
Durante casi un siglo la historia quedó guardada bajo siete llaves. El deseo de la corona británica era que quedara oculta hasta la noche de los tiempos. Pero la vida de los miembros de la realeza desvela a más de un curioso. Y tarde o temprano, los secretos del Palacio de Buckingham salen a la luz.
Un cuadro con la imagen de un apuesto joven de rasgos indios colgado en la paredes de Osborne House, la residencia de verano de la reina Victoria en la isla de Wight, fue el punto de partida para una minuciosa investigación que durante cinco años llevó a cabo la escritora y periodista india Shrabani Basu, que finalmente pudo desentrañar la polémica relación que mantuvo la Reina Victoria con un súbdito, su sirviente musulmán nacido en 1863 en Lalitpur, India, llamado Abdul Karim.
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Basu, tras sus averiguaciones, escribió “Victoria & Abdul: The True Story of the Queen’s Closest Confidant” (Victoria & Abdul: La verdadera historia del confidente más cercano a la reina”), que en 2017 llegó a los cines de la mano del director Stephen Frears con las actuaciones de Judie Dench y Alí Fazal.
A sus 80 años, alejada de la vida pública luego de haber enviudado de Albert, su marido y tras la muerte de su secretario privado John Brown, la fastuosamente rica Victoria -la mujer más poderosa de la época-, se encaprichó con un hombre completamente ajeno a su mundo. No tenían nada en común, pero supieron entablar un vínculo cercano, todo un escándalo para la época.
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La historia tiene inicio en 1887, cuando Abdul, de 24 años, viaja desde la India hasta Gran Bretaña con un compatriota como un presente para Su Majestad (que también ostentaba el título de Emperatriz de la India) por los festejos de su Jubileo de Oro.
Según la información recolectada en los diarios personales de la monarca, el alto y bello joven se convirtió, en muy poco tiempo, en una suerte de confidente. No obstante, la escritora desestima que haya habido contacto físico o de pareja entre ellos, y compara al afecto que se tenían como el que una madre puede tener con su hijo. “En cartas que Victoria le envió a su sirviente, ella le escribe como ‘tu adorada madre y ‘tu amiga más cercana’ y se despide ‘con gran cantidad de besos’. Esto era algo muy inusual en la época, y más aún viniendo de la reina Victoria, que era conocida por su mal carácter”, declaró Basu.
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Pero -siempre hay uno- sí pasaron una noche a solas durante una fugaz visita a una cabaña en las tierras altas de Escocia, un hecho que preocupó a la familia real. Especialmente a Bertie, el hijo mayor de Victoria (y futuro rey Eduardo VII), que en más de una oportunidad trató de separarlos.
Abdul y Victoria no se escondían, y en poco tiempo el indio llegó a ser una figura poderosa, que despertaba celos y encono entre el personal del palacio por los privilegios que le dispensó la Reina, como dinero, regalos, honores y el título de Munshi (maestro).
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A pedido de Victori, Abdul compartió con ella viajes, reuniones políticas, y largas mesas de té. Él, por su lado, la introdujo en el mundo hindú, e inclusive le enseñó el idioma urdu a pedido de la propia monarca. Ella dejó escrito todo lo aprendido en 13 cuadernos de hindustani, algo que había pasado desapercibido para sus biógrafos y que Basu encontró en su visita a Gran Bretaña.

Amante de la gastronomía, el ex sirviente, introdujo al Palacio Buckingham varias costumbres locales, entre ellos los sabores indios como el tradicional pollo al curry con dal y pila, que se sirvió semanalmente durante años.
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“Se trataba de una amistad. Abdul se dirigía a ella como a un ser humano y no sólo como una Reina, algo que todos los demás sí hacían, incluso sus hijos”, explicó la periodista.
Abdul estaba casado, y la propia reina se encargó de que él pudiera vivir con su familia en el Reino Unido. Los instaló en una vivienda con todas las comodidades, y los integró a la vida del palacio.
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Un compañero hasta el final de sus días
En 1901, en su agonía, la Reina pidió que su confidente permaneciera a su lado. Los hijos de la soberana permitieron que fuera él el último en despedirse de ella antes de cerrar el cajón en el funeral que tuvo lugar en el Castillo de Windsor.
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Sin perder el tiempo, de acuerdo con el centro de investigación histórico The Smithsonian, Eduardo VII, el nuevo monarca “envió guardias a la casa que Karim compartía con su esposa, para hacerse con todas las cartas de la reina y quemarlas allí mismo”.
Una vez que falleció su protectora, Karim fue obligado a volver a su país perdiendo todos los privilegios obtenidos. Sin embargo, tuvo una vida acomodada por el resto de su vida, que no fue mucho más larga: ocho años después falleció en Agra, con apenas 46 años.
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Tuvieron que pasar 100 años para que esta (para la época) escandalosa relación entre dos personas de clases y orígenes diferentes pudiera ser contada. Un amor platónico de una época irrepetible. Y muy real.
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