personajes para proyectar sombras en paredes y techos y darle vida a la historia.

La “vicuñita pomponera” de Oh! Pacha, con lana para hacer pompones. (Imagen: gentileza Luciana Dittamo)
La “vicuñita pomponera” de Oh! Pacha, con lana para hacer pompones. (Imagen: gentileza Luciana Dittamo)

“El kit de sombras es el primer producto que surgió y nació justamente de la idea de volver al origen. Es un juego que no tiene edad, que está hecho para compartir un momento. Quería contar historias locales para perpetuarlas. Hicimos una selección de historias de distintos pueblos originarios y elegimos la leyenda de la Pachamama, que cuenta sobre la cosmovisión inca de la creación del universo; la de la flor del ceibo —la flor nacional de la Argentina y de Uruguay—, que tiene una niña guaraní heroína como protagonista, y la leyenda del viento zonda, que es de origen huarpe y cuenta sobre el cuidado del naturaleza”, cuenta Luciana.

En cuanto al impacto ambiental, la emprendedora se desafía a pensar más de un uso para sus productos: “Por ejemplo, las vicuñitas sirven para hacer pompones, pero también pueden utilizarse como animalito para jugar y como elemento decorativo”. Y trata de que el packaging forme parte del juego para evitar que sea material de descarte. “En los kits de sombras, el pack es el mismo librito, con los títeres en su interior. Además tengo la premisa de no utilizar pilas y evitar el plástico todo lo que pueda”, detalla.

Awibi (Luján de Cuyo, Mendoza):

En la Región del Cuyo, las hermanas Ania y Melanie Gil también se aventuraron con una propuesta en plena pandemia. Ania es ingeniera en recursos naturales renovables y se está formando en puericultura y crianza. La llegada de Indira, su hija (quien desde muy pequeña se nombra a sí misma “Awibi”), revolucionó toda su vida. Melanie es diseñadora gráfica y disfruta de hacer actividades manuales y aprender diferentes oficios, jugando. Además, es la madrina de Indira, quien inspiró la marca. Desde que ella nació, Ania comenzó a pensar en que quería darles algo diferente a los juguetes que le regalaban, “casi siempre de plástico, llenos de luces y sonidos”, y empezó a buscar opciones: “Quería juguetes de madera, más simples, y me costó un montón, en Mendoza, encontrar algo así”.

Así fue que “inspiradas en la naturaleza, sosteniendo las banderas de la sustentabilidad y el juego libre” y ocupando un placard de la casa que devino en un pequeño taller de 3x3 metros lanzaron Awibi, su propuesta basada en “materiales nobles como maderas, telas y otros elementos naturales para ofrecer juguetes llenos de vida”.

Una de las cajas de Awibi, con una selección de materiales y piezas. (Imagen: gentileza Ania y Melanie Gil)
Una de las cajas de Awibi, con una selección de materiales y piezas. (Imagen: gentileza Ania y Melanie Gil)

“Todas las piezas de madera son tratadas con tintes no tóxicos y protegidas con ceras naturales y aceite vegetal que fabricamos nosotras mismas”, cuentan. “Gran parte de las maderas provienen de la poda del arbolado público, que en Mendoza es muy importante. Y hace poco conseguimos muchas maderas de descarte de una fábrica. Para ellos es un residuo y para nosotras es oro”.

Entre los juegos que ofrecen se encuentra las bolsas de tesoros (una colección de objetos de madera), un set de masas naturales de diferentes colores para modelar y la estrella de la colección, las cajitas Awibi: “Una propuesta de juego no estructurado que contiene una selección de materiales y piezas para fomentar el juego libre”, explica Ania. Los juguetes de Awibi “no tienen instrucciones, ni forma de uso, ni reglas, ni edad definida ni están destinados a un género y aunque eso a veces incomoda a algunas personas adultas, cualquier niñe que recibe una cajita sabe automáticamente qué hacer”, aseguran.

Liviano Juguetes Sustentables (CABA):

La marca Liviano —que ofrece juguetes de tela de papel y papel lavable para pintar, usar, lavar y volver a pintar— nació con ese nombre hace tres años, después de que se disolviera un proyecto similar y de que Mariana Meller decidiera seguir recorriendo ese camino. La idea, en cambio, tiene más de diez.

Como otras emprendedoras, Mariana venía del mundo corporativo del marketing y el nacimiento de su primera hija la llevó a prestar atención a otras cosas. “Mi hija mayor empezaba a colorear y yo sentía que lo que había para ofrecerle era todo parecido. Pensé que no era necesario recurrir a productos importados si aquí había creatividad y personas supercapacitadas para hacer cosas de diseño y calidad sin resignar lo lúdico y creativo. Y busqué materiales y conceptos que fueran usados con otras funciones para darle una vuelta y que fueran originales”.

