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Cuba: del abismo a la esperanza

A la represión política, la ausencia de elecciones libres, la existencia de presos políticos y la negación del pluralismo se suma un desastre material de enormes proporciones

Un hombre pasa en un bicitaxi junto a unos coches antiguos aparcados que suelen utilizarse para el transporte público, mientras Cuba abre con cautela su sector energético a la inversión privada, desde que Estados Unidos impuso un bloqueo petrolero contra el Gobierno de la isla, aunque autorizó a las empresas estadounidenses a exportar combustible a empresas privadas, en La Habana, Cuba. REUTERS/Norlys Pérez
Un hombre pasa en un bicitaxi junto a unos coches antiguos aparcados que suelen utilizarse para el transporte público, mientras Cuba abre con cautela su sector energético a la inversión privada, desde que Estados Unidos impuso un bloqueo petrolero contra el Gobierno de la isla, aunque autorizó a las empresas estadounidenses a exportar combustible a empresas privadas, en La Habana, Cuba. REUTERS/Norlys Pérez
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Cuba atraviesa la peor crisis de su historia contemporánea. No se trata de una simple suma de dificultades económicas ni de una coyuntura pasajera provocada exclusivamente por factores externos. Es una crisis sistémica: el agotamiento de un modelo político y económico que, durante más de seis décadas, ha demostrado su incapacidad para generar prosperidad, proteger las libertades fundamentales y ofrecer un futuro digno a la mayoría de los cubanos. Solo este régimen puede llevar esta situación a empeorar, cuando se alcanza una crisis de derechos humanos por la cual además de que cada derecho civil y político ha sido conculcado, se han perdido derechos tan básicos como derecho al agua potable, derecho a la alimentación y derecho a la salud, si se puede ir más abajo es solamente porque una casta corrupta que es absolutamente indolente por el sufrimiento de la gente y que ha hecho de la represión y de los crimenes de lesa humanidad la estrategia única de gobierno. Mujica bien dijo que el sistema cubano era un sistema de redistribución de la miseria.

A la represión política, la ausencia de elecciones libres, la existencia de presos políticos y la negación del pluralismo se suma un desastre material de enormes proporciones: apagones de veinte horas o más, escasez de alimentos, medicamentos y combustible, inflación, salarios y pensiones pulverizados, deterioro de la salud pública, crisis del transporte, falta de agua y una emigración que está vaciando al país. El vaciamiento no es casual, forma parte de la estrategia dictatorial de exportar permanentemente su crisis social (y en la medida de sus posibilidades que les entren recursos por tráfico de personas), el vaciamiento de derechos también es funcional al proyecto dictatorial de reducir a su pueblo al asistencialismo.

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El régimen castrocomunista de partido único insiste en presentar las sanciones estadounidenses como la explicación casi absoluta de la tragedia. Es cierto que esas sanciones afectan el financiamiento, el comercio, las operaciones bancarias, la inversión y, en 2026, el abastecimiento energético. Negarlo es poco serio. Pero también es muy poco serio afirmar que, sin sanciones, desaparecerían los problemas esenciales de Cuba, porque estos tienen que ver con la concentración de la economía en las manos más incapaces de todas, fundamentalmente las del ejército cubano. Las sanciones tienen impacto, pero no son ni la causa original ni la causa fundamental de los diferentes niveles de crisis que enfrenta el país, que obedecen a la aplicación de una fórmula que no funcionó en Europa del Este, ni en la URSS ni en Asia Central, por ser absolutamente contraria a los derechos de la gente.

Los apagones, la caída de la producción, la crisis agrícola, la inflación, la emigración récord y el deterioro de los servicios venían agravándose desde mucho antes. La causa principal está en el modelo impuesto por Fidel Castro, continuado por Raúl Castro y hoy administrado por Miguel Díaz-Canel: centralización extrema, propiedad estatal dominante, falta de libertades económicas, ausencia de instituciones independientes y subordinación de la sociedad al Partido Comunista.

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Es el sexto colapso total en lo que va de 2026

La electricidad es quizá la expresión más visible del fracaso. Un país entero vive pendiente de cuándo llegará la corriente. Cuando no hay electricidad, las bombas de agua no funcionan, se pierden alimentos, se paralizan talleres y comercios, disminuye el transporte y se afectan hospitales, escuelas y telecomunicaciones. Cuba necesita enormes inversiones en generación, redes, almacenamiento y fuentes renovables. Pero ninguna infraestructura sobrevivirá si continúa sometida a la improvisación, a la falta de transparencia y a una administración ineficiente.

La crisis alimentaria resulta aún más absurda. Cuba posee tierra cultivable, clima favorable, tradición agrícola y campesinos con experiencia. Sin embargo, importa alrededor del 80 % de los alimentos que consume. Durante décadas, el Estado castigó al productor con controles de precios, monopolios de acopio, restricciones al comercio, burocracia y limitaciones a la importación de insumos y maquinaria. El resultado es un círculo vicioso: se produce poco, se exporta poco, faltan divisas, se importa menos y se vuelve a producir todavía menos.

La inflación termina de destruir lo que queda del salario. En junio de 2026, la inflación oficial interanual superaba el 18 %, mientras que los alimentos aumentaban aún más. El peso ha perdido gran parte de su valor y la brecha entre quienes reciben divisas y quienes dependen de un salario o de una pensión es cada vez mayor. Para un jubilado o una familia sin ayuda del exterior, la crisis implica decidir qué alimento comprar, qué medicamento dejar de adquirir o cómo cocinar cuando no hay electricidad ni gas.

