
La princesa Alicia de Gloucester será recordada no solo por su longevidad en la familia real británica, sino por la generosidad hacia su personal y el espíritu aventurero que la llevaron a desafiar las convenciones de su tiempo. Fallecida hace veinte años, el 29 de octubre de 2004, a los 102 años, la tía de la reina Isabel II dedicó su vida a la realeza y al servicio, pero también vivió una serie de aventuras poco comunes para una noble de su época.
Al final de su vida, honró su promesa de generosidad y dejó una suma significativa de su herencia a los empleados que la acompañaron lealmente y la asistieron en cada etapa de su extraordinaria vida.
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Una nobleza marcada por la generosidad
El acto de dejar parte de su fortuna a sus empleados, sumando 30 mil libras esterlinas (aproximadamente 36.600 dólares), fue un reflejo de su aprecio por quienes la rodearon. En su testamento, incluyó a 14 miembros del personal, entre ellos tres mayordomos, cinco jardineros, tres damas de compañía, un secretario y un escudero privado, quienes recibieron una suma como reconocimiento a su devoción y servicio.
Sir William Bland, antiguo ayudante de cámara y beneficiario, describió a la princesa como “extraordinaria y maravillosa”, alguien que siempre pensaba primero en los demás.
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Espíritu aventurero y deseo de libertad

Desde joven, Alicia mostró un gusto único por la aventura, poco común entre los miembros de la aristocracia británica. Criada en una familia noble de prestigio, los Montagu-Douglas-Scott, y rodeada de propiedades familiares, desarrolló un vínculo especial con la naturaleza y las actividades al aire libre.
Su amor por Escocia la llevó a preferir Langholm, una de las residencias de su familia en las tierras altas, donde a los 14 años vivió una experiencia cercana a la muerte al quedar atrapada en una corriente. Este incidente, que la convenció de dedicar su vida a un propósito útil, marcó el inicio de su espíritu comprometido y audaz.
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Exploraciones en África y Afganistán
A los 30 años, en un intento de escapar de las restricciones de la nobleza, Alicia emprendió una serie de viajes de aventura. En África, buscó oro y conoció a figuras como la escritora Karen Blixen y los aristócratas del “Valle Feliz” en Kenia. Aunque famosa por sus fiestas y su estilo de vida indulgente, Alicia encontraba estas reuniones superficiales y prefería distanciarse de ellas.
En otro de sus viajes, se aventuró a Afganistán disfrazada para explorar una zona prohibida para las mujeres extranjeras, un acto que causó revuelo en su tiempo.
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Compromiso con la monarquía y el servicio público
En 1935, tras regresar a Inglaterra, contrajo matrimonio con el príncipe Enrique, duque de Gloucester, lo que la introdujo formalmente en la familia real. Apenas un año después, con la abdicación de Eduardo VIII, tanto Enrique como Alicia asumieron mayores responsabilidades públicas.
Durante la Segunda Guerra Mundial, Alicia trabajó incansablemente en el servicio de la Cruz Roja y como líder en la Asociación de Ambulancias de San Juan, brindando apoyo en hospitales y visitando áreas afectadas por los bombardeos.
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Resiliencia ante la tragedia y dedicación hasta el final

La vida de Alicia también estuvo marcada por tragedias personales, entre ellas la pérdida de su hijo mayor, el príncipe William, en un accidente aéreo, y la muerte de su esposo en 1974. Sin embargo, a pesar de las dificultades, continuó con sus deberes públicos hasta bien entrada su vejez. En 1995, dejó su querida Barnwell Manor debido a problemas financieros y se mudó al Palacio de Kensington, donde continuó disfrutando de la naturaleza en compañía de sus nietos hasta su fallecimiento.
La princesa Alicia representa el espíritu de una noble entregada al deber y a sus aventuras, que además supo reconocer el valor del servicio de quienes la acompañaron. Su legado sigue vivo tanto por su audacia como por la generosidad que extendió hasta el final de sus días.
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