Así fue que pensó en crear diferentes objetos como globos terráqueos, mochilas, carteras, cartucheras, lonas, almohadones, para pintar, limpiar y volver a pintar. Teniendo como horizonte la “sustentabilidad, entendida como las acciones que dejen un mundo mejor al actual, tanto en lo ambiental como en lo social. Utilizando materiales que no contaminan, que pueden reutilizarse y eventualmente ser reciclados”.

Los globos terráqueos para pintar, lavar y volver a pintar son algunas de las creaciones de Liviano. (Imagen: gentileza Mariana Meller)
Los globos terráqueos para pintar, lavar y volver a pintar son algunas de las creaciones de Liviano. (Imagen: gentileza Mariana Meller)

Como sus colegas, Mariana intenta reducir al mínimo la utilización de plásticos de un solo uso y “generar la menor cantidad posible de residuos y aprovechar toda la materia prima”. Cuando no utiliza los retazos para productos más pequeños, los dona a la Red de Costureras de Pilar. Además de producir juguetes sustentables, Liviano busca tejer redes e incluir a poblaciones a las que no les es tan fácil conseguir una oportunidad. El principal taller de costura que abastece a la marca, cuenta, lo conoció a partir de la Fundación Cosiendo Redes, que capacita a mujeres en situación de vulnerabilidad. Y los tramos finales de la producción (doblar, empaquetar, poner cintas, armar juegos) los realizan jóvenes con discapacidad intelectual que participan de la fundación IDEL, una organización dedicada a promover la inclusión laboral.

“Soy una convencida de que el mundo se cambia con estudio y trabajo, pero si las personas no tienen la posibilidad de acceder a las dos cosas, no pueden crecer. Es clave dar esta chance”, dice.

Fauna Brava (Chubut - CABA):

Romina Palma, Sabrina Correa Da Silva, Mercedes Portillo Utani y Valeria Roa conforman Fauna Brava, una marca que nació en 2012 “casi sin buscarlo”, dice Romina, quien dirige el proyecto. En su caso, la idea de fundar un emprendimiento no fue premeditada, llegó a partir de una experiencia educativa cuando ella, una chubutense formada en Artes Plásticas, quería enseñarles a sus alumnos y alumnas de primaria en la Ciudad de Buenos Aires “algunas herramientas de escultura”. Para hacerlo diseñó unas láminas didácticas con instrucciones para armar muñecos.

“Ahí surgió algo muy potente: una de las mamás de los chicos, directora de una escuela, vio el potencial de esa lámina, que es una tela de 50x70 centímetros, de algodón nacional natural, es decir que no está blanqueado si no que tiene el color de la fibra, estampada artesanalmente con serigrafía y tinta al agua. Los materiales eran esos porque los fabricaba yo, son alcalinos y saludables. La lámina tenía la moldería de un muñeco con todas las indicaciones para que los chicos pudieran construirlo. Así surgió Fauna Brava”, relata.

De ese elemento educativo nació el producto insignia de la marca: los muñecos para armar. “Sin darnos cuenta generamos no solo un dispositivo lúdico sino que también genera otros saberes, otros vínculos, otras realidades o interacciones familiares porque muchas veces los papás arman esos muñecos con sus hijos y se da esto de animarse al desafío, al error, a tener nuevas herramientas”, dice Ronina.

Los pingüinos del emprendimiento chubutense Fauna Brava. (Imagen: gentileza Romina Palma)
Los pingüinos del emprendimiento chubutense Fauna Brava. (Imagen: gentileza Romina Palma)

Fauna Brava ofrece también muñecos ya fabricados y títeres de dedos de animales patagónicos como pingüinos, ballenas y huemules.

Las creadoras de Fauna Brava son activistas medioambientales, por lo que todas sus acciones están atravesadas por ese posicionamiento. Romina cuenta que su marca fue una de las primeras en utilizar algodón natural y que cuando apareció era raro ver juguetes de tela. Más aún una propuesta que invitaba a fabricarlos. “El público comercial no lo entendía. Cuando estábamos en las ferias muchos papás venían y nos decían ‘por qué voy a querer que mi hijo o mi hija cosa’, ‘no quiero que sea costurera’. Eso se fue desarmando. Ahora las personas que consumen Fauna entienden que es una experiencia para compartir”.

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Esta nota forma parte de la plataforma Soluciones para América Latina, una alianza entre INFOBAE y RED/ACCIÓN