A esto se suma una emergencia demográfica. Cuba terminó 2024 con menos de diez millones de habitantes y ha perdido cientos de miles de personas en pocos años. Emigran, sobre todo, jóvenes y personas en edad productiva: médicos, ingenieros, maestros, técnicos, agricultores y emprendedores. El país pierde brazos, conocimientos, natalidad y futuro. La emigración se ha convertido en una gigantesca válvula de escape de la frustración social.

Alexis Mijan y su hijo, Bayron Miranda, doblan sábanas en la azotea de un edificio residencial al amanecer en La Habana Vieja. Muchos cubanos duermen en espacios al aire libre durante las noches de verano en busca de alivio ante las altas temperaturas y los frecuentes cortes de electricidad. (Foto de YAMIL LAGE / AFP)
Alexis Mijan y su hijo, Bayron Miranda, doblan sábanas en la azotea de un edificio residencial al amanecer en La Habana Vieja. Muchos cubanos duermen en espacios al aire libre durante las noches de verano en busca de alivio ante las altas temperaturas y los frecuentes cortes de electricidad. (Foto de YAMIL LAGE / AFP)

El régimen ha autorizado MIPYMES y, en 2026, aprobó nuevas medidas para ampliar los espacios privados y facilitar determinadas inversiones. Son pasos económicamente necesarios, pero insuficientes. No existe verdadera libertad empresarial cuando el Partido Comunista sigue situado por encima de la vida política del país. No existe seguridad económica cuando un funcionario puede decidir qué negocio prospera, cuál es perseguido y qué actividad legal hoy puede ser restringida mañana.

Una economía moderna necesita propiedad protegida, contratos respetados, tribunales imparciales, reglas estables y ciudadanos con derechos. Sin Estado de derecho, el mercado puede convertirse simplemente en capitalismo de privilegios para militares, dirigentes, familiares del poder y empresarios conectados con ellos.

Cuba se encontraba, antes de 1959, entre las economías relativamente más avanzadas de la región, aunque padecía desigualdades y problemas sociales importantes. Países como República Dominicana, Costa Rica, Panamá, Chile y Uruguay desarrollaron economías más diversificadas, infraestructuras modernas y niveles de ingreso muy superiores. Cuba, en cambio, nacionalizó casi toda su estructura productiva, eliminó durante décadas buena parte de la iniciativa privada y pasó de una dependencia a otra, ya sea de la Unión Soviética o de otros “aliados” externos, respecto de los cualesla dictadura fue absolutamente parasitaria.

La ayuda internacional puede aliviar el hambre y salvar vidas, y hoy es necesaria. Pero ninguna nación puede vivir permanentemente de donaciones, remesas y aliados extranjeros. Cuba debe producir. Debe liberar las fuerzas creadoras de su pueblo. Debe permitir que el campesino produzca y venda, que el emprendedor invierta, que el profesional prospere y que la diáspora participe en la reconstrucción. Cuba, hasta ahora, es el ejemplo más espantoso y dramático de restringir o eliminar la creación de riqueza en un sistema político-económico, algo que los cubanos han demostrado ser capaces de hacer en el exterior.

Pero la solución verdadera no es solo económica.

Cuba necesita una transformación política profunda. Necesita liberar a todos los presos políticos, garantizar la libertad de expresión, de prensa, de asociación y de manifestación, legalizar partidos y organizaciones independientes, establecer la separación de poderes, crear tribunales verdaderamente autónomos y celebrar elecciones libres, competitivas y plurales. La política malentendida por una dictadura llevó a todo un país y a su pueblo a la miseria.

La transición a la democracia no es un complemento de la reforma económica: es la condición que puede hacerla estable, confiable y duradera. Sin instituciones libres, cualquier apertura económica dependerá siempre de la voluntad del mismo poder que durante décadas prohibió, confiscó y destruyó.

La salida debe incluir una emergencia energética, libertad productiva en el campo, estabilización monetaria y fiscal, protección temporal a los sectores más vulnerables, plena seguridad jurídica, apertura a la inversión nacional y extranjera y reintegración de la diáspora. También debe conducir a una normalización de las relaciones internacionales, incluido un proceso que permita superar las sanciones estadounidenses en el marco de una transición democrática real.

Cuba no es pobre porque carezca de recursos, inteligencia o capacidad humana. Tiene tierras, costas, minerales, cultura, ubicación estratégica, potencial turístico y una diáspora enorme. Lo que la mantiene hundida es un modelo agotado, autoritario y profundamente ineficiente, sostenido por una maquinaria represiva que pretende conservar el monopolio del poder mientras administra la ruina.

Cuba es pobre por la pobreza impuesta por un sistema corrupto y por la desigualdad estructurada en beneficio de los privilegios de una nomenclatura absolutamente incapaz.

Los apagones, el hambre, la emigración, la escasez de medicamentos, el abandono de los ancianos y el colapso productivo son manifestaciones distintas de una misma enfermedad. Por eso no habrá solución definitiva con nuevos lineamientos, más controles, concesiones parciales o reformas destinadas únicamente a salvar al régimen.

Cuba necesita electricidad, alimentos, inversión y crecimiento. Pero para alcanzar eso necesita, antes que nada, libertad, necesita que cada derecho humano sea devuelto a cada ciudadano cubano.

La esperanza comienza cuando el ciudadano deja de ser súbdito y se convierte en protagonista de su destino; cuando ninguna organización está por encima de la ley; cuando gobernar vuelve a ser un servicio y no un privilegio; cuando los cubanos pueden elegir, emprender, expresarse y construir sin miedo.

Del abismo se sale con profundas transformaciones económicas. Y hacia la esperanza solo se avanza con democracia, Estado de derecho y libertad. El precio que se pague por la libertad y los derechos humanos nunca será más alto que el que se pague por un año más de dictadura.

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